Las balas del estrés

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Libertad García Cabriales.-

No hay estrés en el mundo, sólo gente creando pensamientos estresantes y luego actuando sobre ellos.

                                                                           Wayne Dyer

 

Especialmente en abril se echa a la calle la vida. Cicatrizan las heridas y al corazón, como al sol, se le alegra la mirada, dice Juan Manuel Serrat en su bella canción dedicada al mes que recién empieza. Por su parte, T:S Elliot, el enorme escritor inglés, señala en su poesía que abril es el mes más cruel, engendrando flores, anhelos y recuerdos en la tierra muerta. Y ambos están inspirados en el mismo mes, pero lo observan con miradas distintas. Así la vida. Mientras para algunos la exultante belleza natural de abril puede ser estimulante, para otros resulta cruel, cuando a pesar de las flores, hay cosas que te atormentan. Joaquín Sabina diría entonces que alguien les robó el mes de abril.

Pienso en ello después de escuchar a unas personas hablar del estrés que este tiempo nos impone. Una de ellas comentó, después de una revisión profunda de su cuerpo por dolencias recurrentes sin encontrar nada físico, que los doctores concluyeron: “debe ser estrés señora, revise eso por favor”. Otro ejemplo doloroso mencionado en la conversación fue el caso de una persona recientemente fallecida de un infarto fulminante, atribuido también a una carga de estrés muy fuerte. Y luego se comentó del estrés que provoca vivir con miedo, estar constantemente en tensión a causa de las malas noticias cotidianas. Miedo presente en todo el mundo y no sólo a causa de la violencia, sino también a las demandas de la vida moderna, a no cumplir las expectativas que nos exige una sociedad de consumo.

Y tal parece que nadie se libra del democrático mal. No tiene edad ni condición social aborrecida. Todos en algún momento lo hemos padecido. Piénselo. Cada persona tiene su propia lista de problemas: económicos, laborales, emocionales, físicos. Preocupaciones convertidas en estrés, ese mal de nuestro tiempo que no deja títere con buena cabeza. Un mal considerado con frecuencia la causa principal de enfermedades como afecciones respiratorias, artritis, colitis, diarrea, asma, arritmias y taquicardias, además de disfunciones sexuales, problemas circulatorios e incluso cáncer.

Tanto daña, que se reconoce entre el 75 y el 90 por ciento de todas las enfermedades diagnosticadas, como producto del estrés. Además afirman que las medicinas más vendidas son para combatir insomnios, depresión, presión alta y males gástricos, todos vinculados con el llamado “mal del siglo”. Estrés que según los expertos entra en nuestro cuerpo a través de cuatro fuentes: ambiente, cuerpo, mente y espíritu. Así pues, va minando nuestra vida y nuestras relaciones sociales. Y no hay abril ni mayo que lo contengan.

Estrés como causa también de la violencia y muchas de sus manifestaciones. Piense usted cuántos de sus enojos o discusiones fueron provocados en un momento de fuerte tensión. Y muchas veces el estrés comienza con pequeñas cosas. El celular no funciona, el carro delante no avanza, no hay jamón para el sándwich. Menudencias convertidas en enormes montañas mientras en nuestro cuerpo suceden cambios bioquímicos capaces de desencadenar grandes tragedias. Hay balas que matan desde el interior, dice la canción. Tiene sentido, pues es en nuestra mente donde construimos el bienestar o el malestar.

Porque el estrés se provoca dentro. Es producto de muchos y diversos procesos. Desde niños, cuando los adultos nos recetan (recetamos) un promedio de 431 mensajes negativos diarios: no hagas esto, tú no puedes, te vas a caer, no comas eso, no te ensucies, no digas eso, no llores. Pasando por las competencias a las que nos someten en la escuela y en la vida, tratando siempre de ganarle al otro, destacar en algo, buscar la aprobación de los demás. Y así se desarrolla el monstruo del estrés. Ante las exigencias de verse bonitas, de ser el mejor de la clase, de desear lo que otros tienen, de pretender ganar, ganar y ganar siempre. Aun cuando ganando se pierda lo mejor que tenemos: la paz interior, base de la paz social.

Y si ya padecemos el entorno violento, al menos debemos intentar disminuir las balas al interior. Se dice fácil, me dijo alguna vez la dolida madre de un desaparecido, a quien le robaron sus abriles de la forma más cruel. Lo sé. Es muy difícil superar el miedo, la violencia, las pérdidas. Con todo, no podemos vencernos. De nosotros depende construir fortalezas internas para resistir la adversidad, para sembrar esperanza con acciones.

Abril llegó para no olvidar que la vida está aquí y ahora. La vida que pese a las repetidas muertes, se manifiesta a cada paso en este, nuestro tiempo irrepetible. “Una vida más vida nos reclama” diría Octavio Paz, quien partió al jardín eterno precisamente en este abril. Una vida más vida, es decir más plena. Pese al ruido de las balas, nunca olvidemos vivir.

 

 

 

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