El tren de las cuatro

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Alicia Caballero Galindo.-

Eustolia preparaba en la estufa de leña, un pan de harina de trigo; era de buen tamaño, tenía qué alcanzarle para repartirlo entre sus tres hijos, su marido Timoteo y ella; era lo último del saquito de harina que le quedaba; le mezcló los restos de levadura hecha por ella que tenía en el viejo jarro y agregó un poco de piloncillo. Con la preocupación reflejada en el rostro, miraba furtivamente por la ventanita que daba al camino, mientras horneaba; no podía darse el lujo que se le quemara, porque se quedarían sin comer todos. Su casa era de las últimas en aquel pueblecito de Coahuila. Corría el año de 1913; la primavera empezaba a teñir de verde la ríspida vegetación donde predominaba la gobernadora, un arbusto cuyas hojas amargas, son medicinales y las cactáceas que empezaban a mostrar los primeros botones de sus exóticas y hermosas flores. Se corría el rumor de que Carranza, estaba en Ramos Arizpe y los federales mandaron por tren desde San Luis, refuerzos para combatir a los rebeldes. Se respiraba un ambiente de tensión y miedo; a Timoteo, que andaba en la bola, le dieron un balazo en una pierna hace poco y dejó las filas de los rebeldes. Él hace lo que puede por la causa; volvió a su oficio de telegrafista y mantiene informada a su gente de lo que pasa, precisamente, por eso Eustolia sabía que, en cualquier momento, el diablo desataría la furia de un enfrentamiento. Dicen que Carranza tiene a su gente escondida en varios grupos lista para atacar. ¡Que Dios nos agarre confesados! Será la primera batalla que este hombre dirija, ¡ojalá lo haga bien! Timoteo estaba con los Libres del Norte comandados por el Mayor Lucio Blanco y ayer vio a dos que fueron sus compañeros pasearse por las orillas del pueblo; sólo lo saludaron de lejos y agacharon la cabeza escondiendo sus rostros bajo la sombra de las anchas alas del sombrero y la barba de varios días sin cortar. El aire parecía enrarecido por la tensión que privaba; las mujeres del pueblo, llenaban los cántaros de agua y los ponían a buen recaudo dentro de sus casas, los colchones de lana de los camastros, estaban en posición para cubrir las ventanas en caso necesario, la lana detenía las balas de aquellos tiempos, la tienda donde compraban provisiones, estaba ya cerrada los que tenían gallinas y puercos, ya los estaban encerrando adentro de las casas. Como Eustolia no tenían nada, sólo pedía a Dios que Timoteo llegara a la casa a tiempo si algo pasaba; el telégrafo estaba en el centro del pueblo, a lado de la estación, a unas seis cuadras de su casa y como caminaba despacio por su pierna que le quedó tiesa de la rodilla después del plomazo, ella se angustiaba cuando tardaba en llegar. Él se quedaba hasta el último porque si lo único que hacía era mandar noticias por el telégrafo, ¡tenía qué hacerlo bien! Avisaban a las plazas cercanas tomadas por sus gentes, lo que estaba pasando en el pueblo.

