Génesis del Hospital Civil de Victoria (I)

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

Resolver el problema de sanidad pública y carencia de hospitales durante el siglo XIX en Tamaulipas, no representó una tarea fácil. El aislamiento geográfico, pocos recursos económicos, constantes epidemias y escasa infraestructura para ejercer la medicina, fueron algunos obstáculos que enfrentaron los gobiernos de aquella época. Por tal motivo, a finales de esa centuria era necesaria la presencia de un político realista que asumiera los retos de una entidad en pleno desarrollo.

En este momento surgió la figura de Alejandro Prieto, quien dimensionó las estrategias que lo convertirían en benefactor de la salud de los pobladores. Respecto a Ciudad Victoria, desde 1887 algunos periódicos hablaban de la existencia de un hospital dirigido por Timoteo de la Garza. Sin embargo, existen pocas evidencias en relación a ese nosocomio. De acuerdo a los informes de comités y brigadas sanitarias sobre los estragos de la epidemia de viruela de ese año, es probable que los contagiados recibieran atención en una casa particular. Al respecto, el gobernador Rómulo Cuéllar, en un  «rasgo caritativo», dispuso que médicos y boticarios impartieran «…a los enfermos todos los auxilios necesarios, siendo por cuenta de él todos los gastos que se eroguen.»

Sobre el mismo asunto, el periódico La Federación afirma que el supuesto hospital, no trascendió más allá de un proyecto promovido por un grupo de notables victorenses, quienes aportaron generosos donativos monetarios. Finalmente, destaca que inexplicablemente, el obispo Eduardo Sánchez Camacho disolvió la sociedad filantrópica, motivo por el cual: «…varios donantes se han acercado a la redacción del periódico La Federación, a suplicarle pregunte que fue de la existencia que quedó en caja…»

De cualquier manera, una de las preocupaciones de las autoridades porfirianas, era frenar y prevenir la expansión de la viruela, «calenturas», sarampión, cólera, fiebre amarilla, influenza española y otros males invencibles de enorme mortandad durante el siglo XIX y principios del XX. Los médicos, en un afán de combatir esos flagelos ponían en riesgo su vida, como el doctor Salazar, un tampiqueño que falleció de fiebre amarilla en agosto de 1903.

Bajo este escenario, en 1892 el gobernador Prieto informó sobre el precario estado administrativo de los hospitales de Matamoros y Tampico, dirigidos por Antonio G. Padilla y Antonio Matienzo. Vale decir que gracias a su empeño, el doctor Matienzo se granjeó la estimación por sus aportaciones a la ciencia médica. Una de las investigaciones se titula: «Nota Para Servir al Estudio Bacteriológico de la Fiebre Amarilla» relacionado con Tampico, una de las ciudades más insalubres del país con difíciles condiciones para sobrevivir, porque abundaban la inmundicia, mosquitos y enfermedades en tiempos de lluvia y verano.

El ingeniero Prieto era un político culto, inteligente y talentoso que gobernó Tamaulipas entre 1888-1896. Impulsó la agricultura, ganadería, educación, salud y modificó el espacio urbano y estilo de vida para los habitantes de la Capital. Durante su gobierno se inauguró la línea del Ferrocarril Monterrey-Ciudad Victoria-Tampico y realizaron los primeros trabajos del Camino Real Victoria-Tula. El mismo diseñó el kiosco y la Plaza Hidalgo -estilo inglés-, creó el Instituto Científico Literario y la Escuela Normal de Profesores; apoyó la construcción de la Catedral de Nuestra Señora del Refugio, el Palacio de Gobierno y desde luego, el Hospital Civil.

Profesionista competente y de visión humanitaria, el cinco de mayo de 1889, rodeado de vecinos, colaboradores y hacendados, colocó la primera piedra del nuevo Hospital Civil para los desamparados, en un terreno enfrente de la Plaza del Genio, hoy Primero de Mayo. Se llamaba así porque desde 1854, operaba en una calle aledaña un periódico con ese nombre.

Aquel día pronunció un discurso patriótico y liberal al estilo juarista, justificando la importancia y necesidad de la obra: «Al congregarnos en este sitio para comenzar la construcción del edificio, que debe servir de asilo y amparo a la clase menesterosa y desvalida de esta Capital, correspondamos de un modo digno a los sacrificios de nuestros héroes, que en época de lucha y de prueba derramaron su sangre por la integridad y defensa de la patria…Ciudadanos, en nombre del progreso y la cultura de nuestro estado, causas sagradas a las que debemos siempre prestar todos nuestros afanes, coloco la primera piedra de este edificio que mañana servirá de asilo al desgraciado.»

A los pocos días surgió el primer conflicto, cuando un grupo de médicos y boticarios del Consejo de Sanidad gestionó la reubicación de la obra, argumentando que los vientos del norte propagarían las enfermedades. Para acelerar el inicio de la obra, el gobernador Prieto donó un enorme solar donde tenía una huerta y casa campestre que abarcaba la manzana del 21 y 22 Méndez y Doblado. Bajo estas circunstancias, aunque existían pocos albañiles en la ciudad, a finales de 1889 se procedió a colocar los cimientos del hospital. Vale mencionar que el gobernador participó en calidad de ingeniero topógrafo.

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