Ejercer el poder

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Libertad García Cabriales.-

¿Pero acaso no nos pertenece a nosotros nuestro México?

Campesino de Jalisco

 

A la una de la tarde del nueve de marzo, el gobernante salió en automóvil acompañado por el titular de Hacienda en dirección al ingenio azucarero de Zacatepec, que llevaría el nombre de Emiliano Zapata. Al regreso de su visita, ya de noche, el mandatario ordenó detener el carro en la desviación del camino a su finca de Palmira y le pidió a su Secretario de Comunicaciones bajar del auto para conversar: “y le hice conocer mi decisión de expropiar los bienes de las compañías petroleras si estas se negaban a obedecer el fallo de la Suprema Corte de Justicia”.

Así lo consignan los Apuntes del General Lázaro Cárdenas, entonces Presidente de la República, quien en la conversación con su amigo y colaborador, el también general Francisco Múgica, subrayó que difícilmente se presentaría oportunidad tan propicia para reintegrar a la nación su riqueza petrolera. Caminando y conversando durante más de una hora, al más puro estilo peripatético griego, los dos generales se habían consultado y reafirmado la estrategia como en los tiempos de  operaciones militares. “No en las oficinas de la ciudad, sino según los modos de decidir en las campañas donde ambos habían combatido: caminando a campo traviesa bajo las estrellas en la noche tibia de Morelos”.

Adolfo Gilly, reconocido historiador del Cardenismo, apunta que después de la extensa plática, los dos, como buenos militares, guardaron el secreto considerándolo indispensable. Y la decisión no fue una decisión apresurada; había sido pensada durante años, pero maduró a lo largo de los conflictos de las empresas petroleras con los trabajadores. Los días que siguieron a la conversación de Cárdenas y Mújica, se fueron sucediendo acontecimientos que favorecieron y enriquecieron el escenario en torno a la toma de la decisión.

En el mundo, el reloj de entreguerras marcaba las rutas y el perspicaz general tuvo el olfato para reconocer el tiempo adecuado: “El momento es oportuno. Los gobiernos capitalistas hablan en este momento en favor de las democracias y del respeto absoluto a los demás países. Veremos si lo cumplen”. Esto escribió Cárdenas en sus Apuntes el 15 de marzo. Como con la expulsión del llamado “jefe máximo” Plutarco Elías Calles en el año de 1935, el militar michoacano jugó con certero conocimiento del terrero en defensa de su dignidad como mandatario. Había conocido a Calles bastante bien y supo que desarticulando la conjura apoyada por algunos generales, le quitaría al Maximato su fuerza. Y como en un drama de Shakespeare, la cabeza del poderoso Elías Calles cayó, sin necesidad de matarlo.

Así ejercía el poder el Presidente Cárdenas. Siempre cerca de la gente y con decisiones pensadas, pocas veces adivinadas por sus adversarios. No en vano le llamaban La Esfinge, pues con su rostro impenetrable iba definiendo los procesos transformadores. Pero nunca sin consultar, analizar, prepararse. En el caso de la expropiación, numerosas lecturas, reuniones, conversaciones, acuerdos y desacuerdos, fueron delineando el hecho que refirmó la soberanía nacional. Nuestro oro negro, los veneros de petróleo escriturados por el diablo según el poeta, estaban en manos de 17 compañías extranjeras, las cuales explotaban la riqueza nacional, sin mayores regulaciones.

Como ciudadana, pero especialmente como historiadora siempre me ha interesado ese momento en el que un gobernante toma una decisión. Ejercer el poder implica tomar decisiones y muchas de estas benefician o afectan la vida de mucha gente. En el caso del presidente Cárdenas, es innegable sus decisiones estuvieron sustentadas en su amplia experiencia, pero especialmente en el apoyo que del pueblo tenía. No en vano había desarrollado una política social de gran calado.

El 18 de marzo de 1938 a las diez de las noche, Lázaro Cárdenas dio a conocer el decreto de expropiación y las concesiones a las compañías extranjeras quedaron sin efecto y sus operaciones canceladas. En los días siguientes vino el masivo apoyo popular, las fuertes tensiones en víspera de la guerra mundial, el retiro de los fondos de las empresas, el boicot decretado por el “trust” petrolero, una campaña publicitaria en contra del gobierno y el augurio que nuestro país terminaría ahogado en su propio petróleo.

Pero México resistió y el resurgimiento de la industria se hizo gracias a la inteligencia, el patriotismo, la creatividad y el apoyo de mucha gente, incluso la Iglesia católica, en otro tiempo enfrentada a gobiernos, vio la expropiación como una bendición solicitando la colaboración de los fieles. La decisión del presidente, pensada tal vez desde su tiempo en la Huasteca en 1924, cuando vivió cerca las operaciones de las empresas extranjeras de Tampico, había sido resuelta en 1938, sorteando la más grave crisis de la Posrevolución.

Lázaro Cárdenas supo ejercer el poder con gran apoyo del pueblo pero no sin resistencias, ni sin detractores. Fue precisamente en su sexenio y derivado de la rebelión de las fracciones afectadas, que se fundó el Partido Acción Nacional en 1939. Terminado su sexenio el péndulo viró, pero eso es otra historia. Con todo, Lázaro Cárdenas sigue siendo considerado por muchos entre los dos presidentes más queridos y reconocidos de nuestro México.

 

 

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