El Chavo del ocho en ciudad (I)

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

A mediados del siglo XX, se quedaron en Ciudad Victoria algunos transterrados que ingirieron las melíferas aguas de la Peñita. Otros forasteros anónimos, después de una breve estancia y cumplir su encomienda en tierras cuerudas, se encaminaron a sus lugares de origen. Sabemos de ellos, gracias al registro de breves reseñas, crónicas periodísticas, biografías, corridos, novelas y epistolarios donde narran los pormenores de su tránsito por esta población, donde todo mundo se conocía.

La lista de hombres y mujeres cautivados por «Ciudad Victoria, ciudad amable», como la bautizó el locutor Carlos Adrián Avilés podría ser extensa. Lo cierto es que aquellos extranjeros quedaron sorprendidos por la naturaleza, mujeres, tranquilidad social, arquitectura, hospitalidad de su gente, gastronomía, la Sierra Madre Oriental y otros motivos.

Entre los visitantes destaca un hábil y talentoso actor, quien cubrió toda una época de comicidad en la televisión mexicana. Me refiero a Roberto Gómez Bolaños, alias Chespirito, Doctor Chapatín y Chavo del Ocho. Su estancia en Ciudad Victoria la registra en sus memorias Sin Querer Queriendo (Aguilar/2007). Hablamos de principios de los cincuenta, cuando de acuerdo a su testimonio estuvo a punto de radicar en esta población.

Todo se inició durante un viaje a un rancho cercano a la desembocadura del Río de Soto la Marina. En aquella excursión de cacería donde participaron su hermano Paco, Carlos Hernández, Héctor Cuéllar y Sergio Gual, quien al paso del tiempo se convirtió en un importante arquitecto y pintor, fue realizada en un Jeep y una camioneta Rand Lover. De acuerdo a la crónica, la caza de palomas, águilas, venados, armadillos y tejones en la Sierra de Tamaulipas se convirtió en gran una aventura.

No tanto para Gómez Bolaños, quien a pesar de las explicaciones de sus amigos, sobre el sacrificio de la fauna silvestre argumentando que se trataba de animales machos viejos, Roberto se opuso a la depredación, preguntándoles: «¿Y en el caso de las águilas?… ¿Cómo se puede saber cuando las águilas son «aguilos»? y ¿Cómo se puede saber cuando son viejas? ¿No habrá algunas que se quiten los años?»

Al concluir la expedición, antes de retornar a la capital del país llegaron a Victoria donde hicieron una escala de varias horas, mientras abordaban el autobús Flecha Roja. El lugar de espera fue una banca metálica de la Plaza Hidalgo. En un afán de explorar algunos sitios de interés, Gómez Bolaños cruzó la calle y entró a la catedral del Refugio, donde encontró un remanso de paz espiritual que describe emocionado: «A esa hora no había ceremonia alguna, de modo que se encontraba muy poca gente en el interior del templo; a pesar de ello funcionaban las bocinas de las que surgía una música que parecía provenir del infinito, como los cantos gregorianos, beatitud hecha melodía, en armonía de voces que parecen sugerir el más sublime de los éxtasis.

«A eso añádase el aroma que inundaba el ambiente (aquel que resulta cuando se mezcla el incienso con el perfume de las azucenas) y se comprenderá el estado de misticismo en el que caí profundamente. Este es el entorno ideal, -pensaba yo- el ambiente de paz y tranquilidad en el que me gustaría pasar mi vida entera, vacunado contra la epidemia de tentaciones y lejos del mundanal ruido.»

Al salir del templo se reunió con sus compañeros, quienes convivían alegremente en uno de los andadores atiborrados de parroquianos y turistas gringos que se hospedaban en hoteles aledaños. Lo que más llamó la atención de Gómez Bolaños, fueron las muchachas que circulaban sonrientes alrededor de la plaza, mientras los hombres lo hacían en sentido contrario, hasta toparse repetidas ocasiones con las féminas.

«Esto hace que unos y otros intercambien sonrisas, miradas gestos y demás señas de repertorio de conquista que, si el proceso marcha adecuadamente, los jóvenes terminan paseando por parejas. Pero mis amigos y yo nos encontrábamos demasiado cansados como para ponernos a dar vueltas, de modo que estábamos resignados a quedarnos sin participar en aquel juego de galanteo, y permanecimos sentados en la banca. No obstante nos dimos cuenta de que algunas muchachas lanzaban fugaces pero continuas miradas cada vez que les tocaba pasar frente a nosotros, de lo cual se derivó que poco después ya estuviéramos paseando con sendas muchachas. Pero mi cansancio era tal que preferí poner al tanto a María Luisa, al tiempo que le propuse que nos sentáramos en una banca.

–Si estás muy cansado–, ¿que tal si mejor vamos al cine? Pasan una película de Pedro Infante que tengo ganas de ver. No me lo tuvo que sugerir dos veces de modo que en dos minutos estábamos en las puertas del cine, donde se presentó un nuevo problema: yo no tenía ni cinco centavos para comprar los boletos de entrada.»

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