Islas Marías: infierno y paraíso

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Libertad García Cabriales.-

Son un poco malitos, un poco ladroncitos, un poco matoncitos, pero también son hijos de Dios.

                                       Juan Manuel Martínez, el Padre Trampitas

 

Estoy enterrando vivo…rodeado de mar me encuentro, cantaba Pedro Infante en Islas Marías, una película de época con la adaptación del Indio Fernández. En la historia, se recrea la terrible sobrevivencia de los internos en una de las prisiones más temidas de nuestro país. Inaugurada en 1905 por el entonces presidente Porfirio Díaz, quien gustaba de apreciar e imitar modelos de otros países, la cárcel de Nayarit, parecía seguir la idea de la famosa penitenciaría de Alcatraz en San Francisco, pero rodeada de las aguas del bello Pacífico mexicano.

Descubierto por un primo de Hernán Cortés en 1532, el archipiélago Islas Marías, nombrado así por las mujeres del Nuevo Testamento, está compuesto por cuatro islas y pasó a través de la historia por diferentes propietarios hasta que en enero de 1905 fueron vendidas al gobierno federal. Con una rica diversidad biológica, las islas han albergado, además de trágicas historias, una variedad de flora y fauna que es considerada de enorme valor ecológico. Mariposas, cenzontles, mapaches, serpientes y bellos loros comparten el espacio con majestuosas cactáceas, ceibas, palmeras y mezquites, entre otras especies. Es tanto su valor natural, que en el año 2000 se nombró Área natural protegida y Reserva de la Biósfera.

Pero ese paraíso también ha sido habitado por el horror y el dolor. Con un área de 145 mil km cuadrados, se sabe que fue la Isla María Madre la que alojara el primer centro penitenciario federal. Orgullo de la administración porfiriana, en su tiempo se presumía el modelo penitenciario “a prueba de escape”, aunque se sabe de algunos presos que lograron huir. Rodeados de mar, como cantaba el ídolo popular, agua que por cierto estaba infestada de tiburones; los reclusos aprendían a sortear la adversidad en un penal construido para castigar y rehabilitar a quienes habían incurrido en graves delitos y llegaban a la isla para purgar condena. Y la famosa cárcel no sólo recibía a los criminales de alta peligrosidad, sino también a presos políticos, adversarios de los regímenes de gobierno, disidentes que los mandatarios consideraban “peligrosos”.

Islas Marías. A los niños que crecimos en los sesenta, setenta, el sólo nombre de la prisión nos producía escalofríos, pues solíamos escuchar conversaciones y noticias de las horrendas prácticas que allí se perpetraban contra  presos grandes y pequeños. Multitud de nombres se cuentan entre ellos. Lo mismo asesinos en serie como el sanguinario soldado apodado “Sapo” del que se relataban cientos de brutales crímenes y el notable escritor y luchador social José Revueltas, quien alguna vez fue defendido por el mismísimo Neruda escribiendo una carta a Díaz Ordaz pidiendo su liberación.

Desconocidos y reconocidos, todos quienes estuvieron en la citada penitenciaría, seguramente padecieron y anhelaron la libertad. Más todavía cuando se sabe de los muchos que fueron víctimas de atrocidades como el llamado “Apando”, aplicado a placer por celadores y directivos. Brutal tortura que fue el título de una de las más reconocidas novelas del mismo Revueltas. Porque por desgracia, el centro que se pensó como espacio para la readaptación, donde incluso el preso podía llevar a su familia, terminó siendo un emblema de la tortura, del horror y la crueldad infinita.

Pero en las Islas Marías también residieron personajes que abonaron para hacer más habitable el infierno. Entre ellos Juan Manuel Martínez, el “Padre trampitas”, un sacerdote jesuita que se internó por voluntad propia e hizo de la prisión su casa y su misión de vida. “Nada te turbe, nada te espante, miéntales la madre y sigue adelante”, dicen que era la frase repetida como jaculatoria por el párroco quien estuvo en las islas por más de 37 años profesando su ministerio. Dicen también que para describir a sus compañeros isleños expresaba: “Son un poco malitos, un poco ladroncitos, un poco matoncitos, pero también son hijos de Dios”.

Sirva toda esta historia de claroscuros para referir la buena noticia que la más temida de las prisiones nacionales, será cerrada muy pronto para convertirse a iniciativa del gobierno del presidente López Obrador, en el Centro de Educación Ambiental y de Capacitación “Muros de Agua- José Revueltas”, en memoria del literato mexicano. Un espacio pensado para la convivencia, el encuentro y el aprendizaje a través de la cultura y la educación ambiental. Así las alas de la esperanza y la libertad, dotarán de nuevos y prometedores horizontes a la que fue definida como tierra de hombres vencidos. Bien por ello.

 

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