La colonización

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Enrique M. González Filizola

 

Ciudad Victoria en su versión colonial, no obstante haber sido fundada en una etapa tardía del dominio virreinal, mantiene esa raíz de nacimiento con toda la carga e identidad de población novohispana y el carácter histórico cultural que la hermana genuinamente con el resto de las antiguas poblaciones y principales ciudades mexicanas.

Más de un cuarto de milenio constituye el pasado formal de la Capital tamaulipeca, cuando se verificó su origen al mediar el siglo XVIII, como una primitiva villa entre un semillero de fundaciones, que son la equivalencia sine qua non de la “epopeya escandoniana”, según el calificativo usado por don Ciro de la Garza para describir la trascendente empresa político militar de colonización, que llevó a cabo con éxito José de Escandón en el noreste mexicano.

No se podría comprender el devenir de nuestra ciudad ni de ningún otro centro habitacional tamaulipeco sin referir dicha acción colonizadora y sus complejos antecedentes. En un periodo relativamente corto, el prestigioso montañés, investido por la monarquía española con el título de nobleza de conde de Sierra Gorda, emprendió un ambicioso proyecto sentando las bases urbanísticas de un enorme territorio que pasaría a convertirse después, con el advenimiento de la Independencia y la conformación de la República federal en 1824, en el actual estado de Tamaulipas.

La población victorense o “aguayense”, si bien quisiéramos inferir un gentilicio posible para la villa originaria, formó parte de las primeros 20 sitios que se establecieron con formalidad en el transcurso de las dos expediciones pioneras a cargo del citado funcionario virreinal, mismas jornadas que dieron comienzo en 1748 y concluyeron el año de 1751. Fue durante la segunda expedición efectuada por Escandón, cuando se fundó Santa María del Refugio de Aguayo, un siete de octubre de 1750 bajo la advocación de la Purísima Concepción. (Cabe señalar que existen discrepancias en cuanto al día de su fundación; mientras unos señalan el día seis, también hay versiones que dicen que el establecimiento oficial de la villa ocurrió al día siguiente, un siete de octubre de 1750).

El notable plan de colonización efectuado en esta parte del septentrión novohispano atendió urgentes necesidades militares de pacificación para controlar el territorio, significando, al mismo tiempo, la incorporación de una extensa llanura que había permanecido sustraída durante dos siglos al control y dominio de los españoles.

Con el genio audaz de José de Escandón a la cabeza y contando con el apoyo incondicional de las autoridades virreinales del momento, se consiguió finalmente integrar de un jalón este espacio inhóspito a la organización política, económica y eclesiástica de la Nueva España. Antes de que esto ocurriera, había sido precisamente el hecho de su impenetrabilidad, lo que venía definiendo tácitamente los alcances septentrionales del extenso proceso de expansión de la monarquía española en México.

El mérito de Escandón estribó justamente en haber aprovechado todos los intentos que se habían hecho antes de 1748 y a partir de 1519, es decir, todas las acciones significadas en los débiles avances y en aquellas incursiones infructuosas a lo largo de los años. Dice el historiador Jesús Canales Ruiz que el conde logró articular, con un bajo presupuesto, toda una organización defensiva, mediante la estrategia de plantación de villas, y además sentó las bases de una riqueza ganadera y agrícola, recuperando de esta manera para la Nueva España alrededor de cien mil kilómetros cuadrados de nuevos territorios.

Por su parte, don Alejandro Prieto señala en su obra clásica de Historia, Geografía y Estadística de Tamaulipas escrita en 1873, que fue “un proyecto construido en medio de enormes dificultades que hubo que vencer”. Prieto hace hincapié en la gran trascendencia colonizadora, considerando que el territorio se encontraba en estado bárbaro y salvaje de sus tribus indígenas, habiendo cambiado en muy corto tiempo las condiciones de civilización bajo las cuales José de Escandón había establecido sus primeros pueblos.

Esta amplia región se había ido definiendo paulatinamente a partir del siglo mismo de la conquista. Conforme las expediciones y fundaciones de los peninsulares avanzaban y enriquecían la cartografía de posesiones novohispanas, este formidable espacio costero que representaba una verdadera región de guerra viva, era conocida desde entonces, como las “tierras incógnitas del Seno Mexicano”.

Los límites coloniales del Nuevo Santander se dibujaban al norte con la Provincia de Tejas, teniendo el río de las Nueces de por medio, al oriente el Golfo de México y encontrándose hacia el extremo sur las provincias de Veracruz y San Luis Potosí. Además, hacia el poniente del territorio, se constituía como línea divisoria la importante jurisdicción del Nuevo Reino de León. La superficie actual de Tamaulipas es la que antes correspondió al Nuevo Santander, exceptuando la espaciosa franja del Nueces que se perdió después de la Guerra de Intervención de acuerdo con el tratado de Guadalupe Hidalgo. Fue entonces cuando se fijó la nueva demarcación tamaulipeca con respecto a los Estados Unidos: el río Bravo del Norte.

 

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