¡Libertad!

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Alicia Caballero Galindo.-

La libertad depende del horizonte intelectual y espiritual de cada individuo, así como su tenacidad en la consecución de sus ideales.

 

Los seres humanos por ley natural, nacemos libres; pero poco a poco los convencionalismos sociales, dogmáticos, morales y éticos, nos van atando a reglas y principios; ciertamente, para vivir en sociedad es necesario sujetarse a un orden, a normas establecidas por sus miembros. El cubrir el cuerpo de determinada manera, el uso de un idioma o dialecto, un pasado común, etc. Poco a poco, las jóvenes conciencias, crecen en medio de costumbres que se convierten en ley y las van adoptando para tener ese sentido tan necesario de pertenencia a un grupo.

A eso tendremos que agregar las normas propias de cada familia; las tradiciones, los oficios y profesiones practicados por sus ancestros, etc. todavía es común escuchar a padres que dicen: -”Si yo soy abogado, uno de mis hijos tendrá que seguir la tradición”- aunque ninguno tenga vocación para esa carrera. – “En mi familia es inaceptable que haya un actor” – o un cantante, un músico, etc., “Es imposible que seas pintor, ¡te vas a morir de hambre!” Los ejemplos podrían continuar en forma indefinida. La otra postura igualmente castrante es decirle a un hijo: “¡Cómo se te ocurre que estudiarás fuera! ¡Nosotros no somos ricos! Inconscientemente, las frustraciones ancestrales superan al amor que tienen a sus hijos y se justifican diciendo. “no quiero que sufra como yo, mejor que entienda que no se puede”. Los hombres y mujeres se van formando con limitantes que, sin sentirlo, van aprisionándolo en una maraña de grilletes limitando su crecimiento como ser humano, y estos al crecer repiten la misma historia. Terminan como el elefante que, de pequeño, lo atan a una estaca y cuando crece, aunque de un simple movimiento se libraría de la atadura con su fuerza, no lo hace porque su cerebro registra que está limitado…

El resultado de estas acciones castrantes y muy comunes, es encontrar un alto porcentaje de adultos con una serie de ideas negativas que se van heredando de generación en generación. Hay resistencia al cambio, porque no aprenden a luchar; cualquier propuesta de cambio es rechazada “Siempre lo hemos hecho así y funciona, para qué cambiar”. Cabe el dicho popular tan generalizado; “Chango viejo no aprende maroma nueva”.

Todo este aparato de costumbres e ideas, que mantiene a la sociedad en una trampa sin rejas, en la que cae un gran número de individuos. Se vuelve tan cómodo el vivir bajo cartabones impuestos, que simplemente se dejan llevar. Pero no todos son así; los grandes cambios en la vida de la humanidad son generados por espíritus libres, capaces de romper cadenas y atreverse a los cambios en todos los ámbitos. Los científicos que crean y descubren, los escritores que innovan, los sociólogos que proponen caminos distintos a los andados, son los espíritus libres, inconformes con la rutina, los que generan el cambio y la evolución en todos sus ámbitos.

Ciertamente se vuelve necesario el seguir normas para crecer y desarrollarse, pero parte de la educación formativa en los hogares y las escuelas, debe ser enseñar a los niños y jóvenes a ser libres de pensamiento, capaces de enfrentarse a retos acordes con su edad y condición, y nunca decir: “no puedo”, “no lo lograré” ¡por el contrario! Debemos prepararlos para que puedan decir: ¡es fácil, yo puedo, lo voy a lograr!

El único camino para alcanzar la libertad que conduzca al éxito y al progreso, es aprender a elevar la autoestima, a ser capaces de romper esquemas tradicionales para mirar más allá. Cuando se relata un cuento, ¡hay qué dejar que los niños inventen el final! Si se les da colores y papel ¡Deben dejar que hagan el dibujo que se les antoje! De lo contrario, siempre esperarán una instrucción previa para actuar. ¡es importante aprender a impulsarlos para que desplieguen sus alas y vuelen! Si están bien preparados ¡No se caerán! ¡Deben aprender a confiar en ellos mismos!

Erich Fromm en su libro “El miedo a la libertad” desnuda el alma humana y refleja las distintas actitudes cuando un ser humano enfrenta la libertad. La conclusión es que, un alto porcentaje de individuos renuncian a esta condición, porque ser libre implica una gran responsabilidad; el saber manejarla para beneficio propio y del entorno circundante. A veces es más cómodo dejar hacer a los demás y navegar como hoja seca en el río de la vida, dejando la dirección de nuestro rumbo en manos de otros. Los grandes cambios en la humanidad los generan quienes asumen su libertad con responsabilidad y sin temor y son capaces de crear nuevos caminos.

Hay que recordar que los seres humanos estamos conformados por tres núcleos cuerpo, alma e intelecto, que permiten al individuo trascender a lo largo de la existencia. Nuestro cuerpo es un templo sagrado otorgado por el Altísimo; que debemos cultivar, cuidar y conservar con responsabilidad, es el estuche que alberga al intelecto y el alma.

El ser humano es libre en la misma medida de su grandeza de espíritu y autoestima. La llave de la libertad está dentro cada ser humano. Se puede ser libre en una oscura celda o prisionero en la cima de una montaña; todo depende de la actitud de cada individuo.

La libertad es un don divino y se alcanza cuando el individuo es capaz de ejercer sus cualidades naturales en beneficio del entorno social y natural, guardando un profundo respeto a sus semejantes y la naturaleza.

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