La hora de la verdad

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Libertad García Cabriales.-

Lo que gobierna a los hombres es el miedo a la verdad

                                                  Henri Amiel

 

Lo dijo Octavio Paz: los pecados más grandes, los imperdonables, son los que se hacen en agravio de muchos. Y cuando lo decía señalaba la corrupción, las guerras, las grandes omisiones. De eso, todos terminan pagando. Quien ha cometido un mal contra la gente, será perseguido por ese mal como un karma para siempre. Póngale usted nombre al pecador. Calígula, Nerón, Hitler entre los mayores, pero también bastantes más pequeños pero no menos dañinos, dictadores, políticos, gobernantes, caciques, patrones, burócratas y hasta líderes religiosos y sindicales que aquí y en China han lucrado  con el hambre y la necesidad de la gente.

Así es y sigue siendo por más que los discursos se empeñen en revertirlo. Basta ver las noticias para confirmarlo. Hace unas semanas, nos sorprendió por ejemplo el suicidio de Alan García, ex presidente en dos ocasiones de Perú, quien según lo dicho, agobiado por la culpa o por el miedo al desprestigio, decidió darse un tiro en la cabeza antes de ir a la cárcel. “Era más inteligente que el promedio de quienes en mi país se dedican a hacer política, bastante buen lector y un orador fuera de lo común”, escribió el Nobel peruano Mario Vargas Llosa, después de su muerte.

Pero pese a su inteligencia, su carisma y su energía a prueba de fuego, no pudo mantenerse honesto en el poder, señala Vargas Llosa, quien además enfatiza lo escandaloso que los últimos cinco presidentes del Perú estén investigados por supuestos robos y negocios asociados a su mandato. El caso es que Alan García, amado y odiado por igual, quien había jurado su primera presidencia declarando su patrimonio con un solo  reloj, terminó fulminado por miedo a la verdad, frente a un sonado escándalo de corrupción, aunque algunos también hablen de un acto de contundente soberbia.

A la tumba se lleva su verdad. La culpa domina al mundo, solía decir nuestro querido maestro Medellín. Y no es nada disparatado su dicho. Desde la expulsión del paraíso hasta la fecha, la culpa ha sido un motor en la historia de la humanidad. De una manera u otra se manifiesta con su enorme carga en todos los seres humanos, pero en la conciencia del poderoso suele ser devastadora. Y los casos de Perú no son únicos. En todo el mundo y especialmente en nuestra América Latina, muchos líderes y gobernantes han sido señalados por sus excesos en agravio de las mayorías.

Esta América nuestra, donde casi nunca hemos estado a salvo de la demencia del poder decía García Márquez. Incluso  habló de ello en su discurso de aceptación del premio Nobel en 1982: “El general Antonio de Santa Anna (a quien le apodaban el Quince uñas por su proclividad al robo) que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos su pierna derecha. El general Maximiliano Hernández del Salvador hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos”. Un territorio de constantes guerras y golpes de estado, donde muchos niños mueren de hambre, mientras tantos gobernantes gozan de placeres fabulosos encerrados en sus mansiones, lejos del clamor popular. Una realidad que ha sido sustento de literatura fascinante como la de García Márquez, incluso del mismo Vargas Llosa que en su novela La Fiesta del Chivo representa al “mesiánico salvador de la patria”, Leónidas Trujillo, cuya poderosa demencia se reflejaba en su asquerosa lujuria, en actos despiadados y corruptos en contra de un país entero junto a su “horda de parientes”.

Dementes o no, todos ellos sometidos en su momento a la hora de la verdad, de la que nadie se salva. O tal vez no sea demencia sino soberbia, ese “amor desordenado a sí mismo” lo que los pierde. El pecado político por excelencia, la debilidad en la que incurren casi todos quienes sintiéndose todopoderosos no escuchan la voz de la gente y se niegan a aceptar la crítica creyendo que sus obras son las mejores. Ya lo decía Weber: “la vanidad, la necesidad de aparecer siempre en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer los peores errores”. Soberbia que tarde o temprano se torna en derrota porque son precisamente los soberbios quienes más sufren el declive.

Fernando Savater en su libro, “Los siete pecados capitales” nos dice que un ejemplo histórico de la soberbia lo dio Napoleón Bonaparte cuando hizo que el mismísimo Papa Pío VII se trasladara a París para coronarlo en la catedral de Notre-Dame y al que después menospreció, coronándose a sí mismo, con lo cual quiso demostrar que era superior a todos los presentes, incluido el llamado representante de Dios en la tierra. Ufff. Pero también a Napoleón le llegó la hora de su Waterloo.

En fin, sean pecados o errores, demencia o soberbia; a los poderosos, como a todos los humanos, también les llega la hora de la verdad. No hay que olvidarlo.

 

 

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