Contumaz en las apuestas

0
37
Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos

Eduardo Narváez López.-

Nasiff Said, un inmigrante árabe que llegó a México a principios de los años veinte, encontró acomodo en una de las famosas fábricas de casimires del estado de Hidalgo. Trabajó con entusiasmo y dedicación, de tal manera que llegó a ser el subgerente de la empresa. El gerente, como premio a su constancia, le compró al doble las acciones que había adquirido de la empresa, para que abriera su propia negociación. Fuera de reunirse con sus paisanos a platicar de negocios, de sus familias y de practicar sus juegos, nada lo distraía de su adicción al trabajo. Los paisanos acordaron reunirse, turnándose en cada una de sus casas. El anfitrión proponía los juegos de entretenimiento. Unos tenían billar, otros una alberca, y casi todos, muebles para juegos de mesa como ping pong; damas chinas, ajedrez o dominó; o de azar, como los dados, la ruleta o el póker. Cuando se jugaban estos últimos, Nasiff participaba como espectador un rato y después se retiraba. Sus amigos lo animaban insistentemente: -Lo único que juegas es a la lotería y has tenido suerte sacándotela dos veces; muchos dicen que de ahí lograste instalar tu fábrica de textiles. ¿Por qué no pruebas suerte con el póker o los dados? Chance y te hagas de nuestras fortunas.

-Mi fábrica la puse gracias a mi trabajo de muchos años. Cierto que la lotería hizo que reforzara mi negocio con máquinas modernas, pero más fue con lo primero, Abdulá, no jodas. Yo sé lo que hago, sé que las probabilidades para que uno se saque la lotería son de una en miles, y que los juegos de azar acaban con las riquezas reunidas por muchos años y sacrificios, y no insistas porque me voy ahora mismo.

La casa de Nasiff estaba desprovista de dichos enseres, por lo que los invitaba al casino, en donde la mayor parte eran socios, y los que no, podían ser invitados por los accionistas. En una ocasión su yerno lo invitó al hipódromo de la cercana ciudad de México: -Mire suegro, no sea remolón, ya sé que no le gustan las apuestas; lo estoy invitando a comer en uno de los restaurantes que hay en el hipódromo. Allí se come riquísimo, y si quiere ve las carreras.

Nasiff leyó con interés el programa que le dieron junto con el boleto de entrada. Se enteró del palmarés de cada uno de los caballos o yeguas: edad, raza, quienes son sus ascendientes, cuántas carreras ha ganado y en cuántos derbis han participado y en qué lugar llegaron, a qué cuadra o dueño pertenecen, y cuánto pagan cada uno en caso de ganar. Esto último le llamó bastante la atención. ¿Cómo era posible que si ganaba un caballo le dieran 50 pesos o más por cada peso que le apostaba. Se dijo para sí: “No pierdo gran cosa si le apuesto cien; pero si gana me pagan cinco mil. Y le fue a los que pagaban por cada peso, cincuenta o más. Seguía las carreras con suma atención utilizando unos binoculares. Muchos de sus favoritos lideraban en los inicios, lo cual le emocionaba al menos durante ese tiempo. “Está bien, la emoción que sentí al ganar mil pesos”. Cuando uno de sus caballos arrancó al último no tuvo chiste por un rato, ya iba a bajar los binoculares cuando vio que estaba por rebasar al que iba en penúltimo, se emocionó más cuando lo rebasó, mucho más cuando rebasó a otros dos; sintió un dolor agudo en su columna cuando iba a rebasar al que iba en tercer lugar; el paroxismo cuando rebasó a este, y la exaltación máxima de todos sus sentidos cuando ¡GANÓ!, ¡GANÓ!, ¡GANÓ EL SUYO!  ¡GANÉ 50 MIL PESOS!

A partir de ese día se volvió un fanático de las apuestas, no solo de los caballos, sobre todo cuando le daban ventajas de uno contra cinco o más. Los domingos en que se jugaban todos los partidos de futbol profesional, apostaba a su yerno cuando este le daba ventajas.

