¡Eso ya pasooó!, Chuuucho

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Eduardo Narváez López.-

Un día llegó a la empresa de su hermano Humberto, fresco, sonriente; se presentó ante cada uno de sus futuros compañeros de trabajo: Jesús Canto Salazar, de baja estatura, no pasaba del 1.60, 65 años, cabeza típica yucateca, descendiente directo de maya, en tanto don Humberto poco más de 1.85, también sociable, abierto. Chucho, hombre muy inquieto, rechazó sentarse detrás de un escritorio. Había pasado mucho tiempo sentado en un banquito frente a una mesa de zapatero, diseñando y fabricando zapatos. En este, su nuevo trabajo, se asignó su rol: hacer los depósitos a los bancos; así como recoger el dinero de la nómina, los sábados temprano, para lo cual Lupita, la eterna secretaria de don Humberto, le proporcionaba la lista con la denominación de los billetes y monedas.

Ya en el banco, Chucho saludaba a todos los empleados con la típica tonada de su tierra y exagerada amabilidad. A las muchachas, de abrazo y beso. Esa afabilidad la adquirió en su trato con las artistas, quienes le encargaban la hechura de zapatos artísticos: de bailables regionales, para tap-tap, gitanerías, ballet clásico. Aprendió el oficio en una fábrica de zapatos de Mérida.

Cuando joven, vino a México con su madre adoptiva, doña Tachita –lo adoptó a los seis años, a la muerte de sus padres; lo crió junto con su nieto Humberto-. Chucho al no encontrar un trabajo bien retribuido, colgó un anuncio en la ventana del departamento de renta congelada que le traspasaron en pleno centro en la calle de Artículo 123, cercano a la XEW, la que tenía muchos programas en vivo con los artistas del momento. Parte de ellos rondaban los alrededores o también trabajaban el Teatro Margot, después Teatro Blanquita. Una tiple que participaba en las revistas le encargó unos zapatos especiales para la bamba y zapateados. Satisfecha, recomendó a Chucho, que de pronto no se daba abastó para atender los pedidos. Le encargaban zapatos para vestir artistas famosos, como Mauricio Garcés, Tongolele, Enrique Rambal y muchos otros. Se rehusaba a contratar empleados, según él, porque no lo harían con la minuciosidad y el amor con que él los elaboraba; finalmente tuvo que ceder y contrató a seis que los dirigía meticulosamente. Hubo artistas que le pagaban de cinco a diez veces más el precio fijado por él. No faltaba quién lo compensaba por no divulgar que él los había manufacturado; para poder presumir que los habían adquirido en las mejores boutiques de Europa, durante sus supuestas giras.

De su imaginación y manos salían verdaderas obras de arte, por ello olvidó darse tiempo para formar un hogar; se casó a los 45 años con doña Catita de 38. No tuvieron hijos, sin embargo en ocasiones Catita cuidaba a los hijos de don Humberto, cuando este salía de viajes de placer con su esposa. Vinieron tiempos de bajas en el crecimiento económico del país y por tanto en la manufactura de zapatos. Su hermano adoptivo, don Humberto López Cervera, había triunfado en los negocios y ahora se dedicaba a la venta de artículos electrodomésticos en abonos. Así llegó don Chucho a la empresa de su hermano, en donde era la mar de amabilidad y servicial. Ofrecía “un raid” a las muchachas en su coche viejo, pero tan amplio para acomodarse hasta cinco jovencitas atrás, y una adelante, entre doña Cata y él. Doña Cata sufría de celos y por las distracciones de Chucho, que cerraba los ojos cuando rozaba las piernas de Olga con el pretexto del cambio de velocidades: -Chuuucho, mete las velocidades, ya vi que te quedas en la segunda para  estar agarrándole la pierna a Olga; y tú, muchacha, ya verás con tu novio ahora que lo sepa, yo me encargaré de ello. Chucho, arrímate a la orilla para reacomodarnos, yo junto a ti. En casa vas a ver cómo te va a ir.

-Chuuucho, no te cruces, no vaya a ser que te llegue aquel coche que viene sobre la avenida.

-¡Ay Cata! Si viene a tres cuadras de nosotros.

Después de un rato Chucho agregó: “Cata, a la otra calcula bien a qué distancia vienen los coches”. Extrañada doña Cata, reaccionó al comentario: -¡Aaay, Chuuucho!, eso ya pasó hace tiempo. Ahora estamos en otra cosa. Prende las direccionales que vas a dar vuelta en la siguiente.

-¿Antes de cien metros quieres que las ponga? “Pues sí, porque luego se te olvida. A propósito de olvidos, dale vuelta en ‘U’, porque al bajar Olga, para reacomodarnos, arrancaste y se quedó sin subir”

-Tú le has de haber cerrado la puerta adrede, ya te conozco cuando te pones celosa.

