Una historia de ayer

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Alicia Caballero Galindo.-

La tarde caía; el campo, tenía un aroma especial, estábamos a mediados de otoño y las nubes, poco a poco se iban acumulando sobre la sierra; se preparaban para verter su preciosa carga que representaba vida nueva; los maizales estaban en su punto, las doradas mechas de sus elotes, indicaban que era tiempo de empezar a cortarlos, antes de que lloviera o cayeran las parvadas de cotorras a destruir la cosecha. Eran más pequeñas que los loros y tenían el copete rojo. Don Camilo, ya estaba listo con su bolsa de cohetes para espantarlas si llegaban a caerle a la labor. Era viernes por la tarde y pasaríamos la noche en la casita del rancho que solo tenía un corredor con mosquiteros y una nave de lámina donde estaba acondicionada una cocinita y camas, a mi mamá y a mí nos gustaba dormir en el corredor; ahí poníamos catres de lona y podíamos ver las estrellas mientras nos dormíamos. ¡Era una delicia escuchar los sonidos de los grillos y ver el titilar de las luciérnagas! El monótono canto de las lechuzas, escuchábamos su imperceptible aleteo, de vez en cuando. Las luces de la ciudad que se encontraba a escasos tres kilómetros, resplandecían y cerca de media noche, el tren de carga, que pasaba cerca de ahí, se escuchaba correr por las vías y su melancólica voz anunciaba su paso por los cruces camineros.

Esa tarde, mi padre y don Camilo, llegaron de la labor con dos arpillas de elotes tiernos y Pedro, los estaba esperando con una hoguera encendida para asarlos; simplemente se encajaban en las brasas y esperábamos que estuvieran listos, mientras aspirábamos su delicioso aroma. Todos nos sentaríamos al oscurecer, en torno a la fogata a comer elotes tiernos, que tenían un sabor dulzón, con vasos de leche recién ordeñada, tortillas con chile y café hervido. Las dos familias de trabajadores con sus hijos y nosotros, compartiríamos las primicias de la cosecha. Por el camino, casi a oscuras, las últimas carretas cargadas de pastura o nopal para el ganado, crujían por el camino de piedras y las voces de los carreteros arreando a sus yuntas, que ansiaban terminar su jornada.

Mientras esperábamos que salieran, contábamos historias de miedo bajo las sombras de la noche y el crepitar de la llama que, al iluminarnos, producía extraños efectos de luz y sombra; experimentábamos una mezcla de miedo, emoción y placer. Quina, la hija menor de Pedro, que era muy inquieta, no dejaba de jugar en torno a la lumbre y se alejaba del grupo de vez en cuando, entonces Camilo, empezó a contar la primera historia de la noche:

-Hace algún tiempo, cuando apenas había llegado a este rancho, estaba reparando la palma del techo de la casa que el patrón me prestó para vivir; ya había oscurecido y estaba a punto de bajarme, cuando vi a lo lejos, por el camino, una gran bola de fuego que entraba al rancho; era del tamaño de un becerro recién nacido, pero rodaba a gran velocidad. De inmediato corrí a llenar una tina de agua para apagarla, y con la tina en la mano corrí a su encuentro, pero cuando estaba cerca de ella, antes de que pudiera echarle el agua, se elevó por los cielos tumbándome el sombrero y se perdió a gran velocidad. Yo me quedé asustado y esa noche no pude dormir. En la mañana, le pregunté al vecino del rancho de a lado si había visto la bola de lumbre que corría y este se rió de mi.

-¿Eres nuevo en los alrededores?

-Pues sí, contesté, soy de Jalisco y tengo apenas unas semanas aquí en Victoria.

-Entonces, si vas a vivir aquí, debes acostumbrarte a esas bolas de fuego misteriosa, que no son más que las almas de las brujas que no se pueden morir nunca, ni descansar y sus almas viven penando.

-Un estremecimiento sacudió mi espalda, y dando media vuelta, sin decir palabra, regresé al rancho y desde entonces, cuando las noches no tienen luna, las veo que se aparecen de vez en cuando. Nunca sabes cuándo las vas a encontrar. Así son las noches sin luna.

No se hacían esperar las expresiones de miedo de todos los que estábamos chicos y volteábamos a hurtadillas alrededor para asegurarnos que no hubiera ninguna cerca de nosotros. La piel se erizaba cuando nos preguntaba Camilo:

-¿Y ustedes han visto alguna vez una bola de fuego de esas?

Casi siempre gritábamos desesperadamente que no.

Los elotes están en su punto; con cuidado se sacaban de la lumbre y los pelaban, dejando las hojas hacia abajo para poder asirlos y no quemarnos; en poco tiempo nos olvidábamos de las brujas y demás, mientras disfrutábamos del banquete.

También nos contaban la historia del animal negro que no sabían qué era, porque a veces caminaba en cuatro patas y otras en dos; entraba a los corrales de las gallinas, se llevaba una o dos, mientras los perros, con los pelos del espinazo parados, ladraban frenéticamente, pero no podían hacer nada. La historia del hombre del costal; dicen que una vez un fuereño, se robó a María, la hija del caporal de un rancho vecino, lo descubrieron porque se escuchaban los gritos de la niña y lo persiguieron por el camino hasta alcanzarlo. Lo mataron a golpes, pero la niña, murió cuando el hombre soltó el costal al verse descubierto, porque se pegó en la cabeza. Desde entonces, en noches de verano, sobre todo, se escucha el llanto de una niña por el camino y se ve la figura de un hombre con sombrero que lleva un costal al hombro.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces; el rancho en cuestión es parte de la ciudad, aquel camino polvoriento, bordeado de huizaches, es una calle iluminada, aquellos niños del rancho, hoy tenemos nietos, pero ellos juegan nintendo, entran a Internet o ven televisión. Son otras las perspectivas del mundo actual, sin embargo, en noches de luna, por lo que fue aquel viejo camino, dicen que aún ven cosas raras.

Cuando los seres humanos perdamos el sentimiento de la magia, el misterio y los recuerdos, estaremos perdiendo la memoria de nuestras raíces y entonces, perderemos nuestra propia identidad. Cuando escucho el crepitar de una hoguera o el olor de los elotes asados que venden en las calles, o el melancólico y lejano silbato del tren que se aleja, cierro los ojos y mi mente ¡vuela!

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