Carl Sagan

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Rodolfo A. Echavarría Solís.-

La ciencia es la herramienta más poderosa que ha desarrollado el hombre para comprender el universo y forjar el futuro de nuestra civilización. Además del propio desarrollo científico, es muy importante la divulgación de este conocimiento al mayor número posible de personas. En esta ocasión comentaremos sobre un gran divulgador de la ciencia, quien logró transmitir su pasión a millones de personas.

 

NIÑEZ

Carl Sagan nació en Brooklyn, Nueva York, el 9 de noviembre de 1934. Hijo de una familia de inmigrantes judíos ucranianos. Su padre trabajaba como obrero en la industria textil. Vivían modestamente en un departamento de Brooklyn, con un nivel apenas superior al de pobreza. A pesar de su condición, sus padres –tal como Sagan lo recordaba años después– fueron sus primeros profesores.

Aunque ellos no sabían nada de ciencia, lo introdujeron en la práctica del escepticismo y de las maravillas de los descubrimientos científicos. En 1939 lo llevaron a la Feria Mundial de Nueva York, en donde pudo contemplar una visión del futuro que alcanzaríamos gracias al desarrollo de la tecnología.

A los cinco años su madre le regaló una credencial de la Biblioteca Pública de Nueva York, de la que se convirtió en un asiduo visitante, leyendo libros sobre astronomía y ciencia ficción. El interés de Sagan por las estrellas nació cuando tenía ocho años y llegó a la conclusión de que debía existir vida en otros planetas, los cuales orbitan alrededor de estrellas similares a nuestro Sol.

Ingresó a la Universidad de Chicago, donde se graduó en ciencias en 1954, dos años después concluyó la maestría en física y, en 1960, obtuvo el doctorado en astronomía y astrofísica. Posteriormente, trabajó durante dos años en la Universidad de California en Berkeley. De 1962 a 1968 fue profesor de la Universidad de Harvard y en este año se incorporó a la Universidad de Cornell, donde en 1971 fue nombrado profesor titular. Además, en esta universidad ocupó la cátedra Duncan de astronomía y ciencias espaciales y director del Laboratorio de estudios planetarios.

 

APORTACIONES CIENTÍFICAS

Sagan no fue solo un divulgador científico, sino que realizó también importantes contribuciones a la ciencia. Cuando era todavía un joven veinteañero dedujo que las emisiones de radio que procedían de Venus se deben a temperaturas en su superficie cercanas a los 500 grados Celsius. En los inicios de su carrera ofreció una explicación a las variaciones en el color de las imágenes obtenidas de Marte.

Estuvo fuertemente involucrado en las misiones no tripuladas para explorar Marte y otros planetas. Fue parte importante del grupo de científicos que enviaron las sondas espaciales Voyager 1 y 2, las cuales viajan más allá del Sistema Solar. Además, la NASA lo invitó para seleccionar el contenido del disco de oro que llevarían estas sondas.

En este disco figuran saludos en 60 lenguas humanas, el canto de una ballena, un ensayo sobre la evolución, 116 fotografías de la vida en la Tierra y 90 minutos de música de diversas culturas terrestres. Los científicos calculan que el disco puede durar mil millones de años (para darnos una idea de este lapso de tiempo podemos anotar que hace mil millones de años las formas de vida más avanzadas en la Tierra eran bacterias). Así que cuando nuestro planeta haya cambiado por completo, y quizás ya no sea habitable, una civilización en un punto lejano de la galaxia podrá conocer el nivel cultural y científico que alcanzamos.

 

DIVULGACIÓN DE LA CIENCIA

Sagan escribió más de 600 artículos científicos y de divulgación, además de una docena de libros. En 1978 produjo la serie de televisión “Cosmos”, quizás el mejor proyecto de divulgación científica realizado hasta ahora, la cual ha sido vista por más de cuatrocientos millones de personas en 60 países. En 1980 publicó el libro homónimo, el cual se mantuvo en las listas de los más vendidos durante meses.

