Enganchados para ser esclavos

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Eduardo Narváez López.-

¡Nooo Dios, que no lo maten! Ya se arrepintió, Dios. Ahora es bueno, solo quiere para nosotros el bien, ya es bueno ¡Que no lo maten!

Los que pedían a Dios el perdón ¿quiénes eran?, ¿por qué pedían gracia para el que estaba a punto de morir desgarrado, tal vez estrangulado por uno de ellos, o tal vez por los golpes de todos ellos; así todos serían culpables compartidos, nadie en particular… Los zombis por momentos conscientes no deseaban que el condenado muriera; por eso de pronto se frenaban, vacilaban, ¿seguimos adelante, merece morir de esta forma? Los malos recuerdos hacían que retornara la sed de justicia. Tenían que matar al malvado que mandó asesinar a nuestros hijos, a nuestros seres queridos, tiene que pagar lo que hizo en otro tiempo. Está bien que, a diario, durante un año, haya comulgado. Así, absuelto por el Creador, morirá tranquilo. Nosotros, en momentos de angustia suplicamos la intervención de Dios y no acudió; después pedimos justicia al Justiciero y dijo que la ejerciéramos nosotros mismos. Para los que piden el perdón, vamos a contarles la historia porque solo conocen los últimos acontecimientos; después podrán juzgar si merece o no morir este hombre llamado Herculano Macías Morales.

Las tierras de los Macías Morales se extendían muchos kilómetros más allá de donde nuestra vista alcanza a divisar, poco más de tres mil hectáreas. El casco de la hacienda era bastante amplio: un salón de fiestas de 30 por 50 metros, grandiosos candelabros de cristal cortado pendían de los altos techos. Finos tapices y tapetes daban realce al recinto. Junto a este, otro salón que servía de comedor de finas maderas para dar cabida a 24 comensales. Había veinte recámaras para instalar a parientes y amigos que concurrían a las grandes fiestas que con frecuencia se ofrecían. Y poco más de 50 sirvientes en los cuáles poco se gastaba, ya que tanto estos como los peones que trabajaban en el campo, eran esclavos. Herculano, el mayor de los Matías, disponía lo que debía hacerse: supervisaba las cuentas del administrador, las de la ama de llaves, sabía de las existencias de los comestibles en las alacenas anexas a la cocina. Al lado del casco se erigía un par de casas donde vivían el mayordomo o jefe de los sirvientes del amo, y el capataz mayor de campo, quien se encargaba de organizar y mandar a los demás capataces.

En ocasión de la visita de un español rico que se interesaba en comprar una hacienda del tamaño de la que tenían los Macías Morales, había una febril actividad tanto en el casco como en el campo de la hacienda. Herculano tenía una escolta personal de cinco hombres bien armados con pistola, fusil, sable y cuchillo. Era imposible que alguien se acercara a él a tres metros de distancia. Visitó las caballerizas. Mandó llamar al caballerango principal:

-Quiero que dentro de cinco días, el sábado, me tengas a los setenta caballos bien acicalados, especialmente al “Dandy”, mi negro azabache, que se lo voy a obsequiar a un amigo. ¿Ya nos llegó el pienso especial que mandé pedir de México? “Sí, ya patroncito, lo pesé en nuestra báscula, viene completo; le cayó muy bien a la caballada, se ven satisfechos”, “Bueno ahí te encargo, todos bien herrados, listos para salir por si quieren salir de paseo mis visitantes; ten las sillas de montar listas, las que tienen terminados de plata. Ya sabes que por cada error que cometas se te darán cinco azotes a ti y a tus cinco ayudantes, además de tenerlos a pan y agua durante cinco días. Quedas advertido”. “Vaya sin cuidado patrón, ya sabe que siempre le cumplo” –el caballerango le tomó la mano al amo, se la llevó a la frente y luego la besó con humildad.

Herculano se dirigió a la zona de las trojes en donde docenas de esclavos introducían los granos: maíz, frijol, trigo, avena, cebada; otros los encostalaban y unos más los acomodaban en las carretas, las cuales luego se dirigían a los vagones enganchados al tren en donde se depositaban.

-El sábado a las siete quiero que estén trabajando así como lo hacen ahora, pero con los silos casi al tope. Cualquier torpeza tuya o de los peones recibirán cada uno cinco azotes con cuerda gruesa mojada. Así que ya lo sabes –le dijo al encargado de los resguardos.

