Sobre sexualidad y educación

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Mariana Castañón.-

No recuerdo bien el momento exacto en donde puedo decir con firmeza que empecé a recibir lecciones sobre sexualidad. Sé que alrededor de cuarto o quinto año de primaria, por primera vez conocí el cuerpo humano a través de unas ilustraciones de niños bañándose en mi libro de Ciencias Naturales. En primero de secundaria, una maestra de Biología nos permitió dedicar una clase entera a todas esas dudas que teníamos acerca del sexo, pero nuestra limitada visión de lo que abarca la educación sexual nos privó de hacer preguntas más importantes, quizá, que aquellas únicamente relacionadas al coito. Durante el resto de la secundaria y la prepa, en más de una ocasión, dependientes de gobierno visitaron nuestros salones para darnos presentaciones sobre anticonceptivos, regalarnos condones y dejarnos cargar un bebé motorizado y llorón. Estos tres momentos definieron la sexología que recibí durante mis años formativos. Hoy sé que en realidad, no recibí una verdadera educación sexual, sino clases de biología y de cómo evitar tener hijos.

Aunque mi educación sexual dejó mucho que desear, sé que estuve más privilegiada en este tema que muchas otras personas aquí en México. Por lo menos puedo decir que recibí las lecciones básicas, pues hay quienes, ni siquiera eso. Ya que en nuestro sistema educativo no existen asignaturas dedicadas a esta materia, nuestro conocimiento sobre sexualidad termina por depender prácticamente sólo de la voluntad de los profesores, la apertura de nuestros padres, la prueba, el error y el Internet o el porno. Es por esto, que a muchos nos pasa que gracias a la poca información que recibimos del tema, no empezamos a llevar una sexualidad consciente hasta años después de haber iniciado la vida sexual (una vez que aprendimos lo debido mediante la experiencia u otros factores), y en el peor de los casos, este tipo de sexualidad no llega nunca.

La educación sexual sin autoconocimiento, diversidad, sin el acceso a la información, poco entendida desde la promoción de la salud y la alegría, no es una verdadera educación sexual, son solo clases para evitar los embarazos prematuros.

Seamos realistas. La fórmula para no tener hijos fuera de la planeación familiar ni ETS es simple: usar protección. Basta una sola clase de anticonceptivos para entender cómo cuidarnos de estos dos riesgos centrales. Sin embargo, ya en la práctica, esta escueta fórmula “proveedora de salud sexual” se queda sumamente corta cuando busca protegernos de los peligros relacionados a las diversas prácticas erótico-afectivas que realizamos los humanos.

 

¿Qué me hubiese gustado aprender antes de haber iniciado mi vida sexual?

 

Empecé a tomar antes de empezar a tener relaciones sexuales. Y recibí “educación” para ambas cosas, pero nunca una intersección entre ambas lecciones. En la escuela y en casa, me enseñaron que no debía de tomar, ni tener sexo. Pero, que si hacía alguna de las dos cosas, debía de hacerlo responsablemente, (así, sin más explicaciones). Nadie me enseñó que si un chavo intentaba obtener algún encuentro sexual cuando tú estabas demasiado alcoholizada, era un abuso. Nunca lo vi así, porque según lo que se esperaba de la conducta sexual masculina -generalmente vista como incontrolable- y la conducta sexual femenina -como objeto inamovible de deseo-, esa interacción no hubiese podido terminar de una forma inocua. Y, como nos dijeron que no debíamos tomar o fornicar, no hubo quién se aventara la chamba de ir más allá de esa prohibición y nos enseñara qué hacer y cómo mantenernos seguros en caso de que se presentara dicha situación.

La segunda lección que me hubiese gustado saber antes, tiene que ver con la importancia del consenso. Tuve clases en donde me dijeron que me abstuviera de tener relaciones sexuales porque era peligroso, malo, porque era mejor esperarme al matrimonio o simplemente porque estaba muy joven. Pero si los valores judeocristianos no te hacen efecto, si dentro de tu propia ética no concibes la sexualidad como algo malo y según tu educación, tener sexo no es peligroso mientras utilices anticonceptivos, estos consejos terminan por mandarse a volar. A mí me enseñaron a decir “no” porque era “lo correcto”. Pero, nadie me habló jamás de mi derecho y capacidad de finalizar una relación sexual en el momento en el que me sintiera incómoda. Nadie me enseñó a no sentirme culpable por no terminar lo que había empezado. Que si tienen que insistirte demasiado para tener sexo, si hay coacción, chantaje, mentiras y manipulación entonces lo que te está sucediendo no es consensuado y no es sano. Jamás se me explicó cómo evitar llevar una sexualidad complaciente y androcentrista, aprendiendo a considerar, antes que nada, mis propios deseos, mi seguridad y mi comodidad.

Interiorizando correctamente las dos lecciones anteriores, unidas a las de la materia de biología, ya tenemos ganada la salud, la seguridad, el deseo y el consenso; pero aún existen muchos peligros y cosas que pasamos por alto con respecto a nuestra sexualidad. Vale, sabemos qué anticonceptivos existen, ¿Pero quién nos preparó para tener una disputa con el machito que no quiere utilizar condón? ¿Quién nos explicó, en serio, por qué no debemos de tomar pastillas del día siguiente como dulces? ¿Quién se tomó el tiempo de hablar sobre la importancia de no educarnos en la pornografía? ¿Nos dieron clases para aceptar nuestro cuerpo, sin importar el tamaño de nuestros miembros y nalgas? ¿Nos dijeron que tenemos que ir al baño después de tener sexo para evitar infecciones? ¿Que nadie, ni hombres ni mujeres, están obligados a depilarse sus partes íntimas para tener sexo si así no lo desean?  ¿Quién habló de que cumplidos del tipo “eres muy madura para tu edad” de hombres mucho mayores, de romántico no tiene nada y de predatorio todo? ¿Que el orgasmo femenino, casi siempre, poco tiene que ver con la penetración? Uy, ni hablemos de menstruación. En clase los chicos hablaban de ese fenómeno como si fuera de otro mundo. Nos enseñaron que era normal tener cólicos tan fuertes que te desmayas, cuando en realidad, es una alerta rojísima para nuestro cuerpo.

Hay tantas cosas que no aprendí. Cosas para las que ni siquiera todas las entradas en Google fueron capaces de prepararme para enfrentar. Porque hubo tabús, porque no tuve guías, porque tuve a la vez todo y nada en cuanto a acceso a la información. Y hoy, revisitando todo aquello, puedo decir que me hubiese gustado tener una educación sexual ética y no moralista. Una en donde se me hablara de la sexualidad como se vive en la vida real. Como la vivo hoy, con los problemas que me encuentro hoy. Una que informara para darme seguridad y no miedo, que me llenara de información para poder hacer elecciones más conscientes, una que no me hiciera sentir culpa por sentir deseo, por ser mujer, por no tener un cuerpo perfecto, por tener y por no tener experiencia. Me hubiera gustado aprender desde un principio todo lo que sé hoy. Quizá, sólo así, desde el autoconocimiento, la reflexión y el autoestima, hubiese alcanzado desde un principio el bienestar sexual por el que velaban mis padres y mis maestros.

 

Ojalá que esto pueda ayudar a alguien a recibirla a tiempo 🙂

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