De la bienvenida a la hostilidad

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Pérez Ávila.-

En los tiempos lejanos de la vastedad inhabitada, era una verdadera necesidad impulsar los asentamientos humanos, ya hayan sido lo que era conocido como “el lejano oeste”, o la desolación característica del norte semidesértico de México.

Pienso en Ortega y Gasset, quien nació en la postrimería del siglo XIX, alcanzando el reconocimiento universal durante dos guerras universales, cerrando los ojos que iluminaron al mundo, apenas franqueado el onceavo lustro del siglo XX. De él, de don José, todo el mundo sabe su reflexión sabia en torno a la circunstancia.

Aún está ahí el oeste y, también, la vastedad del inhóspito y rudo erial agreste, ese territorio nórdico de nuestro país, donde varones y mujeres de una estirpe extraordinaria, desafiaron las inclemencias de un invierno congelante y, sobre todo, las temperaturas lacerantes de un verano tórdido.

Todo está poblado. Todo ha cambiado desde el lejano 1886, año en el cual se colocó, en calidad de faro de Nueva York, una estatua colosal, con un nombre original, cuajado de optimismo, de ensueños, de anhelos sublimes: “La Libertad, alumbrando al Mundo”.

Persistir en el pretérito, sobre todo, en la innegable participación de una inmigración, mayoritariamente europea, para conformar la Unión Americana, constituye una forma metafórica de regodearse en paradigmas superados por la realidad vigente, presente, actual.

Muchos van a recordar conmigo, una frase promocional que incluía, hasta a los lactantes, “los niños de pecho”, decían antes y, me supongo, también hoy: “Porque 20 millones de mexicanos no pueden estar equivocados”. Aludía a una cerveza. Aseguraba que le gustaba a todos. Igual al anciano, que al joven o al recién nacido. En ese entonces, México era un país con 20 millones de mexicanos. Se sextuplicó el número. Llegamos al punto de importar, lo que antes era de exportación.

No es lo mismo estar distribuidos 20 millones, en poco más de dos millones de kilómetros cuadrados, que más de 120 millones. Aún somos un país con demasiado territorio, así seamos lo que NO SOMOS lo que se nos enseñaba en la primaria. La verdad, inteligente lector, nada tiene que ver la cornucopia geográfica, captada por el gran Américo Vespucio, siglos antes del concepto nacionalista, México. No somos un cuerno de la abundancia.

De la misma manera que yanquilandia, ya no es la del lejano viejo oeste, ni respeta, se apega, o insiste en llamar a los nacidos en otras latitudes, para que ayuden a poblar vastedades desoladas.

En el cine está la prueba. Para incentivar a las familias a emigrar y poblar lejanas tierras, el gobierno de los Estados Unidos, regalaba tierras, eximía impuestos, y vendía hatos a precio bajo. Hoy, eso es historia. Hoy, son distintos el enfoque y la necesidad.

Para decirlo con Ortega y Gasset, hoy son otras las circunstancias.

 

MÉXICO: ¿SE ESTÁ AISLANDO DEL MUNDO?

Con su agudeza característica, Andrés Oppenheimer, co-ganador del Premio Pulitzer de periodismo, formuló una misma pregunta inquietante a varios políticos notables del país, entre ellos, Felipe Calderón y, el que sea, quizá, el más ilustre viejo del joven partido MoReNa, Héctor Vasconcelos:

“México, ¿se está aislando del mundo?

Sus respuestas son luz y sombra. Denotan, más allá de la sindéresis con la cual debieron explayarse, su sentimiento, su estado anímico generado por el talento y el talante de Andrés Manuel López Obrador. En otras palabras: El sagaz Calderón y el erudito Vasconcelos, llevan agua a su molino.

GIRÁNDULA NÓMADA: Error catastrófico es abrir las puertas en una convocatoria alucinante, para luego cerrarlas, con actitud sumisa.

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