Tiempos de egoísmo

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Libertad García Cabriales.-

Aún está por nacer el primer ser humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo

                                                          José Saramago

 

Había una vez un gigante que tenía el jardín más bello, pero no quería compartirlo con nadie. Tanto era el egoísmo del gigante que cierta ocasión, cuando vio a unos niños jugar entre sus bellísimas flores, los corrió y construyó un muro para que no volvieran. Los niños se fueron muy tristes, pero con ellos se fue la primavera. Y el gigante no entendía porque el hielo cubría su ahora oscuro patio sin permitir la llegada de la alegre estación. Era su egoísmo la causa de la belleza cancelada, esa forma de querer su jardín sólo para él, de encerrarse tras su muro, lo que no dejó florecer la vida.

El párrafo anterior no es la vida de Mr Trump, aunque pareciera; es el argumento de un maravilloso cuento de Oscar Wilde, representando de forma clara y sencilla al egoísmo. Ese inmoderado y excesivo amor a sí mismo, como anota el Diccionario de la Lengua Española, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin pensar en los demás. Así era el “Gigante egoísta”, quien cultivó un jardín sólo para su deleite, cercándolo incluso con un gran muro, sin pensar que eran los niños, con su feliz inocencia, quienes daban sentido a su paraíso.

Vivimos tiempos de egoísmo. Basta mirar el mundo para confirmarlo. Todo lo que nos rodea parece estar impregnado de esa sombra de la que nadie se escapa. ¿Quién puede declararse libre de egoísmo? ¿Cuántas personas han vivido contando, acumulando, atesorando sus frutos, sus bienes, (pocos o muchos) sin compartirlos con los demás? ¿Cuántos pequeños y gigantes egoístas habitan nuestro mundo? ¿Cuánta de la pobreza, la violencia y el dolor humano están directamente relacionados con el egoísmo?

Y aun cuando el egoísmo no es nuevo, los especialistas señalan que nuestro tiempo se caracteriza por gente con ese excesivo amor a sí mismo reflejado en su incapacidad para construir relaciones sólidas, preocupación por su cuerpo e imagen, dependencia de lo exterior, superficialidad en su forma de actuar y de consumir, que a final de cuentas reflejan un profundo vacío existencial. Y no sólo eso, el individuo moderno le teme a la reflexión, no sabe estar consigo mismo, por eso busca siempre ruido, fiesta, compañías que acompañen su incapacidad.

Tiempo de egoísmo y de egoístas. De personas incapaces para dar y darse. Engañándose siempre a sí mismos, la gente de nuestros tiempos pretende vender una imagen exitosa a través de la simulación y la acumulación, exhibiendo además una pérdida de los valores fundamentales. Y cómo puede ser de otra manera si la insensibilidad germina cada día, en cada persona a través de formas de vivir, tan alejadas de las conexiones profundas entre humanos.

Al respecto Jorge Volpi escribió hace unos días que nuestra “civilización” se define por el uso del automóvil, del shopping (centros comerciales) y de los aparatos  llamados teléfonos inteligentes. En eso pasamos gran parte de nuestro tiempo, creyendo que eso es la vida. Y así, creo yo, se profundiza el egoísmo. Porque alguien que pasa cuatro, cinco y hasta seis horas mirando a una pantalla, no le queda mucho tiempo para ver a los demás, para darles, para compartir.

Con todo, sabemos que también hay gente que busca vencer al egoísmo viviendo lo opuesto a través de la convivencia, la solidaridad, la empatía, el amor al prójimo, reconociendo en ello el fundamento de la paz. No podemos quejarnos de la violencia, si seguimos en nuestros pequeños mundos, como el Gigante egoísta, cerrados a los valores cohesionadores.

Esta semana, cuando conmemoramos la muerte de Jesucristo, quien se caracterizó por su premisa de amor al prójimo, sería bueno detenernos y pensar cuál es el sentido de nuestra vida y cómo queremos vivirla. Ahora que las iglesias se llenan de buenas intenciones y la memoria del hombre que venció la muerte sigue recordándonos la esencia de la vida; bueno sería que honráramos el mensaje de Jesús, dejando nuestra apatía y nuestro individualismo emprendiendo acciones en beneficio de nuestra sociedad, de nuestro entorno, de nuestra gente. No hay que olvidar que también la indiferencia mata. El dejar pasar esta, la única vida que tenemos, sin hacer nada, sin sembrar, sin construir para el bienestar común.

Vivimos tiempos de egoísmo. No dejemos que se siga multiplicando. Si no queremos el frío del alma como el gigante egoísta, busquemos hacer florecer el amor que no muere.

¡Felices pascuas!

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