Los dos hijos mayores de Eustolia de cinco y ocho años, jugaban en el patio de su casa y la niña de un año, que apenas caminaba estaba en la cocina con ella. De pronto, empezó a escucharse el sonido característico de caballos corriendo y una nube de polvo se perfiló en el horizonte; la mujer, instintivamente, cargó a su niña y llamó a sus hijos para que entraran a la casa, empezó a cerrar las ventanas de madera y se aseguró de que la puerta de atrás quedara cerrada por dentro con una tranca gruesa que no romperían fácilmente. La puerta de adelante, quedó sin tranca porque faltaba de llegar Timoteo, sentó a los niños en la cama y se puso a rezar ante un altar improvisado con una vacilante veladora que a cada momento amenazaba con apagarse. En pocos minutos el pueblo quedó desierto; el silencio era interrumpido por los perros sin dueño que corrían por las calles ladrando sin parar y presintiendo el peligro. El tren anunciaba su llegada y entre gritos e improperios bajaron los federales como enviados del diablo; de inmediato se apoderaron del telégrafo, pero Timoteo alcanzó a mandar a Ramos Arizpe la última noticia: LLEGARON LOS FEDERALES… después de eso, salió por la ventana como pudo y alcanzó a esconderse entre unas pilas de leña que estaban cerca y se quedó quieto. Escuchó cuando instalaban la cócona (ametralladora) en el techo de la estación, para recibir a los rebeldes que ya estaban entrando al pueblo. El aire se llenó de pólvora y a sangre; el ruido seco de los disparos de las armas de fuego y el característico sonido de la ametralladora empezó a taladrar los oídos de Timoteo, que, desde su escondite, rogaba por su familia. Por su parte, Eustolia, aseguró la puerta de entrada también, apagó hasta la veladora y continuó rezando, esperando que su hombre pudiera salvarse.

Los federales superaron en número a los rebeldes y éstos se perdieron en el monte. No los persiguieron porque esperaban la llegada del tren de las cuatro que traía más federales. Poco a poco se fue asilenciando el pueblo y Timoteo, pudo salir de su escondite sin despertar sospechas, además al verlo caminar cojeando y sin armas, no representaba peligro alguno. Al llegar a su casa, encontró todo en orden y a su familia completa. Pero él sabía que vendrían más federales y entonces no habría tregua. Comieron la poca comida que tenían y se prepararon para partir; en el tren carga de las cuatro; subirían antes de que arrancara para irse más al norte, si podían, pasarían al otro lado, ¡total! de algo podrían trabajar y ganar la comida de sus hijos; después, después ¡Dios dirá!

Cerca de las cuatro, cerraron su casa; Eustolia con la niña en brazos y un bulto de ropa colgando de su hombro, Timoteo, con el menor de sus hijos de la mano y cargando un bulto también; el niño mayor caminaba a su lado silencioso. Su infancia la había pasado entre la miseria y la Revolución. Los ojos de Timoteo miraban al frente esperando y soñando con conservar la vida y la de su familia.  Al final de la estación, se colocaron en un lugar donde pudieran subirse a un vagón al arrancar el tren sin que los vieran. Se colocaron entre unos matorrales y al arrancar el tren, Timoteo ayudó a su familia a subirse, primero a la mujer y a la niña de brazos, después al niño menor y el mayor subió solo. Cuando trató de subirse él, por la torpeza de su rodilla, cayó al suelo y el tren arrancó dejándolo abajo y con horror vio cómo  se alejaba llevándose a su familia… la última imagen que Eustolia y los niños tuvieron del padre, fue la mirada de angustia y sus manos tendidas hacia ellos.

Ha pasado desde aquel difícil día ya mucho tiempo; Eustolia está bajándose en la estación, pasó muchas vicisitudes, pero sacó adelante a su familia haciendo mil trabajos. Una lágrima rebelde resbala por su rostro, porque salió con tres hijos y sólo dos regresan; el menor de los varones, murió de unas fiebres que no le pudo curar y Timoteo, sólo Dios sabe qué fue de él. Apretó las manos de sus hijos y se encaminó a la que era su casa con la esperanza de encontrar algo de ella. Al salir de la estación, se tropezó con una mano de alguien que pedía caridad y el corazón le dio un vuelco en el pecho; ¡era Timoteo! Sucio y medio ciego ¡pero vivo! Casi no podía caminar por la caída cuando los embarcó, desde entonces, siempre espera al tren de las cuatro. Un grito de alegría entre tanto padecer, ahogó en su garganta; se arrodillaron para que los viera, se abrazaron, lloraron juntos, y emprendieron el camino hacia su casa que estaba abandonada, con la intención de comenzar de nuevo. La Revolución había terminado y se auguraban tiempos de paz. Con cicatrices en el alma y en el cuerpo, pero con esperanza en el mañana, aquella familia, intentaría encontrar su camino nuevamente.

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