Plaza de Almas

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Catón.-

Por donde voy, juglar itinerante, encuentro historias, O ellas me encuentran a mí, no sé. Cuando escucho alguna historia la grabo en la memoria. Haría mejor en apuntarla en una libreta, pero siempre me olvido de hacerlo. Entonces la historia se me olvida. Alguna vez escribiré un libro con todas las historias que he olvidado. Tendré que inventarlas, desde luego, pero el libro será grueso, y muy interesante. Mis olvidos son siempre más interesantes que mis recuerdos. Hoy contaré una historia que no se me olvidó. Quizá por eso no tendrá mucho interés. La historia trata de un señor. Ese señor tiene sus años. Todos tenemos los nuestros, pero él tiene más. ¿Cuántos años tiene este señor? Tratemos de adivinar. Yo digo que 70. Puede ser. Este señor ha conocido a una muchacha. La muchacha le dice que siempre ha querido visitar una casona vieja con zaguán, alcobas de altos techos y fuente en el jardín. El señor tiene una casona vieja con zaguán, alcobas de altos techos y fuente en el jardín. Aquí hago un alto obligatorio. Porque sucede que yo tengo una casa con zaguán, altas alcobas y jardín con fuente. Es menester, entonces, asegurar a ustedes que yo no soy el señor de mi relato. Me gustaría haberlo sido, por lo menos hasta antes del final de la historia; pero no, no soy ese señor. Los dioses -espíritus chocarreros a veces- empiezan a tejer los hilos de la trama. O a hilar la trama del tejido. O a tramar el tejido de los hilos. Todo es lo mismo cuando los dioses se disponen a joder a alguien. “Señorita -ofreció con gran cortesanía el señor-. Yo vivo en una casa como esa que usted quiere conocer, de zaguán, alcobas de altos techos y fuente en el jardín. Gustosamente la invito a conocerla”. “Y yo con gusto acepto su invitación -respondió la muchacha. Sugirió el caballeroso señor: “Hágase usted acompañar por una amiga. Mis vecinas son muy dadas al chisme, y mis vecinos más, y no quiero ponerla en trance de que sufra desdoro su buen nombre, o mengua su reputación”. “Ni una cosa ni la otra me preocupan -contestó ella sonriendo-. Iré sola y mi alma. Y sola y mi cuerpo también”.  “En ese caso -le advirtió el invitante- debo decirle algo. Es usted tan bella que si estamos a solas en mi casa no respondo”. “Me arriesgaré” -declaró la muchacha sin dejar de sonreír. “Fíjese bien en lo que estoy diciendo -insistió el señor, muy serio-. No respondo ¿eh?”. “¿Qué estamos esperando? -dijo entonces la chica-. Vamos a su casa”. Y así diciendo sonrió otra vez, ahora provocativamente. Se encaminaron los dos a la casa con zaguán y etcétera. Aquí hago otro alto y dejo que el señor siga la historia. “Llegamos y le mostré la casa. Ella paseó por las habitaciones. Luego fue al jardín, se descalzó y entró en la fuente alzándose el vestido. Al hacerlo dejó ver sus hermosas piernas, blancas, firmes, bien torneadas. Me pareció que me las estaba mostrando de adrede, hasta los muslos. “No respondo ¿eh? -volví a decirle. Ella reía. Su risa era clara y fresca, igual que el agua de la fuente. Fuimos en seguida a la recámara. La muchacha, con el pretexto de que se había mojado su vestido, se lo quitó. Le dije una vez más: “No respondo”. Ella, sonriendo, se tendió en la cama, voluptuosa. Le repetí: “No respondo ¿eh?” Y aquí entro yo de nuevo, porque es a mí a quien el señor está contando la historia. Le pregunté con interés ansioso: “Y ¿qué sucedió?”. Me contestó él lleno de pesadumbre: “Sucedió exactamente lo que tantas veces le había dicho a la muchacha. No respondí”… La vida tiene historias cómicas, y tiene también historias tristes. No sé si la que acabo de contar es triste o cómica. FIN.

 

MIRADOR

Por Armando Fuentes Aguirre

Bellas ballenas de los siete mares…

La de Jonás, porque dígame usted qué otro pez pudo haberse tragado a ese profeta, engorroso como todos los profetas que en este mundo han sido y son.

La del capitán Ahab, por nombre Moby Dick, que llevaba en sus lomos toda la blancura y toda la perversidad del mundo.

Aquella otra mítica ballena, la de Jack. Audaz marino, se metió en ella, y estirando su cola por adentro la volvió de revés como si fuera un calcetín.

Ballenas del disco que me mandó hace años la National Geographic, que cantan en los abismos oceánicos canciones de amor y de tristeza, seguramente los cantos de las sirenas que oyeron los marinos de Ulises y que Ulises no escuchó.

Ballenas perseguidas hasta el último rincón del mar número siete por hombres carniceros que navegan en barcos con cañones de bombas explosivas. Estallan dentro del cuerpo atormentado del gran pez y lo inflan después para que flote como grotesco globo sanguinoso…

Se acaban las bellas ballenas.

Nos acabamos nosotros.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

Por AFA

“…Mucho sexo en las películas mexicanas”.

Yendo al cine encontrarás

que el sexo, en efecto, se halla

en exceso en la pantalla.

(Pero en las butacas más).

 

 

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