De política y cosas peores

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Catón.-

El elefante le pidió sexo a la hormiguita. “Está bien -accedió ella-. Pero sólo si lo hacemos en forma segura”. Preguntó el paquidermo: “¿Cómo?”. Respondió la hormiguita: “Tú abajo y yo arriba”. Cuando su hijo cumplió cinco años de edad el feliz papá le dijo a su mujer: “Una mensualidad más al hospital y el niño será realmente nuestro”. El directivo del equipo de futbol le hizo saber a Himenia Camafría, madura señorita soltera: “Efectivamente, señorita, vendemos a nuestros jugadores; pero únicamente a otros clubes”. Don Chinguetas y doña Macalota fueron a pasar varios días en la playa. Una de esas noches, ya en la cama, ella acercó su cuerpo al de su esposo en modo insinuativo. “¡Ah no! -protestó don Chinguetas retirándose inmediatamente-. ¡Estoy de vacaciones!”. “Los pobres primero”. Tal fue uno de los lemas principales  esgrimidos por López Obrador en su campaña. El Presidente ha cumplido esa frase emblemática: los pobres son los primeros que están resintiendo los efectos de su manejo de la economía. El caso del Seguro Social es un ejemplo claro de las malas consecuencias que han traído consigo los recortes presupuestales hechos sin ton ni son por el régimen que encabeza el tabasqueño. El IMSS, es cierto, ha tenido carencias casi siempre, resultado de la ineficiencia y de la corrupción. Esas carencias, sin embargo, se han agudizado ahora hasta el punto en que muchos encargados de áreas médicas se ven obligados a decir a su personal: “Háganle como puedan”, pues les falta hasta lo más indispensable para dar atención a los enfermos. Claro que en esto, como en todo, López Obrador tiene otros datos, pero bien haría en allegarse información veraz. Así sabría que la situación del Seguro ha pasado de ser dramática a ser trágica. Y quienes en última instancia están sufriendo mayormente los efectos de la austeridad republicana -y franciscana- son los pobres. Es cierto: “Los pobres primero”. Aquel señor, ferrocarrilero jubilado, era de condición modesta, y sin embargo tenía en la sala de su casa una lujosa colección de trofeos de cacería: cabezas de leones, colmillos de elefantes, pieles de cebra, etcétera. Explicó a sus amigos: “Tiré del switch equivocado e hice que se descarrilara el tren del circo”. El doctor Dyingstone, famoso explorador al servicio de la Sociedad Anglobritánica Inglesa de Geografía y Cartografía, regresó a su campamento en medio de la jungla y encontró a su esposa en la cama con el guía de la expedición. Antes de que el estupefacto señor pudiera pronunciar palabra le dijo su mujer: “Mister Bwana me estaba haciendo una demostración de los ritos de fertilidad de la tribu magumba, y resulta que son asombrosamente parecidos a los nuestros”. Leonardo terminó de pintar su obra maestra, la Mona Lisa, y por primera vez se la mostró a la Gioconda. La vio ella y preguntó, amoscada: “¿Y entonces por qué me hizo usted desnudarme toda para pintar el cuadro?”. El padre Arsilio, párroco de la Santa Reverberación, le dijo a Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses el adulterio a condición de que no lo cometan en el día del Señor): “Seamos justos, hermano, y reconozcámoslo: ¿qué haríamos nosotros  de no ser por el pecado?”. La flecha del piel roja atravesó de lado a lado el túrgido busto de la mujer que iba a su viaje de luna de miel con el pionero. Pese a tener clavada en el profuso tetamen la aguzada saeta la recién casada no dio muestra alguna de dolor. Le dijo apenada a su flamante maridito: “Querido: tengo que confesarte algo”. FIN.

 

MIRADOR

Por Armando Fuentes Aguirre

Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que nació su hijo, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:

-La falta de religión aleja de Dios, es cierto, pero la demasiada religión hace que muchos se alejen de él. Quienes son religiosos en extremo suelen con frecuencia ser soberbios. Se sienten amigos personales del Señor; piensan que todos los demás son pecadores, y tratan a su prójimo con aires de superioridad.

Dio Cusset un nuevo sorbo a su martini y concluyó:

-La práctica de nuestra religión debe hacernos humildes, tolerantes, comprensivos. Si la fe no pone en nosotros la virtud suprema del amor, entonces, como dice el Evangelio, vana es nuestra fe. Lo que nos aparta de nuestro prójimo nos aparta también de Dios. Seamos religiosos, pero no tanto que nos volvamos orgullosos.

Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini, con dos aceitunas, como siempre.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

Por AFA

“. Las pensiones no llegan a los adultos mayores”.

Sufrimos una desgracia

que resiste con tesón

la Cuarta Transformación:

se llama “la burocracia”.

 

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