La mujer sin brazos en Victoria

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

En marzo de 1889 ante un clima de enorme expectación, se presentó en el Teatro de la Reforma en Matamoros la señorita Margarita Olmos, mejor conocida en el argot cirquero como La Mujer Sin Brazos. En aquella época, eran frecuentes este género de espectáculos morbosos que atraían la asistencia de espectadores a circos, museos, plazas y teatros. Por ello, los propietarios de ciertas compañías de entretenimiento, sobre todo europeas y norteamericanas, contrataban para los números estelares a individuos con malformaciones genéticas o defectos físicos. Por su inverosímil y fascinante naturaleza, estos actos generaban  jugosas ganancias económicas.

Más todavía, ante la ausencia de normas o leyes reguladoras sobre la explotación de seres humanos, durante muchos años sin ningún problema legal, intervinieron en los escenarios circenses algunas figuras que parecían extraídas de la literatura fantástica, por ejemplo: gigantes, enanos, mujeres barbadas, hombres elefantes, mujeres langosta, cíclopes, hombres lobo, siameses, bicéfalos y mujeres camello. Al paso del tiempo, el cine abordó exitosamente la vida y trayectoria artística de algunos de ellos.

Respecto a la mujer sin brazos, el Diario del Hogar del 24 de marzo de 1889 consigna una pequeña crónica sobre las actuaciones de aquella “rara artista” ante el público victorense: “La joven Margarita Olmos se presentó en la Arena del Circo a lucir sus habilidades. Careciendo completamente de brazos por un vicio de conformación osteológica que tal parece le fundió entre las piernas desde la vida intra-uterina, adaptándose los tejidos, músculos y ligamentos a ese vicio de organización, ejecuta con los pies, que los tiene formados de rara manera y les sirven de órganos prehensiles perfectos, todo cuanto puede ejecutarse con las manos, dejando sorprendidos a los espectadores pues no sólo se peina, tuerce un cigarro, sino que también escribe con facilidad un elegante tipo de letra que no pintan con las manos más de cuatro lindas jóvenes”.

Es justo señalar que las primeras funciones profesionales de Margarita, -originaria de Teocaltiche, Jalisco- se remontan hacia 1877 en la Ciudad de México, cuando Porfirio Díaz acabada de asumir la presidencia. En aquella época tenía dieciséis años de edad y causó gran expectación durante su debut en el Teatro Olimpia: “…en cada uno de los pies tiene seis dedos y llama verdaderamente la atención como se sirve de ellos ejecutando todos los trabajos con la mayor destreza.”

Para 1888 la muchacha realizó actos de exhibicionismo en Mérida, Yucatán y otros poblados de la península, donde mostró grandes habilidades con sus pies: tejía, bordaba a dos ganchos, disparaba armas de fuego, jugaba baraja, bailaba trompos y batía chocolate con un molinillo de madera. Gracias a las alucinantes cualidades, sus padres aceptaron que una prestigiosa empresa circense la llevara a Estados Unidos para exhibir sus extraordinarias destrezas. En 1904 de vuelta a la capital del país, la encontramos en el Circo Metropolitano, ubicado en la Plaza de las Vizcaínas.

En aquella época, las compañías cirqueras estaban expuestas a cualquier tipo de peligro. Mientras andaban de pueblo en pueblo, lo mismo podían ser asaltados por bandoleros que sufrir accidentes en el camino. Otras ocasiones sufrían incendios o sus carpas eran derribadas por fuertes lluvias y vientos huracanados. Al respecto, varios periódicos relatan el percance de un circo en Ciudad Victoria mientras trabajaba en condiciones climáticas adversas.

Aquella noche de ventarrones y lluvia copiosa, nadie imaginó que casi medio millar de personas estarían en riesgo de perder la vida. La noticia se publicó en la primera plana de El Chisme/mayo 4 de 1889: “Quinientos Muertos Resucitaron: Horrible catástrofe se acaba de registrar en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Un huracán derribó un circo en donde había quinientas personas. Ninguna pudo escapar. Unos momentos después fueron asomando las cabezas, piernas y brazos entre los escombros del edificio que era de manta. Se perdieron nueve zapatos y un sombrero. Los difuntos envueltos en aquel inmenso sudario representaron al vivo la resurrección de Lázaro sin música de Perosi, exclamando en coro: nada se me rompió ni me he muerto tampoco.”

 

 

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