-¿Celosa yo, a tu edad Chuuucho?… Y ya deja de decirme Cata delante de las muchachas. Dime Catita, como acostumbras.

-Chuuucho, no voltees hacia atrás a platicar con las muchachas, fija tu mirada al frente y a los lados que acabaremos por chocar o atropellar a una cristiana.

– ¡Ay no! No vuelvo a venir por ti… o mejor sí, solo, eres capaz de no ver al tranvía y te estrelles contra él.

Habían partido de las oficinas a las siete y llegaron exhaustos a su departamento a la nueve de la noche. Afuera del edificio esperaba una antigua artista ya retirada y su esposo, a la que Chucho y Cata habían invitado a cenar.

-Han de perdonar ustedes, pero ya ven lo duro que es para mí hacerla de copiloto de Chucho. Ahora más que dio “raid” a varias compañeras. Pasen y siéntense, mientras caliento la cena.

Hasta la cocina oía doña Cata las carcajadas de los tres. Envidiosa porque Chucho los entretenía tan bien; decidió relevarlo.

-Ya calenté la cena Chucho. Te toca a ti servirla y poner la mesa. Chucho obedeció en cuanto Cata hizo un movimiento de cabeza para que fuera a la cocina.

En la sobremesa, Cata cortaba cualquier intento de Chucho de tomar la palabra, sabedora de que una vez que lo hiciera no pararía hasta entrada la noche.

-¿Te acuerdas “Mónica, La Exótica” -comentaba Cata-, cuando saliste al escenario y te mantuviste en una pequeña área, porque te quedaban chicos los zapatos, pues el distraído de Chucho te dio el par equivocado?,  ¡jajaja!, pero los hombres estaban extasiados con tus movimientos lascivos y contoneos en tan reducido espacio.

-Oye Catita -preguntó Mónica-, te acuerdas cuando convenciste a Chucho de contratar empleados.

Chucho tenía tiempo de alzar la mano para intervenir, hasta que Cata le concedió la palabra.

-Hubieran visto cuando la “Tango Lela” a cada paso se le salían las zapatillas que hice para “Mónica la exótica”

Rápido, dispuesta Cata a no dejar continuar a Chucho, lo amonestó:

-Por Dios Chuuucho, eso ya pasó, pon atención, ya estamos en otra cosa. Si no sigues la plática, mejor te vas a dormir.

Don Humberto emprendió otra clase de negocios. Estableció un par de restaurantes construidos a un lado de su edificio de condominios. Tenía éxito con sus platillos yucatecos. Ahí también se acercó a colaborar don Chucho en lo que fuera; se había recrudecido la crisis en el país. Antes se escuchaba comentar a la gente sobre las conquistas de la revolución; ahora para atrás. Se emitió un decreto relativo al descongelamiento de las rentas. Don Chucho y Catita tuvieron que rematar sus muebles finos, testigos mudos de sus tiempos de gloria. Yo les compré un espejo enmarcado en fina madera labrada estilo rococó en una base con patas de león y jardinera; así como un gabinete-cantina, los cuales a la fecha se conservan como nuevos. Mi amigo Manolo les dio la recámara más grande, acogedora y con vista a la calle, de su casa de huéspedes.

Don Chucho, no obstante las reiteradas invitaciones para que don Humberto lo pensionara, se rehusaba; allá iba con su paso cansino a cumplir con sus deberes, entre otros secar platos y cubiertos, traer los insumos de la bodega-alacena. Tuvieron, ya no que pedirle, sino exigirle su retiro con pensión.

En casa no quería permanecer ocioso y se ofrecía a traerle los mandados a Catita. Tardaba horas en regresar con lo que podía cargar en una bolsa de lona. En ocasiones los vecinos iban a la casa de huéspedes, para avisar de las caídas de don Chucho en la calle. Como las tortugas que caían boca arriba, tardaba en reincorporarse y a veces ni eso. Podía más la dignidad de sentirse útil. Ahora se quedaba a hacer la limpieza de la recámara. Un día se fracturó la cadera y cayó en cama para no levantarse nunca.

Chucho nos dejó el recuerdo de su buen humor, sus chanzas, sus afectos, y sobre todo de su dignidad y amor al trabajo. Aún, después de 20 años de su desaparición a la edad de 95 años, cuando alguien no sigue la plática por distracción y dice algún despropósito, le replicamos como doña Cata a don Chucho: “¡Eso ya pasóoo!, Chuuucho, ya estamos en otra cosa, pon atención” o bien “A qué viene eso Chuuucho, sé congruente con lo que comentamos”.

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