En 1978 recibió el Premio Pulitzer por su libro “Los dragones del Edén”, sobre la evolución de la inteligencia humana. En 1977 impartió la conferencia de Navidad de la Royal Institution de Londres (establecida por Michael Faraday). Apoyó de forma muy importante el uso de radiotelescopios para detectar señales de vida extraterrestre.

Sagan combatió toda forma de superstición como los horóscopos, las brujerías y las abducciones por extraterrestres. Advirtió sobre el pobre nivel cultural de la población en general. Luchó incansablemente por la promoción de la ciencia y la tecnología, transmitiendo su pasión por estos temas de una forma como nadie lo había hecho.

En la época de la Guerra Fría, y en los años posteriores, llevó a cabo una campaña para la eliminación de las armas nucleares. Participó en la creación de un modelo que muestra el futuro que le esperaría a nuestro planeta después de una guerra atómica, llamado “el invierno nuclear”. Advirtió sobre los efectos del cambio climático y apoyó los estudios realizados por el científico mexicano Mario Molina. Sagan escribió la introducción del famoso libro “Breve historia del tiempo”, de Stephen Hawking.

 

VIDA PERSONAL

Sagan se casó con Lynn Margulis en 1957 y, tras divorciarse, volvió a contraer nupcias con Linda Salzman en 1968. Sin embargo, encontró a su pareja ideal en Ann Druyan, con quien compartió su pasión por la ciencia. Carl Sagan y Ann Druyan se conocieron en 1974 en una cena en Nueva York. Sin embargo, él estaba casado y ella comprometida.

Empezaron a trabajar juntos y, varios años después, en una ocasión en que ella le llamó para tratar un tema relacionado con la música que llevarían las sondas Voyager, tras una breve conversación, Sagan le propuso matrimonio y se casaron en 1981. A ella le dedicó su libro Cosmos, con la hermosa frase: “En la enormidad del espacio y en la inmensidad del tiempo mi alegría es compartir un planeta y una época con Annie”.

 

FINAL

Todo parecía ir perfecto en su vida hasta que, una mañana de finales de 1994, su esposa descubrió una mancha de color negro azulado en el brazo de Sagan. Después de varios análisis, los médicos le detectaron mielodisplasia, una enfermedad sobre la que se sabía muy poco en ese tiempo. El diagnóstico fue devastador: le quedaban seis meses de vida.

Sagan se sometió a un trasplante de médula ósea (donada por su hermana Cari) y, con varias temporadas en el hospital, pudo sobrevivir un par de años más. Su esposa recuerda el aviso de que el final estaba cerca: una noche de finales de 1996, al sentarse a la mesa a cenar, Sagan le confesó que no tenía apetito.

Sagan no creía en la existencia de un Dios ni en la vida más allá de la muerte. Incluso en sus últimas horas mantuvo sus principios de que únicamente importaba lo cierto y comprobable, no aquello que consideraba que sólo nos hacía sentir mejor. Carl Sagan falleció el 20 de diciembre de 1996, a los 62 años, rodeado de su esposa y sus hijos. Aunque no profesó ninguna religión, miles de personas de distintas creencias en todo el mundo oraron por su alma.

 

LEGADO

Al concederle su premio más importante, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos afirmó: “Nadie ha conseguido nunca transmitir las maravillas ni el carácter estimulante y jubiloso de la ciencia con tanta amplitud como lo ha hecho Carl Sagan. Su habilidad para cautivar la imaginación de millones de personas y para explicar conceptos complejos en términos comprensibles constituye un magnífico logro”.

Para finalizar, quiero compartir unas palabras de Ann Druyan: “Estoy rodeada de cajas llenas de cartas procedentes de todo el planeta. Son de personas que lloran la pérdida de Carl. Muchas le atribuyen su inspiración. Algunas afirman que el ejemplo de Carl las indujo a trabajar por la ciencia y la razón contra las fuerzas de la superstición y el integrismo. Esos pensamientos me consuelan y alivian mi angustia. Me permiten sentir, sin recurrir a lo sobrenatural, que Carl aún vive”.

 

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