Cuestión de enfoque

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Alicia Caballero Galindo.-

Guillermo era un hombre que había heredado de su padre una fortuna considerable; poseía una fábrica de artículos deportivos. Tenía más de 60 años; era viudo; su único hijo, estaba casado y vivía en la zona suburbana de la gran ciudad, enclavada cerca de las montañas en un estado norteño de EU. El vivía solo con sus sirvientes, pues su único hijo se había casado y tenía una hermosa familia que cada fin de semana lo visitaba. Ese día en especial, se sentía agobiado por la excesiva carga de trabajo; cuando eso ocurría, empacaba una o dos mudas de ropa y se iba a su cabaña enclavada en plena montaña que era su refugio ¡estaba llena de recuerdos! ahí pasó días felices con su esposa y cada rincón parecía recordarle su presencia. La extrañaba mucho; eran grandes compañeros y los días con ella, transcurrían con rapidez. Desde que murió, cinco años atrás, cada vez que se sentía agobiado por la carga de trabajo, se escapaba hacia la soledad de las montañas; sentía que Elisa, su esposa estaba junto a él. El viento de la montaña, el paisaje abierto y majestuoso y los agradables sonidos típicos del lugar lo hacía recuperar la calma. Desde que enviudó, se había vuelto un tanto solitario.

Sin pensarlo mucho, en un santiamén le prepararon su maleta, se subió a su auto y se fue solo a la cabaña; ahí vivía un trabajador con su familia que resguardaban la propiedad; se comunicó por radio con ellos para que le prepararan su habitación, estaba a media hora de las orillas de la ciudad. Al empezar a subir por la carretera que bordeaba la montaña, bajó los cristales del auto para aspirar el fresco aroma a pinos y empezó a calmarse. El primero en recibirlo fue Lark un perro labrador que era su compañero de aventuras cuando salía a caminar entre los pinares que rodeaban su casa. De la chimenea salía una blanca columna de humo, lo que indicaba que todo estaba listo. De inmediato, saludó entró a su habitación, se cambió de ropa y bajó enfundado en un pantalón grueso y una chamarra a cuadros haciendo juego con una gorra que protegía su cabeza del frío. Tomó una copa de coñac frente a la chimenea y salió a caminar. El perro daba saltos de gozo a su alrededor, esperando salir de paseo también; el sol colándose entre los altos y esbeltos pinos en diagonal, daba un aspecto mágico al paisaje. Caminó hasta una gran roca de donde se apreciaba el barranco hasta sus oídos llegaba el rumor de una cascada que, al caer, formaba un serpenteante caudal de plata, abriéndose paso entre los pinos que se aferraban a la ladera con sus poderosas raíces. En el cielo, parecían flotar, empujadas por el viento las águilas que anidaban en las desnudas salientes de las laderas desde donde vigilan a sus presas. Suspirando con satisfacción, Guillermo, se acomodó en la roca y sacó de la bolsa del pantalón una vieja navaja y un trozo de madera que empezó a tallar; era uno de sus pasatiempos, la talla de figuras en madera. Después de unos minutos, Lark empezó a gruñir y se enderezó olfateando el aire y a los pocos minutos apareció un hombre cargado de utensilios y un rollo que parecía ser una tienda de campaña. Con toda calma, alzó la mano en señal de saludo, y empezó a desempacar sus cosas; al poco tiempo, estaba instalado y se disponía a encender una fogata. De pronto, el cielo se oscureció y empezó a soplar un viento húmedo que anunciaba lluvia; en unos minutos empezaron a caer grandes gotas de agua fría. Guillermo se encaminó a su cabaña; al pasar frente al hombre de la tienda de campaña, éste le dijo que no alcanzaría a llegar, la lluvia estaba encima de ellos, y lo invitó a refugiarse bajo su carpa.

-Estas aguas son pasajeras; así como llega pronto se irá. En unos minutos veremos de nuevo al sol mientras se oculta.

Era un hombre al parecer de edad madura y piel curtida por el viento y el sol; era fuerte, de mirada inteligente y endurecido por una vida de trabajo, pero se veía sereno y seguro de sí mismo. Los dos hombres empezaron a conversar animadamente mientras pasaba la lluvia; Guillermo, supo que Antero, era cazador y no tenía familia; durante el verano ponía trampas y se abastecía de carne para comer en invierno, y pieles para vender en un pueblo del otro lado de la montaña; ¡no necesitaba más! Hacía lo que quería, comía y vivía como le gustaba y era libre. Después de unos quince minutos, el agua cesó y de nuevo los mortecinos rayos de sol, asomaron unos momentos, antes de perderse entre las crestas de la montaña. Guillermo agradeció la hospitalidad de aquel extraño hombre, y regresó a su cabaña, no sin antes invitarlo a cenar el siguiente día. Antero aceptó gustoso la invitación y se presentó en la cabaña, al otro día al atardecer, con una liebre que había cazado, lista para el asador. Los hombres comieron y bebieron con placer como si se conocieran de siempre; Guillermo invitó al cazador a la ciudad y éste con una sonrisa, declinó la invitación diciéndole que él no necesitaba más de lo que tenía para ser feliz; era libre, no tenía más compromisos que comer, dormir y vivir, su música era la sinfonía eterna del bosque, la vida silvestre presenta más aventuras que las presentadas en los espectáculos citadinos, y el sol al atardecer y al amanecer, ofrecía las obra de arte más maravillosas que ningún pintor era capaz de plasmar. Su único compromiso era consigo mismo y con Dios; la libertad de hacer lo que le quisiera sin depender del dinero ni de nadie más lo hacía inmensamente feliz y su espíritu estaba en paz consigo mismo, ¿qué más podía pedir?, en ese momento, el empresario, recordó la cantidad de compromisos que lo esperaban en la ciudad; su hijo, sus negocios, el poder de decidir, de manejar dinero, y eso, también a él lo hacía feliz, aunque a veces los compromisos lo agobiaban; entendió que la  idea de invitar a su solitario y reciente amigo a pasar una temporada en su casa, era descabellada porque no encajaba en su mundo; que eso sería como enjaular a un pájaro silvestre que siempre ha volado libre por los cielos. Por unos momentos guardó silencio mientras paladeaba el último sorbo de su copa de vino escuchando el crepitar del fuego que danzaba vacilante sobre los leños a punto de consumirse.

El cazador se levantó de su asiento estirándose con placer y después de agradecer la invitación se despidió de Guillermo. Tomando su rifle se encaminó a la puerta para perderse en la noche. Lark, salió de algún rincón para acompañar al cazador hasta las orillas de la propiedad. Guillermo se sentó por unos momentos en la terraza de su cabaña y respiró el viento frío de la noche y llenando de oxígeno sus pulmones y entró a la cabaña para disponerse a dormir. Al día siguiente regresaría a su diario quehacer con nuevos bríos y fortalecido por su experiencia, aprendió…

¿Cuántas personas entenderán que la felicidad es la suma de esos pequeños milagros que diariamente ocurren en la vida de cada quien?  Cada individuo encuentra su felicidad en horizontes distintos; el secreto consiste en saber claramente lo que se desea, apreciar los pequeños milagros cotidianos y paladear cada instante de esta maravillosa aventura irrepetible que es la vida.

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