Rompiendo sueños

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Alicia Caballero Galindo.-

El viento de la montaña corre sobre mi piel con la suavidad de una sutil pluma que flota, mientras el aroma a humedad, a hierba fresca y a soledad me envuelve. A escasos kilómetros de donde estoy, la vida y mi cotidianidad, hierven como siempre en la ciudad; yo sentía que me ahogaba, y una apremiante necesidad de escaparme aunque fuera un rato, me hizo subir a mi automóvil y llegar hasta aquí, sin importar nada más. A la distancia puedo ver entre la bruma, al pie de la sierra el conglomerado de casas, calles, edificios, gente que adivino yendo y viniendo sin ver lo que los rodea, como autómatas; embebidos en sus propios mundos pequeños y materiales. A veces es necesario huir de ese ir y venir castrante que ahoga; quiero despejar la mente y dejar volar el espíritu unos momentos al menos, para continuar mi rutina. Si no fuera por nuestros sueños…

Veo una aguililla posada en la punta de un encino, desafiando la gravedad consciente del poder de su vuelo; tal vez busca una presa para alimentarse, de pronto, abre sus alas y se lanza a las alturas jugando con el viento y dejándose llevar… “¡quién tuviera alas!” es una fantasía que todos experimentamos; en algún momento, hemos soñado que podemos volar y simbólicamente, elevarnos a un plano superior donde podemos hacer lo que deseamos. Este sueño reiterativo es la expresión inequívoca de los secretos deseos que no alcanzamos a realizar, no se reconocen conscientemente y afloran de alguna manera.

A pesar de encontrarnos como especie en la cúspide intelectual de la escala zoológica, estamos, paradójicamente, atrapados en esa compleja maraña formada por las reglas de todo tipo, moral, religioso, familiar, tradicional laboral… que se encuentran potencializadas por nuestros propios miedos y limitantes. Nuestro mayor enemigo, es el materialismo y la ambición que nos ha hecho depender de esas necesidades creadas por el dinero y el progreso.

Si bien, la tecnología y los avances científicos son consecuencia de la evolución de la humanidad, su uso y abuso nos ha vuelto dependientes. Si prescindimos por unas horas de celulares, tabletas, computadoras… pareciera que el mundo se paraliza.

En este paraje no hay señal de telefonía y siento que, aunque sea por unos momentos, me libero de ese mundo de ataduras y puedo volar en las alas de la aguililla que planea en círculos y se deja llevar por el viento. Hoy, decidí, rompiendo todas las reglas, llegar hasta este punto de la sierra y sentarme ante la grandeza del paisaje a tratar de encontrarme a mí misma. Mientras observo la maravilla del paisaje y me extasío con mis pensamientos puedo desdoblarme e integrarme al entorno; el celular no timbrará, la música de la montaña me arrulla y no necesito más.

De pronto, escucho un sonido familiar y molesto que me recuerda la vida diaria en la ciudad; el motor de un helicóptero, que de la nada aparece surgiendo detrás de una cumbre cercana enturbiando toda la belleza, la magia y la paz reinante, lo más triste fue ver que aquella aguililla que volaba con gracia sobre las montañas, inexplicablemente fue atraída por una corriente de viento a las hélices del artefacto volador; luchó para no chocar con él pero fue inevitable que golpeara   su ala derecha, con la punta de una aspa de la hélice…después del impacto, la vi caer lentamente en un lugar inaccesible, mientras luchaba por sostenerse en el aire. Con angustia seguí su caída hasta verla perderse en una arboleda, unas cuantas suaves plumas arrastradas por el viento, cayeron cerca de mí… Al parecer sobrevivió al golpe pero tal vez, no podrá volver a volar como antes. Sentí cierto cargo de conciencia por la envidia que me inspiró unos momentos antes su vuelo y reflexioné sobre la fugacidad de algunos sueños. Los tripulantes de la nave, tal vez ni siquiera se percataron de la situación, y si lo notaron, pareció no importarles porque siguieron su camino sin desviarse a ver la suerte que corrió tan bella ave que volaba en su espacio. Reflexioné: ¡Cuántos sueños truncos se quedan en el silencio y en el olvido, cercenados por la inconciencia o la maldad de nuestros semejantes! Algunos con una clara intención y otros… ni se enteran del daño proferido. Así es la vida. La experiencia me dejó una enseñanza; hay qué ser como el aguililla; que nada detenga los sueños, desde el suelo, sólo queda levantarse y seguir, seguir luchando por alcanzarlos.

Suspiré con cierto desencanto; se rompió el momento de magia y recordé que era peligroso estar sola en ese lugar.  Subí a mi automóvil y bajé lentamente la sierra bebiéndome cada soplo de viento perfumado de paz, humedad y trinos de aves. Antes de salir de aquel bello paraíso, pude ver a la aguililla en la cumbre de un desnudo risco, acicalando sus plumas, el ala derecha se veía un poco caída pero alcancé a verla emprender el vuelo con cierta dificultad pero con fortaleza y energía. Mi corazón se alegró y se llenó de esperanza, fue una experiencia enriquecedora, aprendí que en el camino hacia los sueños siempre es solitario. El ser humano ante sus propios retos habrá de vencerse primeramente a sí mismo para crecer.

Al entrar a la ciudad escuché de nuevo el sonido lacerante del helicóptero que volaba muy abajo, pareciera rasurar las copas de los árboles más altos. Cayó de nuevo sobre mis hombros la losa pesada de la cotidianidad.

¡Cuántas alas rotas!  ¡Cuántos sueños truncos! Y a veces los verdugos, no se enteran que victimizan a alguien.

Me vi obligada a subir los cristales de mi automóvil por seguridad; la música de las aves fue sustituida por el ulular de sirenas y el claxon de los vehículos que transitaban…el viento perfumado y musical, se tornó denso y cargado de smog. De nuevo entré a mi realidad citadina…

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