Cien años sin Zapata

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Libertad García Cabriales.-

A mí me persiguen por el delito de querer que coman los que siempre han tenido hambre.

                                                                         Emiliano Zapata

En los primeros meses del año 2010, a punto de conmemorarse el aniversario de la muerte del General Emiliano Zapata, nos despertamos con la noticia que el monumento del Caudillo del Sur había sido robado de la pequeña plazoleta frente a la Liga de las Comunidades Agrarias de Ciudad Victoria. No es la primera vez que sucede, nos dijeron, mientras caminábamos al lugar de los hechos para encontrarnos con el vacío en el pedestal. El robo fue denunciado y buscaron al general por cielo y tierra, pero como el tiempo apremiaba y no aparecía, se mandó a elaborar otro busto, que venturosamente estuvo en tiempo para recordar a Zapata en el mismísimo año del Centenario de la Revolución Mexicana.

Tiempo después escuchamos que el busto de Emiliano había aparecido en un paraje rural y más tarde fue destinado a la plaza de un ejido, donde suponemos que todavía la mirada altiva del caudillo sigue atenta al acontecer de la comunidad. ¿Quién se lo llevó y con qué propósito? No lo sabemos, pero dicen que el hurto todavía estaba entre papeles judiciales hasta hace muy poco tiempo. Pero no es el robo el motivo de estas letras, hecho que por cierto daría para un buen cuento; es de Zapata, de quien quiero hablarles, el valeroso revolucionario que un siglo después, sigue presente en el imaginario popular, tanto que su figura es venerada, además de inspiradora en grandes y pequeños movimientos sociales.

Este diez de abril se cumplen cien años del brutal asesinato de uno de los líderes más emblemáticos de la revolución. Sucedido en la hacienda Chinameca, Morelos, en una emboscada planeada por Jesús Guajardo, soldado carrancista a las órdenes de Pablo González, el artero crimen marcó el declive del zapatismo. Ahí cayó el cadáver de Zapata, quien había dicho en repetidas ocasiones, que todo lo perdonaba menos la traición, sucumbiendo precisamente traicionado por quien le había propuesto unirse a su causa. Pero la muerte que no perdona a héroes ni a villanos, llegó por Emiliano. Iba a cumplir 40 años en agosto, pleno de vida, a las 2:30 de la tarde, montando al As de Oros, hermoso alazán que le había regalado el mismo Guajardo un día anterior, cuando las balas lo fulminaron.

Algunos dicen que algo presintió, otros se extrañaron, pues pese a su astucia guerrera no olfateó la terrible traición. Lo cierto es que su cuerpo inmóvil fue arrastrado y tirado en el pavimento frente a Pablo González, quien respiró aliviado por la desaparición de su enemigo. Los días siguientes a la muerte del caudillo todo parecía confuso, y mientras los carrancistas celebraban, los numerosos seguidores de Zapata lloraban sin consuelo, preguntándose quién podría sustituirlo, sabiendo que nunca habría otro como “Miliano”.

Con todo, no es su muerte, sino su vida, la que debemos recordar. No el Zapata de piedra, no el de la historia de bronce, tampoco un ángel; pero si un hombre con anhelos justicieros, el campesino que desde muy joven decidió defender la tierra, las parcelas de su gente, cuyos títulos venían de la época colonial y fueron la legitimidad de su causa. Porque hablar de zapatismo es hablar de justicia, en ese sentido se elaboró el Plan de Ayala, bajo el cual se repartió y se trabajó la tierra, motor indudable de un movimiento con profundo arraigo popular.

Mi apreciado maestro Felipe Ávila, uno de los más importantes estudiosos del movimiento zapatista, señala que el zapatismo es reconocido como uno de los movimientos sociales y culturales más significativos de la historia de México y se distingue de los otros grandes movimientos de la Revolución, como el villismo y el constitucionalismo, porque fue el único que efectúo una transformación profunda de las estructuras agrarias predominantes en la región bajo su dominio. Un proyecto de nación donde los de abajo mandaran y los de arriba obedecieran, donde todos y no solamente los poderosos tuvieran acceso a la tierra, al trabajo y a la educación.

Parecería una utopía, pero el zapatismo logró durante un tiempo que tal transformación existiera en su comuna morelense, logrando además establecer un nuevo orden jurídico. Y a través del monopolio de la violencia, el Ejército Libertador del Sur con Zapata a la cabeza, dieron la batalla sin descanso por nueve años contra cinco gobiernos del país. Una violencia, y eso hay que decirlo, con causas sociales de enorme arraigo. Porque los zapatistas tomaron las armas buscando justicia para su gente en escenarios marcados por el hambre y la brutal desigualdad.

A cien años de la muerte del caudillo, bueno sería preguntarnos que ha quedado de su lucha, de su valor, de sus afanes justicieros. Al menos mucha memoria, en especial la profundamente arraigada en los movimientos de reivindicación social, una viva inspiración para luchar contra la injusticia.

¡Viva Zapata!

 

 

 

 

 

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