Las moliendas de mi tierra

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Tito Reséndez Treviño.-

1°- RECUERDOS DEL GENERAL ERNESTO HIGUERA.- Acabo de doblar el Cabo Treinta, las tres décadas que tanto hicieron lamentarse a Espronceda, y veo, sin embargo tan lejanos mis tiempos estudiantiles y a la vez tan precisos, que, con poco esfuerzo, he logrado reconstruir las escenas pastoriles que pasaron por mis ojos deslumbrados en los huertos perfumados de mi solar nativo.

Mis andanzas renovadas por otras latitudes; la visión caleidoscópica de variados panoramas; y el trato con otros seres distintos en su conformación espiritual, no han logrado atenuar mi fervor por el terruño.

Las tristezas que me abruman hogaño han dejado también el paso a los cascabeleros regocijos de la infancia, y el corazón adolorido goza en rememorar aquellas sonrisas puras, aquellas inefables embriagueces de esperanza, aquellos optimismos rutilantes que cabalgaban sobre Pegasos de fuego… El alma cae de rodillas solo ante la eucarística de mis recuerdos, y todos los perfumes de mi incienso los quemo fervoroso en el altar de mis ídolos; mi madre me tiende los brazos  para acogerme en regazo amoroso, ungiendo mis heridas con el bálsamo de sus manos luminosas.

Mi novia me espera en la ventana para darme el milagro de sus miradas arrobadoras y de sus sonrisas ingenuas…. Mi hogar abre sus puertas hospitalarias para sentarme a su mesa, en la que humea el chocolate reparador, y el perro amigo, casi ciego por los años, se enrosca a mis pies, mientras devoro ansiosamente los bollos dorados, los más cargados de azúcar, los más gratos al paladar…

Mis camaradas de escuela han dejado los libros en reposo. Las anheladas vacaciones cierran las aulas. La inquietud de nuestras vidas que empiezan a desflorar todas las virginidades del sentimiento, se desborda como una cascada, coronando las flores del camino con los mágicos rocíos del entusiasmo… vamos de expedición, alegremente, a los molinos aledaños, en una mañanita dorada y azul, trotando por las amplias carreteras, correteando por entre los jarales aromáticos que bordan las márgenes sinuosas del San Marcos, en cuyos claros remansos hallamos alivio al calor sofocante  de la marcha. Que alboroto cuando sentíamos el mordisco de los pescaditos; Que chapuzones para buscar en el fondo la piedra tirada adrede por alguno del grupo desnudo; Que regocijo cuando el más afortunado volvía a la superficie con el objeto buscado; y que rabietas cuando algún travieso escondía la ropa tirada en la orilla.

Más animosos seguíamos trotando bajo la sombra de los higuerones, hasta llegar a los cañaverales en siega; precipitarnos sobre los montones de cañas moradas, hundir los dientes en la fibra blanca y jugosa, eran el preludio de la fiesta bucólica.

Después del hartazgo de sabrosas mieles, nos agrupábamos en torno al viejo perol en el que hervía el melado ambarino, despidiendo olores provocativos. La curiosidad engolosinaba los ojos en el proceso de cocción y el burbujeo del hervor incesante adormecía nuestras querellosas impaciencias.

Cuando el melado está en su punto, lo vacían, con grandes cucharones, en toscos moldes de barro de forma cónica que humedecen antes para que no se pegue la miel, elaborando de este modo el “piloncillo”, que es lanzado al mercado con camisas de paja.

Otro de los procedimientos de típicas moliendas tamaulipecas es el de las “calabazas en tacha”. El fruto maduro es agujereado con un punzón grueso. Después se echa a la miel hirviente hasta que se acendran en el corazón todas las mieles, resultando un postre exquisito. Empapada la calabaza de almibares, ennegrecida la satinada corteza, con los gajos túmidos, es sacada del fondo del cazo y puesta en una mesa grande para que se enfríe.

Organizamos el retorno por los mismos senderos. El hartazgo nos hace perezosos. El cielo de turquesa las ardientes llamaradas del sol, los granados en flor, las parras agobiadas de negros racimos, los tulipanes que salpican de goterones rojos el verde de sus follajes, las carretas rechinantes atiborradas de coles, zanahorias y lechugas, las mozas que nos daban agua fresca en cántaros nuevos, los perros vigilantes que nos ladraban, el olor de boñiga que salía de los corrales, el bramido de los toros en celo; todo nos hacía sentir una embriaguez de vida que reventaba en una risa loca, triunfadora y gárrula…

¡Ventura aquella tan llena de sortilegios! Primer amor, serenatas en la ventana de mi Margarita, primeros bailes en Tamatán, Nochebuena en el hogar, después de las posadas jubilosas en que noche a noche veía a mi novia pasar con la Virgen en andas, vestida de blanco, envuelta en los perfumes del incienso, por las naves del templo, y caía de rodillas, temblando de amor, alucinado por el poder divino de sus grandes ojos negros…!

Y después de tantos años me parece todavía estar de hinojos ante los blancos fantasmas de mis fetiches rotos y de mis amores muertos.

BUEN DÍA.

 

 

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