Sueños en el aire

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Alicia Caballero Galindo.-

Me despierta el viento que como niño travieso, se cuela por las rendijas de las ventanas y golpetea los postigos de las puertas que quedaron sin aldaba por la noche, abro los ojos y recuerdo que es sábado; atraviesa mi ventana un rayo mañanero de luz dorada; el sol de marzo, es brillante y esperanzador. Bostezo y me estiro en mi cama mientras mis sentidos se llenan de aromas y sonidos que me alegran. Desde la cocina, el café recién hecho y la voz de mi madre cantando “Solamente una vez”, de Agustín Lara, desde el patio, el delicado olor de los naranjos en flor y las “primaveras” aves que haciendo honor a su nombre, entonan bellos cantos de amor mientras se cortejan y anidan. Pero lo que más me alegra, es ese viento juguetón que sacude todo a su paso, pregonando el buen tiempo, el monótono cucú de las palomas y el viento, me recuerda que llegó el momento de iniciar uno de mis juegos favoritos; construir cometas que  llamamos “huilas”. Un sábado ventoso, es el día ideal; me levanto de prisa me arreglo y pido a mi padre, que nada me niega, llevarme a la casa de mi “Tía Nonita” que vivía a unas cuadras de mi casa; había un espacio frente al estadio, donde era posible elevar las huilas.

Ahí tengo amigos y amigas que disfrutan conmigo de este pasatiempo, es muy popular. Al fondo del patio de la casa de mi tía, buscamos en un carrizal, las piezas correctas para construir la huilas, el carrizo debe ser macizo pero con la flexibilidad necesaria para poder cortarlo y hacer el arco a que sostienen al frágil periódico con que la construimos.

¡Ahh! Una de las ceremonias primeras, después de tener los carrizos cortados, es preparar en la cocina de mi tía, la mejor pegadura del mundo: el engrudo que uso para pegar a la armazón de carrizo cortado y fresco para que se pueda doblar, el periódico cortado en forma de rombo. La cola de tiras de periódico es fundamental para que vuele. Cuando termine de hacerlo lo voy a poner a secar mientras como, por la tarde, saldremos a volarlos.

El sol está decayendo y el viento es perfecto. Salgo con mi huila y me encuentro con la “palomilla” todos llevan la suya, algunos la hacen de papel de china pero las mejores y que vuelan más alto, son las de periódico. Indispensable un buen carrete de hilo de algodón fuerte, que no se rompa ni tenga nudos, amarrado con destreza a la cometa, esto es un verdadero arte  y…comienza la odisea; empezar a correr contra el viento, dejando que el carrete corra libremente mientras se eleva la huila, a algunos niños que no tienen experiencia para este asunto, su huila  se eleva un poco y se cae al suelo de picada y casi siempre se destruía, pareciera que se echara un clavado en la tierra. Una vez lograda la odisea de verla flotando en el cielo, a lado de las urracas que planean junto a ella, la emoción es infinita. Poder controlarla desde abajo con el hilo, me hace sentir poderosa, mientras juguetea con las corrientes de aire cambiantes. A veces pensábamos que con ella en el lugar correcto, podríamos tapar el sol, uno de los chicos de la palomilla dice que debemos tener cuidado, porque tan alto como vuelan está cerca del sol y se puede quemar. Soñar, imaginar historias, sentir que vuelo con mis sueños… Qué emoción poderla bajar sin lastimarla para volverla a volar. Recuerdo un día que Samuel nos presumía que su huila era la que volaba más alto y en un momento inesperado, su hilo se reventó y perdió su huila; nos quedamos en silencio viéndola partir al infinito, Martín decía que llegaría a la sierra y aterrizaría, ya sin control, en algún árbol lejano… Cuando caen cerca y las vemos en el árbol de alguna casa, las rescatamos porque son como un trofeo.

Un día me dijeron que ya no usara la palabra huila porque era incorrecto, tenía un significado malo, así les llamaban a las mujeres de la noche…

Hoy, han pasado ya muchos años desde entonces, el baldío está lleno de cables y postes, hay construcciones y muchos automóviles, aquella palomilla ya no existe, y los niños de hoy, vuelan drones con cámaras o pasan las horas en una Tablet o una consola de juegos electrónicos, si se va la luz o suspenden Internet, se “trauman”.

Es primavera pero los niños, no escuchan el canto de las aves porque sus audífonos los aíslan del mundo, ahora las huilas se llaman cometas o papalotes; las fabrican en serie, las venden en las tiendas y algunas son importadas, sólo se vuelan en la playa porque en las ciudades es imposible, están llenas de cables de todas clases. Se perdió el placer de tomar papel, hacer engrudo, cortar carrizo y hacer una huila… su imaginación ha cambiado, tampoco se suben a los árboles a rescatar sus papalotes, simplemente compran otra o se olvidan del juego.

¿En qué rincón del tiempo se perdió la ilusión de construir tan hermosos juguetes? cuando hacíamos las huilas, soñábamos, imaginábamos, competíamos sanamente… ¿Qué soñarán los niños de hoy?

 

 

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