Cuando hablé con un forastero

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Lilia García de Arizpe.-

¡Es mejor empezar tarde… Que no empezar nunca!

Proverbio Inglés.

 

Cansado, arrastrando los pies, leves polvaredas levantaban sus huaraches, el rostro moreno y surcado de arrugas, sudoroso, así iba Pablo por aquellos montes del cuarto distrito; su cara reflejaba estoicismo en el dolor que lo taladraba, mientras iba a trabajar con la lechuguilla, sus manos quedaban ásperas y secas y los hilillos de la fibra, aun se adherían a sus uñas; el rastrillo al hombro y tarde viniéndose encima hacían que Pablo apresurara el paso. Solo había sacado por este día 18 pesos en el tallar de la lechuguilla, y su gesto ensombrecido, pues no había en su choza ni quién lo esperara.  Esperanza, su esposa, había muerto dos años antes, sus dos hijos lograron ocuparse en la pizca de verduras en Estados Unidos, y su única hija, casada, vivía en San Luis. Él no se quejaba de sus hijos, cuando estos venían al rancho eran dos veces al año, entonces Pablo se alegraba con la charla, los muchachos traían comida como para un regimiento, ropa, zapatos y las indispensables chaquetas para tiempo de frío, pero hoy el día estaba caluroso y las nubes rojizas tras las montañas predecían otro día igual mañana, Pablo hacía las jornadas de todo el día en la limpia de la lechuguilla, y al finalizar el día, pensamientos tristes pasaban por su mente, igual que aquellos atardeceres donde el sol ya se había ocultado, y la noche se empezaba a poblar de ruidos, de insectos, de vuelos de tecolote, tuzitas que correteaban. Desilusionado por la exigua paga, divisó a otro hombre por su vereda… ¿Quién sería? Al tenerlo cerca, pensó saludarle, pero aquel hombre lo detuvo, lo miró de frente y preguntó:

–¿Cansado amigo? Pablo oyó una armoniosa voz y se detuvo…

–Sí, he tallado la lechuguilla todo el día, y apenas alcancé para comer mañana, pero Dios no nos abandona nunca, mañana sacaré más.

–Descanse un poco, ahora que la tarde se está yendo, una buena plática nos distraerá.

Pablo pensó que por qué le hacía caso a aquel desconocido, pero íntimamente sintió agradable detenerse y sentarse en aquella piedra, el forastero hizo lo mismo. Y la plática se inició. El forastero preguntó por su familia, y Pablo tuvo que platicar quedamente que nadie lo esperaba en su casa, le habló de su esposa y sus hijos, y no pudo reprimir una lágrima y la voz enronquecida por la emoción. Entonces el forastero habló, y Pablo quedó callado oyendo la cálida voz, ni tan siquiera le extrañó que supiera su nombre…

–Mira Pablo, la vida es un don extraordinario, debemos saber pasarla, no como bebemos agua, aprisa, debemos tomarla sorbo a sorbo, como cuando bebemos un buen vino. Eso, a pesar de las penalidades y soledades que pasamos…

Tienes que valorar las visitas de tus hijos… Ellos piensan en ti, cómo darte una mejor vida, pero tú, en lugar de aislarte de tu trabajo a casa, y de la casa a tu trabajo, degusta la vida con tus amigos; dialoga, sirve, lee, come con ellos, saborea con las personas en un clima sosegado y amistoso, además, tú no estás solo, Dios cuida de ti, y cuando le pides algo para ti, o para otro, él te escucha, solo haz lo posible por dialogar más con Él…

Pon una línea directa entre Dios y tú, háblale a diario, Él así prueba tu fidelidad, platícale de tus aciertos, tus errores, pídele perdón por las equivocaciones, ofrécele tus buenas obras, el servicio que des a los demás, tus pensamientos puros y limpios, con eso tú lo estás adorando, porque cumples su voluntad cuando tienes amistad con Dios, Él te busca, quiere oír tu voz, tu petición, se solaza en ti, Él te ama y quiere lo mismo de ti para Él… Así, el enemigo del mundo no murmurará en tu oído palabras de odio y rencor para los demás. Dios te protege, ¡Te cuida del mal!… Y sobre todo Pablo, jamás te sentirás solo, Él estará contigo en toda ocasión. El forastero calló, el anochecer se llenaba de sombras, y Pablo, atento a la voz, gustaba de aquel momento, como de un buen vino que disfrutaba a pequeños sorbos.

Se despidieron, y cada uno siguió su camino, Pablo hacia su casa, su corazón, antes desolado, ahora brincaba de alegría, volvió la cabeza para ver al desconocido, y ya fueron las sombras del anochecer, o caminaba aprisa… ¡Ya no lo vio!

Ya casi al llegar a su casa, sintió un piquete en el pie, se alumbró con un cerillo, y vio prendida a su piel una araña viuda negra, rápido le dio un manotazo y con la navaja se hizo una cortada, exprimió la cortada, le echó agua de la botella y dijo…

–¡Dios me cuidará!… unas palabras volvieron a sus oídos… ¡Dios te cuida del mal!. Tranquilo, después de amarrarse el pie, confió en que nada le pasaría, fue una confianza extraña en él, pero desde que se lo dijo el forastero, él lo creyó.

Llegó a su casa, durmió bien, y recordó que el día de mañana era la resurrección del Señor, deseoso de participar en la llevada de Cristo en hombros por todo el pueblo, se arregló y se puso a las órdenes del párroco.

Una gran impresión cuando cargó con sus compañeros al Cristo resucitado… ¡Cristo se parecía mucho al forastero!… ¡Él había hablado con Cristo vivo! ¡Una gran alegría llenó su corazón! Pablo ha cambiado, le gusta servir, pensar bien, ayudar, platicar amigablemente con todos, y cuando ve a alguien triste le dice…

–La vida es como el buen vino ¡Hay que gustar su sabor momento a momento! ¡Habla con Dios, y tu vida cambiará!