¡El dinero! Un satisfactor o un tirano

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Alicia Caballero Galindo.-

Desde tiempo inmemorial los bienes materiales han sido causa de controversia; es necesario hacer una pregunta: ¿Este recurso está al servicio del hombre o lo esclaviza?

 

Las civilizaciones primitivas satisfacían las necesidades básicas en forma natural; cazaban y recolectaban frutos y raíces, se guarecían de las inclemencias del tiempo en refugios naturales y tenían una organización primitiva, cuyas metas eran casa, alimento y protección. Al descubrir la agricultura los grupos humanos se asentaron en un lugar determinado; esta acción hizo brotar en el individuo requerimientos distintos. Se formó en sus mapas mentales el concepto de pertenencia, y al crecer las poblaciones surgieron exigencias antes desconocidas: un hábitat definido en un solo lugar, un espacio para cultivar y satisfacer las necesidades de sus familias, especialización en una actividad determinada, etcétera. La primera manera para adquirir bienes, fue el trueque, esa costumbre prevaleció por muchos años en casi todas las civilizaciones antiguas. Se dice que los fenicios, un pueblo de navegantes y comerciantes, que habitaron la zona que hoy ocupa Líbano, dejaron de usar el trueque y fueron los primeros en acuñar monedas de metales preciosos, por ser más práctico para la realización de su actividad, ya que navegaban y comerciaban en las costas del Mediterráneo. A partir de entonces empezó a popularizarse este sistema para adquirir bienes. Se tienen testimonios de un gran número de pueblos antiguos que adoptaron esta costumbre. Durante la Edad Media, que inicia con la caída del Imperio Romano y termina con el fin de Las Cruzadas, aproximadamente entre los siglos V y XV el poderío estaba representado por el tamaño del feudo y el poder del ejército de cada señor feudal. Las luchas de los cristianos por recuperar los lugares santos provocaron el tránsito de los ejércitos entre Europa y Asia; esta situación hizo que los burgos, que eran pequeñas poblaciones autónomas que se formaron con siervos que huían de la opresión los feudos y se establecían en “tierra de nadie”, donde los habitantes se dedicaban a diversos oficios para satisfacer sus necesidades de supervivencia, cobraran importancia. A fines de la Edad Media, con el fracaso militar de Las Cruzadas, los señores feudales cayeron en la ruina y los burgos ganaron poder e importancia, pues en el constante peregrinar de los ejércitos se convirtieron en bases de abastecimiento de los viajeros, quienes usaban dinero y metales preciosos para adquirir los insumos necesarios, dando lugar al surgimiento de un cambio radical en la vida económica europea; el poder radicaba ahora en la posesión de metales preciosos, joyas y dinero. De ahí el calificativo de “burgueses” a la gente con poderío económico. Los señores feudales perdieron poder al carecer de ejército y mano de obra para hacer producir sus tierras.

Con el paso del tiempo, los descubrimientos geográficos, la industrialización, el racionalismo y los avances de la ciencia dieron paso a una sociedad distinta. El consumismo al terminar la Segunda Guerra Mundial, paulatinamente fue sentando sus bases; el poder de los países industrializados, como Estados Unidos, contribuyó a este fenómeno que nos ha ido invadiendo. Los medios de comunicación han permitido el movimiento de miles de millones de todas las monedas del mundo con un clic de la computadora o una llamada telefónica. La vida moderna gira en torno a la economía, y las sociedades modernas dependen de ello.

Ciertamente el dinero es una palanca poderosa que mueve al mundo y dependemos de este recurso para la satisfacción de las necesidades de la vida actual. Los seres humanos se preparan desde el principio para resolver sus propias problemáticas, sin embargo, es importante dimensionar el valor del dinero como un recurso al servicio del hombre en vez de ser esclavos del dinero, entregándose en forma inconsciente al consumismo irracional, convirtiendo a los individuos en “esclavos del dinero”. Esta actitud los coloca en una situación desventajosa ante el desarrollo personal, porque se antepondrá el aspecto material, al cultural, al espiritual y al moral, transmitiendo esta actitud de generación en generación. Por ejemplo, si se le pregunta a un joven para qué estudia, la respuesta inmediata será “para ganar dinero”, está viendo solamente el aspecto económico como fin y no como medio; el hecho de centrar sus objetivos primarios en ganar dinero lo convierte en un ser materialista. Pero si se encamina a los jóvenes a estudiar algo que le guste por amor a la actividad seleccionada, la retribución económica será el resultado de ¡hacer lo que le gusta! Entonces la perspectiva es más amable, más humana y causará mayor satisfacción interior, porque considerará el aspecto económico como un “regalo” o consecuencia de hacer algo que le satisface, y dirá “hago lo que me gusta y por añadidura, ¡me pagan!”. Con esta filosofía de vida, no será esclavo del dinero; lo considerará un medio y no un fin. Sus objetivos en la vida irán más allá de lo material. Dentro de este grupo encontraremos siempre a quienes han sido capaces de trascender en forma positiva. La mayoría de los líderes que han dejado huella a nivel mundial y han aportando algo perecedero en beneficio de la humanidad proceden de la clase media, salvo honrosas excepciones.

Los que nada tienen y carecen de ambiciones se dejan llevar como hojas de árbol a la deriva en el torrente; nada tienen, nada pierden. Quienes poseen grandes fortunas tienen la manera de mudarse de ciudad o de país sin gran problema. Pero quienes hemos trabajado duro para labrar un patrimonio a base de trabajo y tenemos todos nuestros intereses en el país, defendemos a brazo partido el derecho a crecer, progresar y garantizar un mejor mañana para las generaciones venideras. La verdadera aristocracia de una nación la constituyen los grupos pensantes y actuantes en pro de una vida más igualitaria, justa y progresista.

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