De Política Y Cosas Peores

0
72
Tiempo aproximado de lectura: 3 minutos

Catón.-

“Hice el amor con la nueva recepcionista -le contó aquel ejecutivo a su socio-, y en comparación con ella hacerlo con mi mujer es como hacerlo con un témpano de hielo”. Pocos días después el socio le dijo: “Yo también hice ya el amor con la nueva recepcionista. Y tienes razón: en comparación con ella hacerlo con tu mujer es como hacerlo con un témpano de hielo”… Decía un individuo: “El matrimonio es muy bonito al principio, pero luego sales de la iglesia y…”… Un hombre fue a comprar un perfume para regalarlo a su novia. La vendedora le mostró uno de nombre “Quizá”. Preguntó el tipo: “¿No tiene uno que se llame ‘A huevo’?”… La joven casada le confió a su mejor amiga que había encontrado un brassiére de encaje en el asiento trasero del automóvil de su esposo. “Me alegro de que lo hayas encontrado -dijo la amiga-. Es mío”… A la prima Celia Rima, versificadora de ocasión, se le ocurrió un travieso epigrama a propósito de la declaración que hizo AMLO en el sentido de que se acuesta a dormir temprano. El epigrama dice así: “Afirma la opinión pública / que acostarse debería / más temprano todavía / por el bien de la República”. Tal comentario es uno de los muchos que diariamente hacen quienes escriben o hablan en los diversos medios de comunicación, algunos de los cuales han quedado reducidos a un cuarto con eso de la austeridad republicana. La inmensa mayoría de esas opiniones son contrarias a López Obrador, pero le hacen lo que el aire le hizo a Juárez, como dice la consabida frase. Sucede que en toda la historia de México no ha habido un presidente más cercano al pueblo que el presidente actual. Su popularidad es impresionante, y auténtico y muy grande el cariño y devoción que sus partidarios le profesan. Caminé el domingo pasado por el Centro Histórico de la Ciudad de México y vi numerosos puestos en que se vendían posters con el retrato de AMLO; playeras con la frase “Es un honor estar con Obrador”; gorras en que se leía “Me canso ganso” y muñequitos con la figura del Presidente. Esa enorme admiración se la ha ganado López Obrador a pulso. No hay mexicano que conozca el país como lo conoce él. A lo largo de largos años de esfuerzos y fatigas ha recorrido palmo a palmo la República. Ha llegado hasta sus últimos rincones; ha hablado cara a cara con cientos de miles de ciudadanos. Supe de un caso que ilustra lo que digo. De campaña por Coahuila, mi estado natal, le dijeron a AMLO que en un pequeño poblado había solo seis personas en la plaza donde se iba a presentar. No valía la pena ir hasta allá. “Vamos”, dijo él. Y viajó por camino de terracería más de 30 kilómetros para encontrarse con quienes lo esperaban. Se explica entonces su gran ascendiente sobre el pueblo, la fe que le tienen los humildes, la casi adoración que le profesan. Eso me lleva a preguntarme si no estaré errado en mi postura crítica ante el Presidente; si no seré como los escribanos del porfirismo que fustigaban a Madero. De inmediato, sin embargo, vuelvo a mis cabales y me digo que precisamente por esa inmensa popularidad de López Obrador debe haber voces que con objetividad, independencia y buena fe señalen tanto sus aciertos como sus errores. Los muchos votos y la popularidad de un mandatario no convierten automáticamente en buenas sus acciones. Sin dejar de reconocer el cariño que el pueblo tiene por su Presidente es necesario mantener una actitud crítica ante él. Eso quizá pueda servir para que AMLO no se sienta un dios y para que, alejado de toda tentación mesiánica o autoritaria, sirva con prudencia y eficacia al pueblo que lo eligió, sobre todo a los más pobres. FIN.

 

MIRADOR

Por Armando Fuentes Aguirre

Lloraba la muchacha al pie del pozo. Su gallina había caído en él y se había ahogado. Su padre la iba a reprender, y quizá hasta golpear por esa pérdida.

-¿De qué sirve que llores? -le decían los vecinos-. Esto no tiene ya remedio. Y ni siquiera puede sacar la gallina, pues el pozo es muy hondo y apenas se le alcanza ver ya muerta.

En eso pasó por ahí un caminante y lo conmovió la aflicción de la joven. Hizo un ademán. Las aguas del pozo se elevaron y trajeron a la superficie a la gallina, que volvió a la vida y cacareó en los brazos de la feliz muchacha.

Parece este un milagro de San Francisco de Asís, una de sus florecillas llenas de gracia y de color. Pero no es franciscano este sencillo prodigio de sabor tan popular. Es jesuita. El milagro lo hizo San Ignacio de Loyola, santo al que se considera severo, adusto y riguroso.

Demos gracias a Dios por la gracia de Dios. Con ella se pueden hacer cosas de mucha gracia.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

Por AFA

“. Ganó AMLO la consulta que hizo.”.

No hay nada de singular.

Eso nadie se lo traga.

Todas las consultas que haga

el Peje las va a ganar.

Comentarios