El Chavo del Ocho en Victoria (II)

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

Mientras María Luisa y Roberto Gómez Bolaños se encontraban a la entrada del cine, alcanzaron a escuchar una canción de moda, salida de una sinfonola. Al mismo tiempo, desde los frondosos laureles las urracas emitían un enorme alboroto muy familiar para los victorenses, que por las tardes salían a las plazas públicas a respirar el aire fresco.

La Plaza Hidalgo estaba limpia, los jardines de rosales bien cuidados y algunos hombres usaban sombrero. Los niños paseaban despreocupados en sus triciclos, mientras el tráfico de automóviles era escaso. La noticia de los periódicos en ese momento era la misteriosa muerte del chino Juan Wong, localizado en uno de los rincones de la cocina del Restaurante o Café Turista en la esquina de las  calles Hidalgo y Juan B. Tijerina, cerca de los autobuses Flecha Roja.

En la marquesina del cine colgaba un enorme y colorido cartel publicitario de la película La Oveja Negra. Cuando estaban a punto de llegar a la puerta principal, Roberto Gómez insistió sobre la situación precaria por la que atravesaba en ese momento: “Es que no tengo ni siquiera para comprar las palomitas -aclaré para evitar vergüenzas posteriores, -le comentó a la joven-.

Pero no nos va a costar nada, –me dijo ella cuando la puse al tanto de mi situación financiera–. Una prima mía es la que recoge los boletos a la entrada.”

El asunto de las clásicas palomitas también pasó a segundo término cuando la muchacha le explicó que no le gustaban y tampoco los dulces, pero de muy claro: “A mí lo que me gusta es Pedro Infante y esta es una película suya.”

A falta de una fecha precisa y de acuerdo a la temporalidad narrativa de las memorias de Gómez Bolaños Chespirito, es probable que la sala de cinematógrafo a que se refiere, sea el Cine Rex, una terraza al aire libre ubicada en la calle Nueve entre Hidalgo y Morelos, donde exhibían películas nacionales y presentaban caravanas de artistas y cantantes. En esa época estaba en construcción el Cine Juárez.

Quien años más tarde se convertiría en famoso actor y guionista de cine y televisión, menciona en uno de los párrafos de su libro: “Entramos al cine sin más preámbulos. Tomamos asientos en una de las últimas filas, donde reinaba la más acogedora de las penumbras… efectivamente, lo que le gustaba era Pedro Infante. Se emocionó y se convulsionó cuando el actor apareció en la pantalla, se desternilló de risa cada vez que Pedro dijo algo simpático y se enterneció hasta las lágrimas con todas y cada una de las canciones que interpretó el galán.”

Al terminar la película, rápidamente se pusieron de pie y despidieron amistosamente, perdurando solo el recuerdo de aquel efímero encuentro. Ella le dijo: “Y ahora sí me tengo que ir porque a la salida mi prima va a estar con mi tía que viene por ella. Pero antes déjame decirte algo -añadió mirándome fijamente-: te prometo que de hoy en adelante tú estarás en mi pensamiento, inmediatamente después de Pedro Infante.”

Es un halago, pensó el capitalino: “¡Lo juro! Porque, ¡vamos!, no es poca cosa ocupar el segundo lugar en un campeonato donde el líder es el ídolo de México. Entonces abandonó su lugar, dejándome inmóvil en aquella butaca de cine. Roberto Gómez Bolaños concluye el capítulo de su estancia en Ciudad Victoria, refiriéndose nuevamente a la impresión de su visita a la Catedral del Refugio:

“Me gustan mucho los cantos gregorianos -me dije-, así como el aroma combinado con el perfume de las azucenas; y me gusta igualmente la paz de una vida tranquila… pero mi vocación debe estar en algún otro lugar. Ahí donde pueda compartir mi vida con una mujer, lo que implica que habré de hacer frente a los retos que surjan en mi camino y que tendré que luchar para realizar mi proyecto de vida… Ah y seguramente tendré que luchar contra los Pedros Infantes que se me atraviesen en el camino.” Regresó a la capital del país y se reencontró con su novia Graciela Fernández Pierre, a quien había conocido cuando ella tenía 15 años de edad. Contrajo matrimonio por la iglesia en 1956. La pareja procreó seis hijos.

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