Réquiem por un hombre insatisfecho

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Libertad García Cabriales.-

El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado aunque sea dueño del mundo.

                                                                         Epicuro de Samos

 

Le apodaban el magnate de los diamantes, por ser propietario fundador de una de las empresas más importantes del mundo en la venta de las preciosas piedras. El notable comerciante había vivido rodeado de lujos y joyas entre las que se contaban fabulosas mansiones, aviones, yates y ropa de los mejores diseñadores, porque para él, la apariencia era una de sus más grandes obsesiones. Reconocido como “metrosexual”, por su forma de vestir y vivir, se cuenta que el millonario de 65 años, estaba siempre preocupado por cómo lo veían los demás, por ello gastaba en su apariencia cantidades exorbitantes.

Llamado en vida Ehud Arye Laniado, el magnate belga, de origen israelí, fue reconocido además por haber vendido el “Blue Moon”, un diamante extraordinario subastado en Suiza por 48 millones de dólares, estableciendo un récord mundial en el precio y adquirido por otro magnate del sector inmobiliario en Hong Kong. Así, la vida del señor Laniado, transcurría, cual personaje de las Mil y una Noches, entre placeres y brillos. Para muestra, sus redes sociales con fotografías de joyas fabulosas que ofertaba, no para el bolsillo de cualquier mortal, pues sus clientes se contaban entre los más grandes coleccionistas del mundo.

Pero, ay, ni sus cuentas millonarias en dólares, ni sus mansiones de película en Estados Unidos y Europa, ni su clóset lleno de atuendos carísimos, ni sus joyas de cuento de hadas, ni sus altos vuelos entre los más ricos, le bastaron para ser feliz porque el magnate de los diamantes quería algo más: un pene más grande y vigoroso. Probablemente inseguro de su virilidad en sus 65 marzos, decidió someterse a una cirugía de alargamiento, tal vez imaginando la potencia de Hércules, las más grandes hazañas, el éxtasis infinito.

Y la cirugía, realizada en los primeros días de este marzo luminoso, terminó siendo el fin de la ilusión, la cancelación de la primavera, el fracaso de un sueño. El súper millonario murió en una lujosa clínica de Los Campos Elíseos en París, a causa de un paro cardiaco después de ser inyectado por una sustancia en el pene para proceder al citado agrandamiento cosmético. Con su ilusión dentro, la muerte le ganó en la subasta final al comerciante Laniado.

Con todo respeto, pero si no fuera una trágica historia real, podría parecer un cuento de humor negro. Muchos comentarios irónicos ha suscitado,  pero no es morbo lo que debe provocarnos la tragedia del magnate, sino la terrible certeza de reconocer en su historia, una constante de nuestra realidad: la ambición y la insatisfacción repetida. Si tienes una cosa quieres otra, otro juguete, otro cuerpo, otra pareja, otra posición; nada parece satisfacer a nadie. Un psicólogo señaló que entre las personas más vulnerables están los viejos vanidosos, presa fácil de engaños y vanas ilusiones: “eso se confirma con las muertes de esos pobres veteranos quienes buscando el placer en un cuerpo joven, mueren en el intento o terminan despojados por sus amantes”. Otro caso señalado es el de algunos delincuentes, sean políticos, de cuello blanco o capos, quienes muchas veces formados en buenas familias, han vendido su alma por pura ambición, afectando con sus acciones a toda la sociedad.

Por tener un pene más grande un hombre de la tercera edad murió en el intento, pero muchos otros han perdido la dignidad, el honor, la tranquilidad, por su insatisfacción permanente, por buscar llenar vacíos existenciales. El terror a la vejez, a dejar de ser bien vistos, el pánico por no agradar, el afán de ser mejor que otros, está afectando de tal modo a las personas confundiendo hinchazón con grandeza y lo que está hinchado parece grande pero no está sano diría Agustín de Hipona. Y aunque en los hombres esos afanes han estado históricamente más presentes, en la mente de muchas mujeres también crece el veneno de la ambición. Cuántas mujeres venden su compañía por ansias de dinero, status, fiesta. Y por supuesto el consumismo haciendo creer a tantas mujeres que comprar es la felicidad.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien ha diseccionado la sociedad del hiperconsumismo, sostiene que el “narcisismo” de nuestro tiempo conduce hacia la nada, termina consumiéndote. Convencido que los males de este mundo ya no vienen de fuera, sino están dentro de las personas, el brillante pensador nos hace ver que en busca del éxito, la satisfacción instantánea, la fiesta permanente; las personas han perdido lo mejor de la vida, eso que el dinero no compra pero construye mucho más que satisfacción.

En fin, se murió el magnate. Ya le tocaba diría mi abuela, pero su historia, así como la de todos quienes mueren o se pierden en vida por sus afanes de tener y parecer, debe servirnos para recordar que la bondad y la belleza son algo más que apariencia. Aprender a desear la verdadera grandeza es el desafío y agradecer siempre lo que tenemos.

 

 

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