-Suegro, uno a diez a que “gana el América” –era el líder- al Atlante –estaba en los últimos lugares-. “Bien hijo, que sean mil a diez mil”. -Y se dio la campanada de la temporada: América perdió el partido y el liderato.

A través de la ventana solía contemplar cómo se divertían emocionados sus trabajadores -a la hora de su descanso-comida- “echando volados” con el merenguero. Ambas partes se divertían de lo lindo; aunque era incomprensible por qué razón no mostraba desánimo el de los merengues cuando perdía. Solo por percibir la sensación de emociones, bajó un día a “echarse unos volados” con el “maistro”. Se picaron ambos, jugaron hasta cinco partidas de a cinco cada una y al final Nasiff ganó los 25 merengues. Los trabajadores echaban porras a su patrón, y al merenguero le cantaban a coro “quiere llorar… quiere llorar”. A tanto decirle esto, el de los merengues se secaba una lágrima en cada rabillo de sus ojos. Finalmente, con resignación entregó la tabla de merengues a Nasiff: “Aquí tiene jefe, son suyos”. “Nada de eso, llévatelos, era cosa de juego nada más; además, que hago con tanto merengue”. “Pues déselos a sus trabajadores”. “Bueno, está bien, pero ahora, dime por 25 pesos, ¿por qué nunca lo sientes mucho cuando pierdes?”. “Mire jefe, el costo de cada uno es de veinte centavos; si pierdo una partida de cinco, solo perdí un peso, y eso si se lleva los cinco merengues, porque luego andan de perdonavidas, solo se comen dos y me dejan tres. Si gano, pues me pagan sin llevarse nada a cambio. Yo regreso a casa y cargo con otra charola de 25. Siempre gano apostando”.

En una de sus reuniones, Nasiff solicitó ser admitido en el póker, lo que causó mucho gusto a sus “baisanos”. Lo tantearon bien y bonito para saber sus tendencias en un futuro: Al hacer un primer “envite” (apuesta) a la que nadie igualó, le pidieron que por curiosidad mostrara su juego –a lo que no estaba obligado-. De esta manera supieron que era de los ambiciosos y solo apostaría mucho cuando estuviera seguro de que tenía buen juego. Se envició con el juego de cartas y las carreras de caballos. En la mayor parte de las partidas perdía exorbitantes cantidades. Igualmente en los caballos, ya que al año solo había una o dos “chicas” y por diversas circunstancias no las había apostado. Todo ello se vio reflejado en el negocio de los casimires. Cada vez más descuidado por él, no obstante que era apoyado por sus dos hijos y su yerno con la entrega y rectitud que les había inculcado. Se pusieron de acuerdo para pedirle que los heredara en vida antes de que acabara con la fortuna de la familia. Nasiff comprendió el drama: creía tener ahora sí la infalibilidad en el juego, y la realidad era otra: sus amigos le tenían tomada la medida. Cuando dejó de asistir al casino o a las casas de sus paisanos fue a buscarlo su amigo Abdulá. El yerno le comunicó que su suegro se abstendría del juego de cartas. Entonces Abdulá expresó en voz baja para sí mismo: “Entonces quién va a perder ahora”. Nasiff solo se quedó con la fábrica más pequeña y repartió las otras tres a sus hijos.

Nasiff volvió a ser el de antes: adicto al trabajo, formal y sin vicios; pero sus hijos, sin la presencia de él no fueron los mismos. Quisieron indagar por sí mismos las sensaciones del juego y las carreras de caballos que tanto habían gustado al jefe. Tiempo después quebraron o se declararon insolventes. En lo particular fueron abandonados por las familias, denostados y humillados por la sociedad.

Ahora le correspondía a Nasiff hacerlos jurar por lo más sagrado que rectificarían el camino, a cambio de ello repartió nuevamente sus fábricas y solo pidió un diez por ciento de las utilidades de cada una. A partir de entonces sus distracciones eran el dominó y el ajedrez.

Comentarios