Doña Marianita

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Alicia Caballero Galindo.-

Escucho la alarma del celular que indica hora de despertarme. Intento abrir los ojos; mis párpados parecen viejas cortinas metálicas que se niegan a abrir, ¡pesan! qué cómodo es dejarlos caer de nuevo después de apagar la alarma, sentir la caricia suave y cálida de las cobijas y acurrucarse de nuevo en la cama, aunque sea unos minutos más. Ese breve tiempo que le robo al día, lo disfruto como un manjar exquisito. En esos momentos de resistencia, se inicia una lucha feroz entre el deber y el querer; después de un corto tiempo, por fin decido abrir del todo los ojos, pensando en los pendientes del día. Me siento por fin en la orilla de la cama, meto mis pies en las pantuflas y reactivo mis músculos para emprender el trabajo diario. Evito el espejo al levantarme, porque los ojos están hinchados después de dormir y el pelo alborotado, hasta yo misma me asusto si veo mi reflejo. Espero a lavarme la cara y pasarme un cepillo por el cabello antes de atreverme a mirar. A veces la rutina diaria pesa como una cadena con lastre que debemos cargar; los compromisos, de trabajo, los quehaceres de la casa, el complicado ajedrez que representa acomodar la economía, dosificar los pagos que son inevitables… los imprevistos que a veces mueven la planeación, hoy por ejemplo, debo organizarme para cubrir los honorarios del técnico que arregló mi lavadora; se quemó el motor y esta situación ¡sí que va a desequilibrar mis gastos! ¡Mmmm! Debo pensar cómo hacerle.

A veces me desespero y quisiera romper la rutina; levantarme, tomar café, arreglarme, ir al trabajo y compaginar la lista de pendientes. Eso de trabajar fuera de casa es arma de dos filos; el ingreso lo necesito, pero me entorpece mis actividades personales, por eso, a veces me canso, hoy es uno de esos días que quisiera olvidarme de todo y quedarme en la cama con un buen libro para leer y fugarme de todo pero… hoy precisamente, es imposible. Despertaré a los niños para que no lleguen tarde a la escuela y mientras se visten, les prepararé algo para llevar.

Por fin termino la rutina de la casa y estoy frente al volante de mi automóvil para dirigirme al trabajo; el día está nublado y sopla un viento frío que está fuera de temporada, eso me pone un poco melancólica y desanimada. Como autómata recorro la ruta de todos los días y por fin llego al estacionamiento, por fortuna no hubo embotellamientos y llegaré a tiempo. Tengo unos minutos libres antes de checar la entrada. Al salir del estacionamiento, camino con paso desganado la rutina y las presiones de todos los días siento que me matan y me deprimo; ¡siempre lo mismo!…

Me topo con la cara sonriente de una anciana que vende nopalitos; se mueve en una silla de ruedas que tiene acondicionada una canasta al frente, donde lleva su mercancía y sobre sus piernas reposa un bote de plástico donde guarda su dinero; me quedo unos momentos contemplándola y pienso que no tiene motivos para reír, sin embargo, ofrece su mercancía con alegría. En ese momento, nuestras miradas se cruzan, ella parece leer mis pensamientos y exclama:

-No estés triste, niña, ¡sonríe! Tienes todo para hacerlo. Si el cielo está nublado, ilumina tu día con una sonrisa. Es bueno caminar y poder trabajar todos los días.

Siento que sus palabras son como un reproche después de leer mis pensamientos, aunque es imposible, así lo creí y la verdad me sentí mal pensando en su situación y la mía y el contraste de su actitud con mi estado de ánimo. Ella, continuando con respuestas no requeridas, pero que parecía adivinar, me dice:

-¡Cómprame una bolsita de nopalitos, niña! Será la primera que venda y como acabo de llegar, haré mi cruz con esta venta y me irá bien este día, solo cuesta quince pesos.

Instintivamente, saco de mi bolsa el dinero y se lo doy, ella, agradece mi compra, recibe el dinero y se persigna sosteniendo en su mano el dinero que le entrego, me da la bolsa de nopalitos y me agradece la compra. Sin más, me explica que sus dos hijos se fueron a EEUU y no ha vuelto a saber de ellos, ella tuvo que mantenerlos porque el papá de ellos, la dejó sola cuando tenían dos y seis años. Sus hijos tienen actualmente 20 y 24, estudiaron hasta donde pudo darles y se fueron a buscar fortuna; no sabe si están vivos, a ella le prestan un cuarto de una vecindad, porque la conocen, pero tiene qué trabajar para comer. Pero no se queja, porque siempre hay quién la apoye y nunca le falta Dios. Cada día es una aventura, porque no sabe lo que va a pasar, pero al final siempre encuentra forma de comer y de vestirse. Remata su comentario diciendo:

-Estoy viva, aunque mis piernas no me responden desde que me atropellaron, con mi silla puedo vender lo que encuentro para vivir y no me siento inútil, agradezco a la vida y a Dios el poder hacer lo que hago, ver el sol cada día y pensar que soy capaz de ganarme la vida, mientras hay gente floja que pide caridad en lugar de trabajar. Poder hacerlo, es un privilegio, niña…

Me deja sin palabras y apenada por mis pensamientos irresponsables al empezar el día, le obsequio un billete que ella recibe con una sonrisa y me responde, cuando necesites de mis nopalitos, pregunta por mí, soy doña Marianita y por aquí todos me conocen. Vivo por aquí cerca.

Guardo los nopalitos en mi bolsa y me dirijo al trabajo con otra actitud; puedo caminar, tengo familia, puedo trabajar y producir, el día es bello, aunque esté nublado, debo iluminarlo con mi actitud.

Cuando llegué a la casa, al regresar del trabajo, busqué los nopalitos para guisarlos y no los encontré, como mi bolsa de mano no tiene cierre, se me deben haber caído. Era lo de menos, la lección fue alentadora.

Desde ese día he cambiado mi forma de pensar respecto a mi cotidianidad, la disfruto, la valoro y sobre todo agradezco a Dios haber conocido a doña Marianita. Pasaron los meses y no la volví a ver; por curiosidad, pregunto en el estanquillo a lado del estacionamiento por ella y la señora que lo atiende me sonríe con tristeza; me responde con voz melancólica:

-¡Doña Marianita! ¿Usted la conoció?

-¡Claro! Le compré nopalitos hace algunas semanas, pero no la he vuelto a ver.

-¿Está segura que era ella, señorita? Marianita hace más de cinco años la sacaron de su cuarto, cuando murió, la dueña de la vecindad. Al poco tiempo supimos que murió atropellada, un camión sin frenos la embistió. A veces dicen que la ven pero…

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