Elogio de dos ciudades que amo

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Libertad García Cabriales.-

La relación del alma con la ciudad es parecida al amor hacia otro ser humano

Javier Reverte.

 

De los años que me ha tocado vivir sobre la tierra, la mayoría los he pasado en dos ciudades; el resto en dos localidades más, a las que recuerdo con cariño, pero nunca con el entrañable amor de la ciudad donde nací y de esta, en la que he vivido durante el tiempo más largo. Dos ciudades que han sido mis casas grandes, sustento de mi memoria, albergue de mi familia, espacio para transitar una y mil emociones. Dos ciudades que considero mías, no solo por habitar en ellas sino por amarlas: Ciudad Mante y Ciudad Victoria.

A mi Mante natal, me sobran los motivos para amarla. Me basta cerrar los ojos para sentir otra vez la emoción infantil de caminar sus canales, cortando guamúchiles y recogiendo cañas de las “despeinadas”. Una ciudad amada por esencia y por herencia, porque de la mano de mis padres aprendí a quererla, a conocerla, a recorrerla. Amo la casa, la calle en que nací, los infinitos días cuando comer mangos verdes era nombrar la felicidad. En las memorias de mi corazón también el río, la plaza, la escuela  y siempre la fértil naturaleza reflejada en los numerosos árboles y plantas creciendo por todos lados, como en el Macondo de García Márquez.

Amo a esa cálida tierra porque ahí descansan mis muertos más amados, porque allí me eduqué, porque bajo su cielo conocí el amor, porque ahí nacieron mis hijas, porque allí sigue viviendo mi madre, mis hermanas, mis amigos. Amo mi Mante con sus claros y sus oscuros, con su historia de tierra prometida, de ciudad pujante en el siglo XX, pero también la amo en sus crisis, en las heridas y el deterioro. Porque todo amor que se respete debe serlo en lo próspero y en lo adverso, en las cumbres como en los declives.

Mi amor por Victoria va más allá de los muchos años habitados. De aquí soy ya también porque en esta ciudad está mi hogar, nació mi hijo menor, además crecieron, se educaron, se enamoraron y construyeron familia mis hijas mayores. Agradezco también haber encontrado aquí mis más grandes amistades, formarme en otra vocación y aprender a servir desde las instituciones. Victoria es una ciudad que conozco como ninguna: sus calles, avenidas, edificaciones, la madre sierra, el histórico río, el multicolor mercado, los parques, los pasillos de la burocracia, entre muchos espacios de vivencia y convivencia.

Amo igualmente a esta Capital por su historia viva, por la gente valerosa que con su esfuerzo construyó la comunidad que hoy tenemos. Ciudad asiento de poderes, pero también casa de ciudadanos, de personas que la gozan o padecen en sus querencias o carencias. Ciudad amada, a pesar de sus muchos problemas, que no solo son tema de alcaldes y gobiernos, sino de todos, porque los ciudadanos, como bien dice Antonio Gala, tienen que ser espejo de su ciudad y los amantes de ella.

Y amar a una ciudad no es solo habitarla; amar es conocer, cuidar, defender. Amarla, pese a defectos y desperfectos, como se ama a la familia, pero buscando siempre mejorarla. Por desgracia, a nuestras ciudades les sobran problemas y les falta amor. Siempre he pensado que la mejor campaña publicitaria sería la de provocar, reafirmar y consolidar el amor a las ciudades. Un amor más allá de las autoridades, que buenas o malas son pasajeras; más bien cimentado en la identidad, el orgullo, los lazos comunes, el trabajo de todos para solucionar los problemas.

Hace apenas unas semanas, y casi al mismo tiempo, los medios nacionales e internacionales señalaron a mis dos ciudades amadas con brutales calificativos que no quiero repetir. Apuntándolas con dardos flamígeros como los peores lugares para vivir, las notas parecían regodearse con nuestras heridas más profundas. No soy quién para tapar el sol con un dedo, ni para negar los males que nos agobian; pero hoy quiero hacer un elogio de dos ciudades que amo. Porque con todas nuestras heridas cotidianas, tenemos fortalezas que nos sostienen, nos inspiran y nos unen.

No podemos vencernos porque el mayor potencial está en nosotros, cientos de miles de personas en Mante y en Victoria, trabajando, viviendo, conviviendo, luchando por la vida en buena lid. Amar nuestras ciudades es el desafío, porque lo que se ama se conserva, se defiende, se beneficia. Todos tenemos motivos de sobra para amar nuestras ciudades, para regresarles algo de lo mucho dado. Ocupemos nuestras plazas con buenas acciones, seamos solidarios comprando a nuestros coterráneos, cuidando el entorno, reafirmando el orgullo, educando en el amor a nuestros niños, enlazándonos todos para hacer nuestras ciudades más productivas, pero sobre todo más sustentables, más humanas.

No sé usted, pero yo las veo bellas porque son mías, allí nací y he vivido y quiero estar hasta el último de mis días. Por nuestros padres y por nuestros niños, bien vale la pena seguir luchando.

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