Al día siguiente a las cuatro de la mañana fue a observar cómo distribuían los capataces a los 300 esclavos en los sembradíos a gritos y a latigazos. En cuanto vieron al patrón se esmeraron en gritar más fuerte y asestar con más fuerza sus látigos en las espaldas desnudas de los peones.

-Las cosechas van por debajo de lo normal –le comentaba Herculano al mayordomo o jefe de capataces-, por ningún motivo toleraré que sea más baja que la temporada pasada. Si esto llega a ocurrir te rebajaré a capataz, y si resulta la cosecha por abajo del diez por ciento respecto de la pasada, tu y los capataces se van como peones pizcadores, teniendo que cumplir con las cuotas más altas, que de no alcanzarlas se les castigará cada vez con 15 azotes con cuerda mojada. Así que ya sabes, haz trabajar a la peonada de cuatro de la mañana a las seis de la tarde, con dos descansos de cinco minutos para que tomen su atole –masa agria diluida en agua-.y quince minutos para que coman sus frijoles y tortillas Deberás cuidar que no mueran más de 50 esclavos, de lo contrario te mandaré a cortar 200 pencas diarias de plátano cargándolas hasta la carreta. Ahí, o te partes la espalda o morirás por picaduras de araña. Dicen que hay plaga de araña errante brasileña, la más peligrosa del mundo. Te mueres en pocas horas después de su mordedura. Así que ya saben, ¡a trabajar!

Al día siguiente Herculano recibió una cuerda de cincuenta esclavos, entre ellos, mujeres y niños, cuando enviaban a toda la familia, que por lo regular llegaban diezmadas de la capital de la República en un viaje de diez horas en vagones de tren, carretas, a pie, cruzando ríos, montes y cañadas.

-A ver, lleven a la señora a la cocina, para que junto con las otras cueza el nixtamal, muela en el metate y haga tortillas. Tenemos que hacer miles de tortillas y masa suficiente para los esclavos, sirvientes, capataces y nuestras familias. Los dos niños ya están grandecitos -12 y 14 años-, para que levanten pizcas con cuotas de los mayores. La chamaca –se acercó a ella, le acarició la barbilla- está guapetona y en edad de merecer, llévenla a mi cuarto especial, me atenderá tres meses durmiendo conmigo.  –Diciendo esto, el padre protestó airadamente- “Tu te callas, indio pata rajada, puedo disponer de ustedes como mejor me dé la gana, tú dormirás en otro cobertizo”; “No señor, me contrataron prometiendo sueldo para todos, buen trato, una choza con petates para la familia… “. “Sí como no, indio ladino, el contratista –conocido entre autoridades y hacendados como “enganchador”- te dio un préstamo de diez pesos, te los gastaste en una semana, ahora trabajarás para pagarlos. Ganarás 25 centavos diarios que se te pagarán en especie (camisa y pantalón de manta de baja calidad, huaraches que se acaban cada dos meses, 15 centavos diarios por las tortillas, frijoles y atole de él y su familia), total un promedio de 40 centavos diarios. Tu cuenta crecerá 15 centavos diarios. De aquí nunca saldrás. Por “retobón” esta noche, atado, serás testigo de cómo desfloro a tu indita –Herculano acabó su monólogo con una sonora carcajada.

Los dueños de las haciendas vecinas, celebraban cada mes una reunión entre ellos, turnándose para ser anfitriones. Herculano aprovechó su turno para recibir al español que deseaba comprar una hacienda. Él se retiraría a pasar el resto de sus días a México, acompañado de su familia y las de sus hermanos, de donde una vez salieron a tomar posesión de la hacienda que heredaron de su padre. La comidilla en la espléndida fiesta fue sobre un bandido que asolaba las haciendas para castigar a los hacendados abusones. Las penas podrían ser: despojarlos de sus joyas y dinero –no había bancos cercanos-; ahorcarlos,  así como ellos asesinaban a sus esclavos por nimiedades –la mayor parte por no cumplir con cuotas de trabajo; a veces por faltar al respeto a los mayordomos o al patrón-. Prender fuego al casco –casa principal o mansión de la familia-. Aparte estaban los espacios misérrimos donde dormían los esclavos.

Acordaron de una vez por todas acabar con el “fascineroso” y sus secuaces, que vinieron a perturbar la tranquilidad de la región, ofreciendo a la Policía Rural o Montada del Estado una recompensa cuantiosa. A más tardar en tres meses, según ellos, volvería la paz en las haciendas.

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