¡Una fe inquebrantable!

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Lilia García de Arizpe.-

Sabiduría eterna: “La fe es como aferrarse a lo que se espera, es la certeza de cosas que no se pueden ver”

Hebreos II-I

 

Aire perfumado, alegría continua, cabellos al viento, la bicicleta estaba de moda, Ligia se sentía entera y feliz en ella. Corre el año 1942, y todas o casi todas las adolescentes de esa época, se dejaron fascinar por esa moda, que se impuso a partir de las películas de Diana Durbin, artista juvenil de aquella tormentosa época en Europa Central y Rusia;  Alemania Nazi sacrificaba judíos como si fueran pulgas, y dominaba nación tras nación de Europa aún faltaban tres años para que la Segunda Guerra Mundial diera sus últimos estertores, pero los jóvenes de América, (salvo los ejércitos de Norteamérica) se deleitaban viendo películas inspiradoras de alegría, en las que los amores juveniles sobresalían; ¿Pero habría apuro de guerra en el México de 1942? ¡No, todo lo contrario!, los jóvenes se divertían y los mayores pegados a los radios para oír la última noticia de la guerra y hablar de la interminable crisis, parecían vivieren en mundos opuestos.

Estábamos los jóvenes inmersos en los estudios, en las carreras, y la alegría se desbordaba por las calles de una Ciudad norteña, famosa por su buena educación y su saber;  y de allí surgían innumerables grupos de jovencitas sobre todo adolescentes que miraban la vida con despreocupación y salían por grupos a pasear en bicicleta, después de clases, y recorrían la ciudad y terminaba el paseo en el Centro Alameda, lugar de reunión que despachaba refrescos y golosinas. Ligia después de sus tareas de estudio, salía acompañada de varias amigas a recorrer la alameda y el paseo terminaba en el alegre Centro Alameda, lugar de reunión de todos los estudiantes varones, que procedían algunos de varias regiones del Estado. Ligia sacó su espejito, se mordió los labios para que enrojecieran y se pellizcó las mejillas, aún no las dejaban pintar en su casa y recurría a semejantes trucos, y se preguntaba… ¿vendrá Alfredo?

A todas las chicas les gustaba Alfredo Verduzco, nativo de un pueblo fronterizo que se llamaba Madrid; era un chico serio, guapo que compartía con todas, pero no tenía amiguita predilecta, era estudiante del Ateneo, y todas sus esperanzas eran convertirse en sacerdote, por lo cuál todas las jovencitas lo trataban con respeto por vocación, se comunicaba con todas pero a nadie prefería, después del refresco cada muchacho acompañaba a su casa a la dueña de la bicicleta, y de allí, brotaban muchos amoríos juveniles, hoy Ligia oyó que Alfredo le decía…

-¡Ligia, te llevo la bicicleta y te acompaño a tu casa!

-¡Qué bueno, gracias Alfredo! Y el centro Alemanda así como se veía lleno de juventud, a determinada hora se vaciaba y languidecía.

Se fueron platicando, Alfredo un joven de 17 años, Ligia una jovencita de 14. Él platicó de sus estudios y de la esperanza de convertirse en sacerdote, Ligia lo escuchaba con atención y sonreía, Alfredo era su amigo y le respetaba su decisión; llegaron a la casa de Ligia y él le entregó la bicicleta, se despidió de ella y le sonrío, luego dijo:

-Mañana me iré a México, para ver lo del seminario, que “Dios te bendiga Ligia”… y se fue…

Ya no se volvieron a ver, Ligia creció, se casó, formó un hogar, y en sus ratos de soledad pensaba en Alfredo, pero aún así ya no supo si había hecho realidad su sueño, y los años pasaron; Ligia formó una familia, y un día fue a la presentación de un libro, el escritor era un fraile franciscano; era un amable fraile de barba blanca y voz reposada, su cabeza era lisa, y el único pelo que tenía era la barba. Ligia tomó un libro de versos y en la biografía del autor venía que era de la Madrid, curiosa le preguntó al autor

-¿Padre, conoce Usted a Alfredo Verduzco?

De inmediato fray Jerónimo la vio con atención y le dijo

-¿Tú quien eres?, ¡Yo soy Alfredo Verduzco! – Y la miraba con atención para descubrir quién era Ligia… ¡Ninguno de los dos se conocieron! Ligia escapó de allí tan pronto pudo y su desconcierto no tenía fin… Cincuenta años de no verlo habían hecho su labor, en aquel fraile poeta tan distinto del Alfredo que ella conoció, pero se alegró de verlo y saber que había logrado su propósito… ¡ahora era un respetado fraile, y según decían el libro había escalado puestos principales en su vida sacerdotal!…

Había logrado ser catedrático de Teoría Literaria en la Escuela Normal Superior Benavente en Puebla, y en Universidad Intercontinental de México, Comisario de Tierra Santa y residía en  Fraternidad de San Fernando Rey de Castilla.

Tenía en su haber religioso más de once libros, en todos ellos, mencionaba su gran amor a su carrera eclesiástica. ¡Había logrado su propósito, ser fraile de la Orden Franciscana menor, Ligia íntimamente se alegró y se felicitó por nunca haber provocado en él una amistad más íntima, definitivamente Alfredo se había aferrado a su fe, y consiguió su objetivo.

Dos años después del último encuentro Ligia supo que un carro lo había atropellado y a consecuencia de eso murió.

¡Ahora está donde él anhelaba, en la compañía de Dios. Del romancero Fray Sebastián de Aparicio, obra de Alfredo Ligia copió en su diario como un homenaje al amigo de su juventud.

Caminante si hay camino.- Yo soy el camino, la verdad y la vida. Jn.14.5

Caminante, si hay camino

No caminemos a ciegas

Mi camino tiene nombre Cristo, mi rumbo y mi meta.

Ligia cerró su diario y dijo para sí… ¡Que Dios te bendiga!