Tragedia profundamente humana

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Hernán Kruse.-

El Instituto Nacional de Estadística y Censos de la República Argentina (INDEC) acaba (jueves 28 de marzo) de dar a conocer el nivel de pobreza e indigencia en nuestro país durante el año pasado. Las cifras son escalofriantes: hoy hay en la Argentina 14.3 millones de personas pobres y tres millones de personas indigentes, es decir, que se mueren literalmente de hambre. La República Argentina, que supo ser el “granero del mundo”  durante las primeras décadas del siglo XX, que es capaz de alimentar a unas 500 millones de personas, presenta estos porcentajes dolorosos que nos avergüenzan como argentinos.

La tragedia de la pobreza no es responsabilidad exclusiva del actual presidente de la nación. A partir de mediados de la década del setenta del siglo pasado, nuestro país comenzó a languidecer en todos los niveles. Hoy, es doloroso reconocerlo, la Argentina es un país decadente. La nación que tuvo el honor de ofrecer al mundo varios premios Nobel (Saavedra Lamas, Houssey, Leloir, Pérez Esquivel y Milstein), hoy es incapaz de garantizar a buena parte de su población lo mínimo indispensable para asegurarle una vida digna.

La historia económica de nuestro país ha demostrado que existe una íntima relación entre plan de ajuste y pobreza. Cada plan de ajuste impuesto por el gobernante de turno (civil o militar), ha provocado inexorablemente un crecimiento exponencial de la pobreza. Pasó durante la última dictadura militar (1976-83), con Raúl Alfonsín entre 1985 y 1989, con Carlos Saúl Menem (1989-1999), con Fernando de la Rúa (1999-2001), con Eduardo Duhalde (2002), con Cristina Kirchner durante su segunda presidencia (2011-2015) y ahora con Mauricio Macri.

Lo que resulta inexplicable es que los argentinos, como pueblo, no hayamos aprendido de las enseñanzas que nos brinda la historia económica. Si durante las últimas décadas cada nuevo ajuste (casi siempre ordenado por el FMI) provocó un verdadero desastre, no hizo más que incrementar geométricamente la pobreza, ¿cómo es posible que el año pasado, cuando Macri acordó con el FMI un nuevo plan de ajuste, nos quedáramos calladitos aceptando lo inevitable? Porque todo argentino con un mínimo de información sabe perfectamente que el ajuste y la pobreza son hermanos siameses.

En mayo de 2018 el presidente anunció que su gobierno había decidido entablar negociaciones con el FMI para acceder a un clásico préstamo stand by. Macri lo presentó con bombos y platillos, y los medios de comunicación alineados con el Gobierno dijeron que ese acuerdo demostraba la confianza que el mundo había depositado en el gobierno de Macri. Lo cierto es que el Gobierno se había quedado sin financiamiento externo, lo que lo obligó a ir corriendo a las oficinas del FMI en Washington para evitar su caída. En efecto, si el FMI le hubiera bajado el pulgar en ese momento, Macri hubiera caído.

El FMI decidió efectuar un desembolso de un poco más de 50 mil millones de dólares. Pero no se trató de un acto de caridad. Para prestarle semejante suma de dinero el FMI obligó a Macri a poner en práctica un severo plan de ajuste que en la práctica significó más recesión y más inflación. El resultado no podía ser otro que más pobreza e indigencia.

Con el correr de los meses la situación económica y social no hizo más que agravarse. El valor del dólar aumentó en un año más del cien por ciento, la desocupación está cerca del diez por ciento, la inflación fue en 2018 del 48 por ciento y hoy el INDEC nos dio el golpe de gracia con la noticia del 32 por ciento de pobreza.

Lo peor de todo este drama es la reacción del presidente de la nación. Lejos de sentirse responsable de ello, a lo único que atina es echarle la culpa a la situación económica internacional y a la pesada herencia (en alusión al último gobierno de Cristina Kirchner). Hace unas horas Macri dijo que los argentinos no teníamos más remedio que aguantar y resistir porque éste, el ajuste, es el único camino porque es el correcto. Para él no hay soluciones mágicas.

Macri, qué duda cabe, depende pura y exclusivamente del FMI para llegar a las elecciones de octubre. Apenas los ministros de Desarrollo Social y de Producción y Empleo dieron a conocer los porcentajes de pobreza e indigencia, el Gobierno volvió a confirmar el rumbo del programa económico. Ello significa que mientras Macri esté en el poder los argentinos deberemos sufrir los efectos del ajuste permanente. En consecuencia, cuando el INDEC dé a conocer los nuevos porcentajes de pobreza e indigencia, serán seguramente superiores a los actuales.

Faltan seis meses para las elecciones presidenciales. Una eternidad. Ojalá que en este largo período preelectoral los argentinos reflexionemos acerca de lo que nos está pasando desde que Macri es presidente para que, una vez en el cuarto oscuro, utilicemos el voto para elegir a un nuevo presidente que sepa estar a la altura de las circunstancias. Nuestro futuro está en juego.

Hernán Kruse (Rosario, Argentina).

 

 

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