Christine Lagarde, presidenta de facto de la Argentina

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Hernán Andrés Kruse.-

En enero de 2018 Wall Street decidió no continuar financiando la política de endeudamiento implementada por el presidente Macri desde que asumió en diciembre de 2015. De repente el Gobierno se quedó sin financiamiento externo. La consecuencia inmediata fue el surgimiento de un clima de desconfianza de los “mercados” que se tradujo en abril en una fenomenal corrida cambiaria que provocó una impresionante devaluación de nuestra moneda. Al observar cómo el dólar se apreciaba continuamente o, si se prefiere, cómo el peso se depreciaba continuamente, el Presidente pidió ayuda de manera desesperada al prestamista internacional de última instancia, el FMI.

El FMI, con la francesa Christine Lagarde a la cabeza, no abandonó a Macri porque de haberlo hecho hubiera provocado la caída de su gobierno. Con el firme apoyo de Donald Trump, Lagarde y los burócratas que la rodean decidió efectuar un gigantesco préstamo de 50 mil millones de dólares para ayudar a Macri en 2019 y, en caso de ser reelecto, en los años subsiguientes. Para recibir semejante ayuda, el Presidente se comprometió a imponer un severo plan de ajuste que, hasta ahora, solo ha provocado inflación, aumento de la deuda externa, desocupación y devaluación de nuestra moneda.

Al poco tiempo, y ante el peligro de que Macri no resulte electo nuevamente en 2019, el FMI decidió adelantar ese gigantesco desembolso para que garantice el financiamiento del gobierno hasta fines de 2019 (ello significa que en diciembre de 2019, el presidente que asuma, Macri u otro, deberá sí o sí renegociar con el FMI un nuevo desembolso, porque las arcas del Estado estarán vacías). Pese a aplicar un típico ajuste ortodoxo, el dólar, ese fetiche que nos vuelve locos, siguió poniendo en evidencia que es un potro difícil de domar. Pese a que el gobierno no para de elevar la tasa de interés para frenarlo, el dólar se empecina en subir, provocando desasosiego y angustia en el elenco de gobierno y en el pueblo. El tema tiene una importancia política fundamental porque, aunque cueste creerlo, la reelección de Macri depende de la cotización del dólar. Cuando el dólar se descontrola, la imagen del presidente cae y cuando se mantiene calmo, dicha imagen se recupera.

De manera pues que para Macri es vital que el dólar se mantenga lo más quieto posible (hoy está en 42$, cuando hace un año estaba en 20$). Entre noviembre de 2018 y enero de este año el dólar se mantuvo estable, pero de golpe, en febrero, se despertó, lo que obligó al gobierno a elevar la tasa de interés. Pero ahora, pese a situarla en el 63 por ciento, el dólar no bajó. Desesperado, Macri envió a Estados Unidos a su ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, para que le implore a Lagarde le permita utilizar parte de los dólares del próximo desembolso del FMI para tranquilizar a la “bestia”. Lagarde, en una reunión celebrada hace unas horas con el ministro, dio el okey y el gobierno, de aquí hasta las elecciones (son en octubre), podrá subastar diariamente unos 60 millones de dólares (provenientes del próximo desembolso del FMI de unos diez mil millones de dólares, que inicialmente tenían otro destino) para evitar la subida del dólar. Una vez más, Lagarde se apiadó de Macri y lo ayudó en su obsesión por lograr la reelección.

Esto que acabo de describir muy someramente, lejos está de ser el fruto de mi imaginación. Desde junio pasado Lagarde ha pasado a ser la presidenta de facto de la Argentina. El gobierno no puede tomar ninguna decisión económica si previamente no la consulta. Es una verdadera vergüenza que un país como la Argentina sea sometido a semejante humillación. Pero como dijo una vez el gran Serrat, la verdad no tiene remedio. Y la verdad es que, mientras Macri sea el Presidente, Argentina seguirá siendo, al menos en materia económica, una colonia de cuarta categoría.

 

 

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