Niños, campañas y mañanas

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Libertad García Cabriales.-

Para los niños de mi vida y para todos los demás…

“La única receta para poder soportar lo duro que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres”, dice Héctor Abad Faciolince en su maravilloso libro “El Olvido que seremos”. Coincido y repito constantemente esa premisa porque lo creo y lo viví. La infancia feliz es el mejor baluarte contra la adversidad. Pero no sólo el luminoso escritor colombiano lo afirma, también los psicólogos enfatizan la importancia del amor en la infancia: “los niños amados se convierten en adultos que saben amar”.

Así lo creo porque además me ha tocado saber de adultos a quienes los traumas de su niñez, les hicieron incapaces de reconocer el amor. No sé usted que piense lector(a) queridos. Pero numerosos estudios han demostrado que si alimentamos a los niños con amor; los miedos, los traumas, las heridas de la vida, morirán de hambre. Y eso no quiere decir que los niños amados no sufran, pero el aura que da el amor les permite asimilar las experiencias dolorosas, incluso aprender de ellas: “la idea es que a través del amor y la educación emocional se fomenten conexiones neuronales saludables para los niños, incluso mejorando su autoestima”.

Los especialistas también afirman que las claves de una educación emocional saludable están en las palabras, pero también en los hechos, en los gestos, las caricias, la compañía. Comunicación emocional desarrollada en el lenguaje verbal y corporal. Lenguaje que no debe ser sólo de elogios para los niños, pues esto lejos de afirmarles la autoestima, les aleja de lo humano: “No podemos criar a nuestros niños en un mundo Disney de pura belleza e ingenuidad”. El estrés es por desgracia parte de nuestra vida, y la mejor manera de ayudarles a vivir en un mundo hostil es a través del amor, pero nunca de darles todo lo que pidan.

Criar a los hijos es sin duda la tarea más importante de la vida, pero también la más difícil porque nadie nos enseña cómo. Y a veces se cree que dar amor es dar cosas y eso es una gran equivocación. Las cosas no proporcionan a nadie la felicidad, ni tampoco querer ser los mejores. Y esa es otra cosa que ahora se ve mucho. En el afán de tener los mejores hijos, les quitamos lo mejor de la infancia: la alegría, el juego, el tiempo del gozo, la inocencia. Con el afán de tener hijos exitosos, los empujamos a ser infelices: “Los niños no necesitan ser los mejores, sólo necesitan ser felices. Sentirse seguros y amados de forma incondicional, aun cuando se equivoquen y saber que cuentan siempre con sus padres”.

Infancia es destino. La infancia nos determina, define nuestra personalidad adulta. Somos el niño que fuimos. Nuestra actitud es en gran parte producto de nuestros logros, deseos y frustraciones infantiles. En ese sentido, pienso en las campañas y sus candidatos y me da por imaginar a los muy nombrados aspirantes cuando eran niños y con este ejercicio trato de recuperar su lado inocente, puro, transparente.

¿Cómo serían de niños las mujeres y los hombres que aspiran a legislar para nosotros? ¿Serían amados por sus padres? ¿Tuvieron infancia feliz? ¿Sufrirían algún tipo de carencias? ¿Recibirían caricias? ¿Alguno de ellos sufriría como tantos niños, maltratos físicos o emocionales? ¿Serían peleoneros, amigables o solidarios? ¿Habrán soñado en servir a su patria?

No lo sé, pero ojalá no hayan perdido el niño que llevan dentro para hablar siempre con la verdad, para sentir empatía con los muchos niños que necesitan de políticas públicas que los rescaten de la violencia y el abandono. Ojalá entiendan que nuestros niños requieren algo más que discursos y fotos conmovedoras y asuman el compromiso de contribuir para acabar con el cáncer de la inseguridad que vulnera la población infantil y le cancela su futuro al hacerla víctima de abusos y vicios.

Este día de celebración, bueno sería reflexionar en la patria que les dejaremos, en el México que muy pronto nuestros niños y niñas dirigirán. Y también pensar qué niños le estamos dejando a la patria del mañana. Un tema fundamental que compete a los gobiernos pero también a las familias, un asunto de educación pero también de valores universales enseñados y trasmitidos en casa: amor, respeto, honestidad, solidaridad, entre tantas cosas. No podemos hablar de paz si en casa no enseñamos la importancia de la no violencia. No podemos criticar la corrupción si en casa no enseñamos desde pequeños el valor de la honestidad.

Ahora más que nunca, cuando la tecnología parece arrebatarles lo mejor de la vida, es necesario voltear la mirada hacia nuestros niños. Todos tenemos un niño cerca, todos llevamos un niño dentro. Por ellos, por el mañana que nos piden, no podemos vencernos.

¡Felicidades a todos los niños!

 

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