Mujeres: poder y querer

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Libertad García Cabriales.-

Para mi madre, quien me enseñó el camino…

Ha sido considerada por diversas calificadoras como la mujer más poderosa de México y recientemente fue incluida entre las primeras 25 de las cien personalidades (hombres y mujeres) más influyentes del mundo por la reconocida revista Foreign Policy. Se llama Olga Sánchez Cordero y es la primera secretaria de Gobernación que ha tenido nuestro país. Un cargo de altísima responsabilidad, tal vez sólo superado en poder e influencia por el mismísimo Presidente de la República. Una mujer como número dos del poder nacional, algo que hace unas décadas era impensable y nos remite a los avances evidentes de las mujeres en México.

Y no sólo es ella, el progreso también es notable en el gabinete del presidente López Obrador, pues está constituido por primera vez con mitad de mujeres, y la equidad se nota además en las cámaras de diputados y senadores, donde se comparten los escaños de forma paritaria. Hasta ahí todo parece color de rosa, pero si nos vamos a los terrenos de los estados, el fantasma de la falocracia todavía merodea, puesto que sólo tenemos dos mujeres gobernando en las 32 entidades integrantes del pacto federal. Esto en el campo de lo político, y si pasamos a otros terrenos (empleo, salarios, puestos directivos, tareas domésticas) también encontraremos disparidades, discriminación, acoso y violencia en exceso.

Así las cosas en esta semana de marzo, cuando nos unimos a las conmemoraciones del Día internacional de la Mujer, mientras los políticos ya afinan encendidos discursos y Ricardo Arjona suena otra vez cantando: “Mujeres, los que nos pidan podemos, si no podemos no existe y si no existe lo inventamos por ustedes”. Uff. En tiempos de multicitados acosos, donde han sido exhibidos hasta quienes parecían más virtuosos, las mujeres ya no se contentan con buen verbo y canciones, pues muchísimas han alzado su voz para decir basta al ultraje repetido. Para muestra el último escándalo que involucra al reconocido Nobel de la Paz y ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias, acusado en días pasados de acoso sexual por tres mujeres.

Gravísimo, pero no es todo. Los feminicidios no se detienen, reflejando lo peor del odio machista hacia las mujeres en una de sus más dañinas expresiones. Cifras de escándalo que van más allá de los números para ser parte de muy dolorosas historias de vida. No podemos olvidar que los crímenes más brutales, más crueles, son los perpetrados contra las mujeres. “El machismo mata”, dicen bien los grupos de mujeres organizadas. Un macho, lo mismo en casa o en la calle, es un violento en potencia, un pobre hombre acomplejado e inseguro de su virilidad, pero capaz de las más temibles acciones, física y emocionalmente. Al respecto, hace unos días leía en este Diario de Ciudad Victoria, acerca del grave aumento de la violencia doméstica en nuestra Ciudad. Violencia que engendra otras violencias, pues casi siempre se originan en casa las conductas y traumas expresados en la dolorosa realidad social.

Porque es precisamente en casa donde se siembra el machismo o la igualdad. Y muchas veces somos las mujeres quienes reproducimos esquemas de discriminación al exigirles a las hijas tareas domésticas, sin pedirles lo mismo a los hijos. En un reciente estudio se demostró que las mujeres hacemos más del 75 por ciento del trabajo doméstico, incluyendo la crianza y las atenciones a la familia toda. Porque somos nosotras quienes dedicamos la mayor parte de nuestra vida a la construcción de la familia. Una tarea ardua, cotidiana, sin tregua, una tarea donde el querer deriva en poder, porque no hay obstáculo que el amor no supere. Pero a pesar de ser muy importante, puesto que las mujeres formamos en casa el capital social de una nación, no es un quehacer reconocido en su justa dimensión.

Con todo, y pese a las todavía imperantes desigualdades, las mujeres seguimos trabajando dobles y triples jornadas; en casa, en el trabajo y hasta en la comunidad. Mujeres tal vez padeciendo alguna vez a machos violentos, arrogantes, agresivos y desdeñosos como decía Simone de Beauvior, pero siempre de pie y entregando lo mejor de sí mismas. Mujeres que en su mayoría, no tendrán nunca grandes protagonismos públicos, pero se reconocen en su poder femenino con amor y dignidad. Esas mujeres anónimas, llevando a su niño de la mano a la escuela, esas madres llorando a sus hijos desaparecidos, esas mujeres entregando su corazón por el prójimo, esas luchadoras dando la batalla diaria por la equidad, son quienes están cambiando el mundo.

En suma, agradecemos los avances, celebramos saber a una mujer en el Ministerio de Gobernación, avances promovidos en gran parte por las mujeres que nos antecedieron; pero seguimos buscando los caminos, no por el éxito que es efímero, sino por lograr verdaderas transformaciones y bienestar para nuestras niñas. Querer es poder. Y nada se hace en soledad, necesitamos también a los hombres y a todas las mujeres. Empecemos hoy.

 

 

 

 

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