Buenas intenciones presidenciales en salud

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Ciriaco Navarrete Rodríguez.-

El presidente López Obrador a diario insiste en sus buenas intenciones en materia de salud pública, lo cual es plausible, sin embargo, los rezagos ancestrales siguen causando serias afectaciones en la población vulnerable, la cual está integrada por más de 50 millones de compatriotas que corren el riesgo de que se les agudicen sus padecimientos, con la posibilidad de que pudieran sufrir consecuencias fatales.

A esa realidad, hay que agregarle el amiguismo y el tráfico de influencias, además de la irresponsabilidad de las y los trabajadores del Sector Salud, que de alguna manera siguen faltando al cumplimiento de sus labores facultativas, y esa realidad, la pude comprobar el día nueve de agosto del presente año 2019, cuando me sentía muy afectado de mi salud y acudí a clínica familiar del Issste donde debo ser atendido médicamente, porque soy maestro jubilado de la SEP, derechohabiente de ese Instituto, con pleno derecho debo ser atendido en ese Instituto.

La trabajadora responsable de realizar la lista de las consultas, lamentó no poderme asignar ante ningún médico, en el turno vespertino, de ese día viernes, de manera que la amable trabajadora me aseguró que no asistieron tres facultativos. De manera que, con todo y mis agudas molestias me tuve que esperar a conseguir consulta hasta el día lunes 12 de los corrientes.

Lo igualmente preocupante, ha sido, la carencia de medicamentos que desde hace varios años se ha venido observando y resintiendo en el Issste y aunque ahora ya sabemos que se debió a la creciente corrupción presidencial del pasado, desafortunadamente, no se sabe con precisión en cuanto tiempo se resolverá ese serio, muy serio y delicado problema, porque a decir verdad, ya está causando la muerte de muchos compatriotas.

Para colmo de males, regresé para recluirme en mi hogar, pero me encontré con la novedad de que, por motivos de las reparaciones que estaba realizando el personal de la CFE, según el informe recibido en el teléfono 071, se había cortado el servicio eléctrico y se volvería a proporcionar, como se hizo, al derredor de las 18:00 horas.

Lo mismo sucedió en la última semana del mes de julio anterior, pero no deja de ser muy molesto, sobre todo en esta temporada veraniega de intensos calores, que estamos padeciendo los victorenses.

De manera comparativa, y debido a que somos vecinos de la primera democracia del mundo, que por cierto es la mejor acabada, y que es precisamente la norteamericana, quienes conocemos a fondo la legislación democrática de los Estados Unidos de América, sabemos que de su Constitución se deriva un brillante Estado de Derecho, que no es vulnerable a los caprichos de sus gobernantes, como sucede en México.

Allá si se aplica la Ley, en todas las materias gubernamentales, y si bien es cierto que muchos empleadores violan los derechos humanos de los migrantes ilegales, no lo hacen con sus connacionales, porque se exponen a sufrir severos castigos.

Y aunque el derecho internacional protege a los migrantes ilegales, por ignorancia de ese derecho, por el hambre suya y la de sus respectivas familias que dejan en sus países de origen, prefieren sufrir los malos tratos y lo pagos pírricos que reciben por su trabajo, porque el salario es mucho mayor al que podrían recibir en sus países de origen.

Eso significa, que, aunque los trabajadores indocumentados sean aptos para ganar salarios altos, se tienen que conformar con el salario mínimo, por otra parte, si logran empleo en el Estado norteamericano de California, se sienten afortunados porque allá se pagan 15 dólares por hora trabajada, de tal manera que por ocho horas laboradas alcanzan el equivalente a 120 dólares por día, cantidad que convertida a pesos mexicanos equivale a dos mil cuatrocientos pesos diarios.

Los salarios como ese, y más elevados, solamente se ganan, legalmente, en las siete únicas democracias del mundo, lo cual me recuerda un hecho anecdótico, cuando, en una ocasión, por curiosidad, un compatriota residente en la ciudad de México, cuando comía en un restaurante de Laredo, Texas, intrigado por el origen del mesero que lo estaba atendiendo, le preguntó por su país de origen, y le respondió: yo soy de Corea del Sur.

El interrogante, intrigado por la respuesta, le volvió a preguntar la periodicidad con la que iba a visitar a sus familiares, y el mesero, amablemente contestó que los visitaba dos veces por año, pero esa respuesta dejó incrédulo al cuestionador, y como yo lo acompañaba en esa comida, se dirigió a mí, y me dijo, que sencillamente no le creía.

Fue entonces cuando me sentí con la obligación de decirle que debía creerle al mesero, porque sus ingresos diarios en nada se parecen a lo que percibe un mesero mexicano, porque, además, nuestra moneda, siempre está expuesta a los embates de las devaluaciones frente al fuerte valor del dólar.

Ese compatriota, que interrogó al mesero en comento (que en paz descanse), fue un periodista acaudalado, que jamás entendió las causas de las constantes devaluaciones del peso mexicano, lo cual es comprensible, porque su idiosincrasia de hombre adinerado se ajustaba muy bien, a aquella sabia conseja popular que reza: “Ojos que no ven, Corazón que no siente”.

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