La misión real de un embajador

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Pérez Ávila.-

Han logrado triunfos en batallas libradas con palabras y, también, han fracasado en sus propósitos de apaciguar a un inminente enemigo, como fue el caso de Chamberlain ante Adolfo Hitler.

Según una acertada observación del escocés Andrés Carnegie, enriquecido hasta la dimensión de la plutocracia en los Estados Unidos, “la diplomacia es el arte de conseguir que los demás, hagan con gusto, lo que uno desea que hagan”.

En lo personal me encanta, al grado del encanto, esa glamorosa definición de lo que es la síntesis de la diplomacia: es recordar con oportunidad el natalicio de una dama, olvidando siempre su edad.

Pero, si soslayamos lo que es pura teoría, para aceptar, con objetividad y, hasta con crudeza cuál es la verdadera misión de un diplomático, por fuerza llegamos a una conclusión que, en lo absoluto nada tiene que ver con la fineza en el trato y la alcurnia en los brindis.

Un Embajador debe estar enterado de lo que hace el gobierno del país al que fue enviado, con la obligación de informar, así como la de externar su opinión.

El caso del embajador de Gran Bretaña en Washington, es de singular importancia, no por su informe, ni muchísimo menos por su punto de vista, sino por la deficiencia de su privacidad, por lo obvio del desastre en su discrecionalidad, por ese descuido, increíble, que sacó a la luz pública, algo que solo concierne al jefe o la jefa del gobierno británico.

Kim Darroch indagó, se documentó con el auxilio de personas a su servicio y de su país, conocedores unos, expertos otros, en las misiones que les fueron confiadas. No es la labor de uno solo, porque el diplomático británico, como todos sus alter egos, está acotado por compromisos de toda índole, desde su presencia en protocolos históricos, hasta su comparecencia en ruedas de prensa y, sus visitas a centros de estudio, así como su obligación de atender, con gran respeto, a todos y todas las concurrentes a los actos en los cuales, funge como anfitrión.

Un diplomático es, por necesidad, una persona culta, con facilidad para aprender costumbres y respetar tradiciones. Es, debe ser, sumamente honrado, y al mismo tiempo, en una contradicción formidable, debe saber fingir con gran naturalidad, mentir con impactante destreza, ha de sujetar su misión a un propósito loable y plausible: pensar siempre, en el bien de su país.

Sonreírle siempre al jefe de estado del país, al cual ha sido destinado, debe serle obligatorio al Embajador, al Cónsul, al Plenipotenciario inclusive. Y, eso, fue lo que hizo siempre en el desempeño de sus funciones diplomáticas, Kim Darroch, además de ofrecerle a su gobierno, su percepción personal, su punto de vista.

Cumplió con su tarea mister Darroch. Fue impecable su encomienda.

Un desliz inopinado dio al traste con su cometido. Se supo.

Donald TRUMP lo insultó, y Gran Bretaña se mostró firme en su obligación de respetarlo, apoyándolo, pero a la postre, el diplomático optó por finiquitar el conflicto diplomático, presentando su renuncia.

 

URZÚA DIMITE CON PUNDONOR

Hay confusión y confrontaciones verbales, sobre el motivo superior que obliga al secretario de Hacienda, Carlos Manuel Urzúa, a aventar al arpa. Yo creo, no estoy seguro, que todo se origina en el trato.

Es difícil soportar a un ciudadano para el cual, todos son corruptos. Es difícil aguantarle su estereotipada frasecita: No se equivoquen, yo no soy corrupto. ¿Por qué? Porque les está diciendo que ellos, los demás, sí lo son.

GIRÁNDULA DIPLOMÁTICA: La ambigüedad y el malabarismo verbal, son la esencia del enviado de un país a otro, para espiarlo, siempre sonriendo.

 

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