De golosos y tragones…

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Libertad García Cabriales.-

Lo que distingue al hombre inteligente de los animales es el modo de comer.

 

Miguel de Cervantes

 

Hace algún tiempo, un amigo doctor me comentó acerca de las etiquetas de las frutas y lo que esos numeritos (casi siempre ignorados), quieren decir. Desde entonces traigo una especie de sicosis, especialmente cuando voy al súper, leyendo cuanta etiqueta encuentro. Fanática de la fruta como soy, ahora veo las apetitosas cerezas casi con miedo y he tenido que aguantarme un antojo de aterciopelados duraznos porque los numeritos son adversos. Ay, sino fuera por los mangos de mi Mante cortados del árbol por mi madre, casi ninguna fruta se salva de las amenazantes etiquetas.

Y el tema es más complicado de lo que parece. Porque no es sólo la fruta cultivada con pesticidas como indican casi todas las etiquetas, sino también los alimentos procesados, la leche, las infinitas latas, las botanas, los cereales, el pan, los lácteos y muchos más comestibles amenazando gravemente nuestra salud. Porque si antes sabíamos del alcohol y el tabaco como los peores enemigos de la salud, ahora resulta ya ni las frutas se salvan de la temida lista negra. Y para muestra, están las seductoras manzanas, que de tan bellas ya ni huelen como diría Serrat, y para colmo muestran números con más peligro que la manzana ingerida por Adán.

No es fácil aceptarlo. Saber que aquellos tiempos de la leche bronca y el aguacate en el patio ya pasaron. Ahora vivimos aterrorizados ante los riesgos de la harina y el azúcar pues causan más muertes que una guerra. Y no hablemos de los refrescos embotellados, porque allí si las estadísticas son de Apocalipsis. Los más grandes problemas de salud en nuestro país están relacionados con los excesos en el consumo de pan, botanitas y refrescos, Ay, porque sin duda los alimentos ya no son como antes, pero también los hábitos han cambiado. Y ahí está la ubicua obesidad para demostrarlo. Otro mancha para el país donde además tenemos el primer sitio en panzones. Y no lo digo yo, conste; lo dicen estudios realizados por especialistas.

En ese contexto, reconocemos que entre el riesgo de comer ciertos alimentos y los excesos por consumir otros, la comida se ha vuelto nuestra espada de Damocles. Ante el reinado de las pantallas, el brutal consumismo, los productos procesados, el desmedido gusto por el alcohol;  cada día más personas padecen enfermedades, o lo que es peor, mueren víctimas de sus ingestas. Aunque la glotonería no es novedad, así lo consigna González Crussi en un texto refiriendo los bacanales de los romanos hace siglos, como los presididos por el goloso emperador Vitelio, quien en cada festín gastaba miles de piezas en oro y llegaba al exceso, con su hambre desmedida, de arrancar jirones de carne a los animales en el altar de los sacrificios.

Y si hablamos de tragones irredentos, no puede faltar el mismísimo “Rey Sol”, glotón entre glotones. Para dar testimonio, está “El Diario de la Salud del rey”, donde se anotaban desde los estornudos, las comidas y hasta las idas al baño de su majestad Luis XIV. Así se consigna un día en su vida: “empezaba su comida con moras, melones e higos, seguían luego cuatro platos de sopas diferentes, un faisán entero, un gran plato de ensalada, una chuleta de cordero en su jugo, dos buenas rebanadas de jamón, además de pastelillos y confituras”. Pero en el diario también se anotó que después de las comelitonas, el insaciable rey requería purgas y lavativas, no menos de 2000 registradas, ufff, tal vez por eso el monarca nunca fue obeso.

Pero además de la glotonería, de la que todos hemos sido presa alguna vez y sin duda puede ser causante de graves enfermedades; están los contenidos de los alimentos modernos, pues obviamente no es lo mismo el jamón paladeado por el “Rey Sol” hace siglos, que el ofertado en los supermercados modernos, tan procesado como dañino. Mi hija mayor, quien últimamente ha estudiado acerca de los daños por ingerir comida procesada colmada de conservadores para durar más tiempo en los anaqueles, me explicó como estos productos son extremadamente perjudiciales para nuestros cuerpos, que no fueron creados para reconocer esos químicos y así terminan enfermando. Para muestra la cada vez más repetida incidencia de cáncer, directamente relacionado con tales alimentos.

Pero así como se señalan los graves daños por ingerir comida chatarra, también se pueden cambiar los nocivos hábitos previniendo males con la buena alimentación. El momento de comer es placentero e ideal para estrechar vínculos, pero seamos también conscientes de lo que nos llevamos a la boca, pues eso puede ser la diferencia entre salud  y enfermedad, vida o muerte. Para no llenar los panteones de glotones, pero sobre todo para vivir sanos, evitemos la gula y aprendamos a comer lo mejor posible. El esfuerzo cuesta pero bien lo vale.

 

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