Ser madre en tiempos de cambios

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Libertad García Cabriales.-

Para mi madre, de la que nunca termino de aprender…

Tal vez no sea el amor más sonado, pero es sin duda el más poderoso, el más grande, el más fuerte. Un amor cuyo origen está en la entraña, pero no se explica sin la crianza cuidadosa, sin la atención cotidiana, sin la entrega infinita. Y aunque no todas son madres, todos nacimos de madre y saben de qué hablo cuando hablo de ese amor. Un sentimiento que pese al paso de los siglos y los constantes cambios tecnológicos sigue siendo factor de sobrevivencia para la humanidad.

Pero la historia de la mujer-madre no ha sido fácil. Reconocida desde tiempos inmemoriales como la garante del cuidado de la tribu; el rol de la madre, a pesar de su importancia, fue relegado y menospreciado en la sociedad patriarcal. Y así transcurrieron siglos, donde la mayoría de las mujeres-madres eran ubicadas en la cocina, sólo en lo doméstico y rara vez eran tomadas en cuenta en las decisiones fundamentales de la familia. Además la maternidad no era vista como opción, sino como obligación, más allá si fuera deseada o no.

En ese contexto, se dice que fue apenas en el siglo XVIII en Europa y a causa de la creciente despoblación por la recurrente muerte de los recién nacidos, que la función de la maternidad fue glorificada y vista de otra manera desde el patriarcado. Así se empezó a celebrar el quehacer de las madres y se les otorgaron beneficios para incentivar la maternidad. La mujer-madre entonces empezó a ser reconocida, pero siguió identificada en su rol de abnegación tradicional, vinculando incluso el hecho de ser madre a la realización plena como mujer.

Mucho tiempo ha tenido que pasar para que la maternidad empiece a considerarse una decisión responsable y pensada por la mujer, no sólo por el deseo del hombre. Ahora incluso, hay mujeres que deciden no tener hijos y no por eso dejan de ser mujeres y realizarse como personas. Zygmunt Bauman en su libro acerca del “Amor líquido”, señala que tener o no tener hijos es la decisión con más consecuencias y de mayor alcance que pueda existir. Tiene razón. Tal vez por eso muchas parejas de la actualidad, acostumbrados a la comodidad y renuentes al compromiso, se lo piensan tanto y si llegan a ser padres, no dedican tiempo a la crianza.

Así de complejo es el tema. Más en este tiempo de mayoría de mujeres trabajando fuera de casa, además por supuesto, de seguir cumpliendo con los roles domésticos tradicionales. Mujeres casi todas debatiéndose entre su anhelo de estar con los hijos, pero también crecer profesionalmente. Y eso no es nada fácil, menos en nuestro país donde la mayoría de los señores no apoyan en la crianza ni en las labores domésticas. Ser madre trabajadora en estos tiempos de cambios vertiginosos conlleva una carga de estrés enorme por la exigencia de cumplir en casa, en el trabajo y frente a las demandas de una sociedad consumista.

Y no podemos olvidar que mientras hay madres trabajando en la búsqueda de realización profesional, hay muchas otras laborando por pura necesidad económica. Y otras tantas sin pareja, en trabajos mal remunerados o con jefes acosadores, violentos y discriminadores, quienes todavía abundan por desgracia. Y luego están las llamadas “súper womans”,  pretendiendo ser perfectas, poder todo y hacer todo bien, hasta que la vida les da un revés. Porque tarde o temprano nos damos cuenta que ser madre también es dolor, angustia, dificultades, incluso incomprensión. Y enfrentar las espinas es también aprendizaje necesario para el crecimiento de madres e hijos.

Con todo y lo complicado que resulte la maternidad, nada se puede sin amor, porque en la gran mayoría de los casos, es el incondicional amor lo que sustenta el vínculo entre madres e hijos. Y siempre recordar que de la madre depende la fundamental formación de seres humanos, un quehacer definitivo en lo individual y lo social. El juego, las caricias, la conversación, el cuento por la noche, el ejemplo, la demostración del amor, pueden hacer la diferencia y fortalecer el indisoluble lazo. Y tomar conciencia que la madre otorga el principal capital emocional del futuro de un ser humano.

En suma, la tarea nunca ha sido fácil y nadie nace enseñada diría mi abuela, pero es necesario reflexionar acerca del enorme desafío y lo que representa el amor en la práctica cotidiana. Un amor que no cambia y como decía Erich Fromm, no necesita ser merecido. Mientras escribo, pienso en mis abuelas, mi madre y mis hijas como parte de esta gran cadena del amor de la que todas las madres formamos parte. Un amor que ha sostenido a la humanidad.

¡Feliz día a todas las madres!

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