El abucheo, es un rey Jano

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Pérez Ávila.-

Dos políticos de escaso relieve y, a la vez, lo suficientemente cínicos para sacar ventaja de su obvia desventaja, apenas descendieron del avión en el aeropuerto Quetzalcoatl en Nuevo Laredo, se dirigieron raudos a la radioemisora BK, para hacerle saber al auditorio del programa donde yo me desenvolvía como normador de criterios. “Abuchearon a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en el mítin de Andrés Manuel López Obrador”.

Hay quienes tienen dudas sobre mi forma de corresponder a la confianza del auditorio, sobran quienes creen que “no es posible, que alguien pueda emitir una opinión, sin prepararse con tiempo”. Yo lo hago. Lo he hecho siempre.

Apenas terminaron de hablar Jesús y Víctor, figuras del PRD en ese momento en Nuevo Laredo, como lo era en plan estelar en toda la República el hoy presidente, don Andrés Manuel López Obrador. No necesité de reflexión alguna. Ipso facto les aclaré a ellos y, por supuesto, a una audiencia imposible de calcular, lo que pensaba, y pienso, de un rechazo colectivo a una figura política, de la eminencia del señor con prosapia, (gracias Muñoz Ledo) don Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano: Ese repudio no fue espontáneo. Una tan irascible demostración de repulsa se programa con un propósito avieso y reprobable. Es la forma de humillarlo ante la plebe, haciéndolo sentir despreciado por el pueblo.

Sí puede existir un rechazo público con tintes espontáneos.

Yo siempre he visto, sobre todo en actos públicos, el aplauso de foca, o la rechifla, como asunto de claque profesional.

Haga de cuenta una pragmática parodia del Rey Jano, que tenía dos rostros contrapuestos, uno viendo al pasado, y el otro mirando al porvenir.

El abucheo, estimado lector, tiene dos caras, como el rey al cual está consagrado el primer mes del año.

Pero, el inevitable, molesto y maldito pero. Pero no es lo mismo una concentración cívica, que un acto político. No es igual la ceremonia a la cual acuden los ciudadanos, para coparticipar, que un show, un espectáculo del orden que usted quiera, multitudinario o casi íntimo.

No es lo mismo la ágora donde se dirimen asuntos públicos, que el estadio donde se enfrenten dos equipos. No es, ni siquiera parecido, el populacho reunido para escuchar al orador polémico, que la apretada aglomeración convocada por la confrontación entre dos pugilistas deslumbrantes.

No es lo mismo, ya para concluir con tanto parangón: No es lo mismo la conferencia tempranera, que la inauguración de un parque de beisbol, con aficionados pagando por entrar. El que paga tiene derechos. El que paga juzga y compara. Si no le gusta lo que ve o le dan, reprueba y rechaza. Ha pasado con figurones como Luis Miguel. Le acaba de suceder a AMLO.

El señor presidente fue abucheado. No le gustó. Llamó fifís a quienes demandaron que se fuera.

“El que paga manda. Si se equivoca, vuelve a mandar”. Esa frase admonitoria, se aplica también al espectáculo.

Hace años, le expliqué a inteligente colega, la diferencia entre el orador opositor y el que, por oficio, conveniencia o hasta por afinidad, se desenvolvía entre panegíricos y loas. Aquel, el de oposición, tenía y tiene, todas las ventajas.

El señor presidente está atrapado en una encrucijada. Acaba de ser opositor. Ya no puede, ni debe, anatematizar a personajes políticos medrando en los puestos públicos, mientras el pueblo pasa hambre, porque, simplemente, ya no están en el poder. Él sí.

Por eso lo reprueban algunos colegas “fifís”.

Le piden que actúe como presidente. Le piden dejar de ser oposición.

GIRÁNDULA PUGNAZ: Un jefe de instituciones, está obligado a velar por lo institucional.

 

 

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