La Ciudad de las Cruces

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Alicia Caballero Galindo.-

El aire enrarecido de aquella canícula daba al ambiente un tono infernal; el clima artificial del autobús se descompuso a unos 20 o 30 kilómetros antes de llegar a aquel lugar que me vio nacer. Hace mucho tiempo que me salí a buscar nuevos horizontes y aventuras con otros vientos y otras gentes. Hoy regreso después de diez años de ausencia. El calor me sofoca; ya se me habían olvidado las altas temperaturas de esta época; llegando a mi casa me daré un buen baño y me sentaré bajo la sombra del viejo framboyán ¡cuántos recuerdos! Aún parece que escucho los gritos de mi madre desde la ventana de la cocina, por donde se ve el patio trasero, cuando me veía columpiándome de las ramas delgadas que se podían romper:

—Te vas a caer y puedes romperte un hueso muchacho marote* ¡bájate ya!

Recuerdo su imagen como si fuera ayer; con el mandil puesto, el pelo entrecano recogido en un chongo y las manos en la cintura cuando me iba a reprender. Eran otros tiempos, la casa debe estar más silenciosa que nunca; mis hermanas ya se casaron y se fueron; vienen de vez en cuando. Mi hermano Matías también se casó y aunque vive en su propia casa con su familia, cerca de mamá, ella debe sentirse sola; enviudó muy joven y no se volvió a casar, se dedicó a trabajar y a criarnos. Hoy vive con sus recuerdos y sus fantasmas, yo le haré compañía por… por un tiempo nada más; no aguanto mucho en un solo lugar, aunque sea la casa de mi madre. El constante deambular me ha vuelto así, no tengo apego a las cosas materiales y me gusta andar ligero de equipaje y no amarrarme en ninguna parte.

Por fin llegamos; ya casi es de noche ¡qué solitarias se ven las calles! Los recuerdos se arremolinan en mi mente y el corazón me late más de prisa. No se ven tantos vendedores en la estación como cuando era niño, es raro… ¡bueno! Los tiempos cambian, lo primero que haré será buscar a mis viejos amigos para recordar nuestra niñez.

¡Cuánto silencio! No se escuchan los pregoneros que venden periódicos y chucherías. Es extraño; los escasos transeúntes me miran de reojo como si temieran algo, creerán que soy forastero, no encuentro rostros familiares. Observo con extrañeza la cantidad de jóvenes sin oficio, deambulando por todos lados y con un celular en la mano ¡bueno! La tecnología ahora está al alcance de todos. No puedo evitar sentir una tensión extraña que se respira en el ambiente y no sé por qué… Caminaré hasta mi casa; solo me separan algunas cuadras y no traigo equipaje pesado.

A pesar de ser temprano, veo poca gente; mi primera parada será en la tienda de Mariano, donde compraba los tamarindos con chile; camino unos pasos, escucho el ulular de las sirenas y veo gente que corre; no entiendo la razón. Después de caminar unos pasos llego a la tienda, pero está cerrada y me extraña ver una cruz en la esquina con un ramo de flores frescas. De seguro algo pasó por aquí. A lado de la tienda está la puerta de su casa y toco para buscarlo y saber de él, siempre ha estado cerca de mi familia y hasta nos regalaba a veces los tamarindos.

Después de mucho rato de estar tocando, se entreabre el postigo de la puerta y asoman los ojos asustados de Matilde, su esposa, cuando me reconoce, abre la puerta y entro. El corazón se me encoge cuando me dice que la tienda está cerrada y a Mariano lo mataron en la esquina, por eso hay una cruz con flores… no hubo más explicación ni yo la pedí. Después de saludarla, me despido y salgo de nuevo a aquella calle tan familiar en otros tiempos y que ahora me parece lóbrega y solitaria. Al parecer la ciudad ya no es la misma; se respira miedo. Pocas gentes en la calle caminando como sombras volteando para todos lados y de prisa ¿A qué le temerán? Al pasar por el estanquillo de don Roque, donde me tomaba un agua fresca antes de llegar a la casa, lo veo cerrado; ya no pregunto, sigo mi camino. En las paredes se miran pequeños orificios como de… ¡no! Mejor no lo digo. A medida que voy recorriendo las calles que me separan de mi casa, el corazón late más de prisa; negocios cerrados, ventanas selladas y muchas cruces con flores en los lugares más extraños; las banquetas, los quicios de las puertas, el jardín de la plaza… en definitiva, ha cambiado y no para bien. De pronto escucho el sonido cercano de sirenas, veo a la gente correr, se oyen detonaciones y voces anónimas que gritan con angustia “¡al suelo, al suelo!” instintivamente me tiré a la banqueta pegado a la pared. Una mujer que caminaba con dos bolsas de mandado, sin atender a los gritos, sigue caminando y se desvanece frente a mí, a escasos centímetros, yo estoy paralizado por el miedo, parece que estoy viviendo una pesadilla… Una mancha rosácea que crece rápidamente, empieza a aparecer en el pecho de la mujer; sus ojos están abiertos, pero ya no parpadea, no se mueve no respira; parece estar mirando… a Dios; rebela esa extraña paz de quien ya no tiene que preocuparse por nada, solo mira el infinito, tal vez ya está en una estrella.

No puedo evitar que las lágrimas resbalen por mi rostro, nunca había presenciado nada igual. Cuando todo se asilencia, me levanto con precaución y apresuro el paso con el corazón en la garganta ¡ya quiero llegar a la casa de mi madre! espero que aún exista. Camino pegado a la pared mirando para todos lados con miedo y viendo cruces con flores, donde antes vivían mis amigos. Algo cambió, llevo en mi mente los ojos abiertos de aquella desconocida que no llegó a su casa con el mandado y a mis espaldas otra vez el ulular de las sirenas. Llego a mi casa, mi madre me abre la puerta y la abrazo con tanta fuerza que ella parece ahogarse, aunque me esperaba, da gracias a Dios que esté con ella sano y salvo. Alcanzo a ver por la ventana de la cocina, el framboyán de mi infancia; increíblemente siento alivio, por lo menos eso sigue igual. Mañana podré sentarme bajo su sombra a recordar viejos tiempos… nos conformamos con poco…

Los ojos de mi madre se miran apagados y su rostro demacrado:

—Me da gusto que vengas hijito pero vete pronto aquí, parece que el diablo metió la cola sembrando el terror.

Después de tomar un café con mi madre y abrazarla de nuevo, decidí salir a buscar amigos y por desgracia encontré las calles silenciosas, los rostros de los transeúntes con miedo y más cruces con flores, que amigos. Las cosas han cambiado en mi ciudad ¿volveremos a encontrar la paz algún día?.

Marote* en nuestra región significa travieso, atrevido inquieto, juguetón. Palabra de poco uso actualmente, en Argentina significa cabeza, inteligencia.

 

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