Génesis del Hospital Civil de Victoria (II)

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

Durante el proceso de construcción llegó a Victoria el doctor Alejo Monsiváis, originario de San Luis Potosí, quien agregó a los planos algunos espacios propios de los hospitales europeos. En febrero de 1891 al despedirse en la estación del ferrocarril expresó optimista: “Ciudad Victoria podrá gloriarse entonces -cuando el proyecto sea una realidad- de tener el mejor hospital del país, pues bien sabido es que todos los que existen son antiguos o más o menos improvisados sobre edificios destinados a otro objeto”.

Al siguiente año se creó la Junta de Caridad Municipal, recaudadora de fondos económicos y responsable de organizar funciones artísticas y jamaicas. El producto de algunas actividades se registra en los cortes de caja: “Por dicho informe se demuestra que hubo un ingreso de mil 139 pesos 54 centavos…Con este ingreso se cubrieron, según se expresa en el informe de que hacemos referencia, los gastos originados en la construcción de albañilería, estando casi terminada la mitad del edificio. Según el parecer emitido por la Junta de Caridad, se cree que para el mes de julio del presente año se tendrá la satisfacción de ver inaugurado el Hospital y abierto al servicio del público”. Además, el obispo Sánchez Camacho se sumó a los donadores, aportando 500 pesos.

Vale mencionar que además de ladrillos, arena, fierro, herrajes, cal y otros materiales, se utilizó piedra de Tamatán donada por Manuel González. En febrero de 1894 la obra tenía un avance del 50 por ciento. Ese  mismo mes llegó a Victoria un vagón del ferrocarril, cargado de madera los para pisos y techos. Al mismo tiempo, el presidente municipal Manuel J. Solórzano promovió obras importantes de mejoramiento  urbano de la capital. Por ejemplo el embanquetado de la Plaza Principal y empedrado de la calle Morelos Seis y Siete. De igual manera hicieron remodelaciones en las oficinas municipales y penitenciaría del Estado.

En agosto se anunció que el hospital de Tampico había sido reparado. Al mismo tiempo, los victorenses se enteraron que en septiembre sería inaugurado el Hospital Civil: “En este asunto ha puesto por obra el gobernador Prieto su más decidido y eficaz empeño como gobernante y como particular, pues en la construcción del local están reflejados también los profundos conocimientos que en materia de ingeniería posee”.

Finalmente, el 16 de septiembre el edificio abrió sus puertas ante la presencia del primer director Lino Villarreal y Martínez, un médico cirujano y partero de cincuenta años de edad originario de Linares, Nuevo León. Don Lino era un apasionado de su profesión,  maestro de química, física y filosofía del Instituto Literario de Tamaulipas, médico de sanidad municipal, forense, boticario, presidente del Superior Consejo de Salubridad del Estado y ferviente católico amigo de los obispos Eduardo Sánchez Camacho y Filemón Fierro y Terán.

Entre los primeros directores del hospital destacan Cipriano Guerra Espinosa y Carlos Govea. A decir de Tomás Reséndez González, Govea practicó una operación de extirpación de un tumor utilizando por primera vez en Ciudad Victoria y Tamaulipas, cocaína de anestesia “…en el canal modular. La operación fue todo un éxito, sin ocasionar molestias al paciente”.

La ciudadanía se entusiasmó ante la majestuosidad del hospital y sumaron esfuerzos con el gobierno. Algunas personas notables encabezadas por el gobernador, donaron objetos para su mejor funcionamiento. Así, el espíritu filantrópico de Manuel González Jr., Fidencio Terán, Gabriel Terán, Luis Puebla y Cuadra y el coronel Ramón Terán se reflejó en aportaciones en efectivo. Lo mismo hicieron: “…Las Logias Masónicas Tamaulipas y Guadalupe Victoria y alumnas de la Escuela No. 2 de Niñas, quienes ofrecieron hacer y marcar toda la ropa del hospital, ofrecimiento que ya están cumpliendo a satisfacción de la Junta de Caridad”.

El hospital tenía un sótano para enfermos mentales y rabiosas. Era un espacio lúgubre con puertas metálicas y paredes sucias, donde les proporcionaban agua y comida. En las madrugadas aquel lugar se convertía en un auténtico manicomio. Entre el miedo y la angustia los vecinos escuchaban los gritos y lamentos de aquellos seres, condenados a morir en el encierro, mientras sus huellas permanecen vigentes en la soledad de la celda.

En 1900 el censo arrojó diez mil habitantes en el municipio de Victoria. En ese contexto se creó la Sociedad Médica y de Beneficencia, integrada por los doctores Carlos Govea, presidente; Cipriano Guerra Espinosa; secretario, Antonio G. Guzmán, tesorero; Lino Villarreal, Luis G. Jáques, Ernesto de Kératry, vocales. Es importante señalar que a partir de su apertura, el hospital ayudó a cubrir la demanda de cientos de enfermos, disminuyendo la mortandad.

Esa misma década los hospitales de Tampico, Matamoros, Tula y Laredo, ingresaron numerosos pacientes de tuberculosis, tétanos y fiebres. Ante dicha demanda, en 1911 los nosocomios recibieron apoyos para su funcionamiento. La atención médica victorense estaba en manos de Antonio Valdés Rojas, Benito Hernández, Praxedis R. Balboa, J.A. Watts (USA), M.L Townsend (USA), Julio Woytcke (Alemania), José A. del Castillo y Ernesto de Kératry.

 

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