El doctor y general Ignacio Martínez Elizondo

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Octavio Herrera Pérez.-

Luego de hacer una jocosa alusión de una clásica actitud oficial mexicana, de barrer la calle antes de la llegada de un personaje importante, que esta vez se trató del bacheo de la carretera estatal que separa al ejido La Soledad de la villa de San Carlos, el Presidente de la República preguntó a un auditorio pletórico armado junto al hospital rural localizado en ese lugar, que si alguien conocía quién era el doctor Ignacio Martínez, a propósito de un personaje ligado a las lides sociales de la medicina, objetivo de la gira del primer mandatario. Pero, sorprendentemente, apenas una sola de todo aquel abigarrado número de personas aseveró saber de quién se trataba, con lo que el Presidente remató afirmando, con absoluta razón, que uno de los graves problemas que acarreamos los mexicanos es no tener conciencia histórica. Ah, claro, podemos saber todos los nombres de los futbolistas del momento, o bien los chismes de la pésima farándula artística televisiva, pero de las referencias de los procesos y actores que han construido nuestra nación apenas tenemos alguna noción. Claro, destacan algunos próceres mayores ligados a las grandes gestas que se han convertido en fiestas nacionales, pero apenas se tiene idea de la trascendencia de sus actos. Esto revela una profunda deficiencia en los métodos de la enseñanza básica, pero también en un deliberado intento institucional, hasta fechas recientes, de aligerar, sino es que desvanecer, toda memoria de pertenencia nacional, en aras de una supuesta visión global de México frente al mundo.

La cuestión que deseaba remarcar el Presidente era que el doctor Ignacio Martínez Elizondo era un personaje oriundo precisamente de San Carlos, donde nació en 1844. Y hasta se dio el lujo de señalarles que la calle que bordea la Plaza de Armas lleva su nombre. Efectivamente, Martínez vio la primera luz en este lugar, desarrollando en su juventud la carrera de medicina en la ciudad de Monterrey, teniendo como mentor a Eleuterio González, el célebre médico tapatío venerado en Nuevo León por su entrega a la noble causa de aliviar el dolor humano. Fue testigo de la intervención francesa, enrolándose en el bando correcto, no en las huestes del traidor gobernador Santiago Vidaurri, que prefirió conservar sus intereses, sino en las filas de la República agraviada, donde se desempeñó en los cuerpos de la asistencia médica de guerra. Esta actividad lo llevó a participar en varios escenarios políticos del país, ligándose a la facción militar del general Porfirio Díaz, a quien apoyó en las rebeliones de La Noria y Tuxtepec, ambas pronunciadas bajo la bandera de “Sufragio Efectivo, No Reelección”.

Sin embargo, ya en el poder, y tras el interludio del general tamaulipeco Manuel González en la Presidencia de la República, el general Díaz retornó al poder para ya no dejarlo, legitimando la reelección presidencial. Ese fue el punto de quiebre de la lealtad del doctor Martínez al antiguo caudillo ahora encumbrado, para lo cual se autoexilió en el sur de Texas, desde donde, con la facilidad de su pluma, fundó varios medios de prensa escrita, en los que denunciaba al régimen porfirista. En Brownsville editó el periódico “El Mundo” en 1884 y dos años más tarde se le atribuye la redacción del Plan Restaurador del Orden Constitucional, en el que proyectaba el respeto al orden legal del país, a la libre competencia democrática y a impedir la entronización de Díaz en la presidencia y de la élite que lo apuntalaba, dedicada a un férreo control político del país y a la depredación de su riqueza. En torno a sus ideas, el doctor Martínez conglomeró a muchos opositores al régimen, como Catarino Garza y Paulino Martínez, que más tarde se aventurarían a tratar de iniciar un movimiento revolucionario en México. Algo en lo que Martínez hubiera participado, de no haber sido asesinado en Laredo, Texas, el tres de febrero de 1891, a donde se había mudado para estar más activo en su lucha contra Díaz. Y aunque su crimen quedó impune, era voz pública que los testaferros que lo acribillaron sobre su buggy lo habían hecho por órdenes del general Bernardo Reyes, gobernador de Nuevo León y virtual procónsul del general Díaz en el noreste mexicano.

Se sabe que el doctor Martínez era buen médico y de armas tomar. Hizo una fortuna como galeno, que le permitió viajar por Estados Unidos, Europa y África, de lo que dejó sendos y bellísimos libros ilustrados. Eso habla de su buen gusto y visión universal de su tiempo. Lamentablemente, en Tamaulipas apenas tenemos recuerdo de sus aportaciones al pensamiento político y en pro de la democracia mexicana, como de manera abierta lo constató el propio Presidente de la República.

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