Recuerdo, luego existo

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Libertad García Cabriales.-

El recuerdo es el diario que todos cargamos con nosotros.

Oscar Wilde

 

Me pasa siempre. A veces más, a veces menos, pero siempre que vuelvo a mi ciudad natal, los recuerdos aparecen en mi mente repetidamente. Desde que veo los cañaverales a la orilla de la carretera, mi memoria se llena del verde paisaje y en cada espacio recorrido recibo un guiño del pasado. Los canales que caminé de niña recogiendo semillas para mis siembras, la plaza donde jugué en familia, las escuelas que albergaron los buenos amigos, el sabor de los tacos, el tubo del ingenio, el hospital donde nacieron mis hijas, la calidez del entorno y de la gente.

Nada es igual al Mante de mi infancia, pero en los recuerdos todo sigue intacto. El río ya es otro pero es el mismo río y muchas edificaciones están ahora derruidas, mientras numerosos comercios que algún día reflejaron el “boom” de una región en desarrollo, están cerrados o con letreros de se vende. Además, bastantes familias emigraron, pero la gente que se quedó lleva en la piel la esencia de una población caracterizada por su alegría de vivir, como buenos habitantes del trópico. Todo me sabe a recuerdo cuando estoy ahí y la mayoría son recuerdos felices, aun cuando ya son muchos los que no están y cala hondo la herida de su ausencia.

Nadie es dueño de sus recuerdos, dice Antonio Gala, porque ellos se acercan y huyen a su antojo en un proceso misterioso y fascinante. Nunca sabemos cómo y cuándo nos asaltará un recuerdo. Hace unos días por ejemplo, al comer un limón dulce, su aroma me trajo la memoria de mi padre, sus manos desgajándolo para que nosotros lo comiéramos. Un nudo en la garganta, una añoranza por el amor filial ya no tangible. Así funciona el recuerdo. No en vano la palabra tiene su raíz en las voces re (de nuevo) y cordis (corazón). Entonces recordar significa “volver a pasar por el corazón”.

Un proceso estrechamente ligado a la emoción y por supuesto surgido de la mente, de los extraordinarios mecanismos del cerebro. No sé usted que piense, pero recordar es un prodigio, un laberinto de códigos neuronales donde las emociones son fundamentales. El doctor Iván Izquierdo, científico argentino reconocido mundialmente por sus estudios en la neurobiología de la memoria, afirma que no hay memoria sin emociones: “los humanos  tenemos emociones todo el tiempo y siempre están influyendo, las fuertes mucho más”.  Es muy difícil que alguien olvide una emoción fuerte, como un accidente, un terremoto, un encuentro trascendente, un amor profundo, una muerte.

Y el científico añade que a partir de los 40 años en las personas empiezan a disminuir las memorias incidentales y van quedando fijos los recuerdos de la infancia “que hacen que una persona sea quien es”. Así de simple o así de complejo lo que pasa en la mente al recordar o ser recordados. Lo mismo en lo individual o en lo social. Por ejemplo, hay acontecimientos, personajes públicos, gobernantes, líderes, más recordados que otros, algunas veces para mal y otras para bien. Igualmente de nuestros conocidos, de nuestros afectos, incluso en la familia hay personas inolvidables, mientras otros casi no se recuerdan. Cada uno de nosotros tiene su acervo de memoria que es peculiarmente nuestro, que no compartimos con nadie, dice el especialista, y eso enriquece más el análisis. Piense usted en sus propios procesos y descubrirá lo que recuerda más vívidamente o eso que pensaba olvidado y estaba ahí, esperando a ser tocado, removido.

Saber significa recordar, afirma el doctor Izquierdo, lo que no recordamos no lo sabemos. Y también señala que muchas veces los recuerdos pueden traer instantes felices pero también derivar en traumas, en el temido estrés postraumático cuando se ha vivido una circunstancia en extremo dolorosa. Porque hay una estrecha relación entre la evocación de la memoria con los estados de ánimo, incluso con procesos depresivos. Y luego está el temido Alzhéimer, la oscuridad total. En todo ello están las razones por las que se estudia los mecanismos cerebrales que modulan los recuerdos. Por eso es tan importante.

Todo el tiempo estamos recordando y también construyendo recuerdos. Es necesario valorar estos procesos, agradecerlos y también trabajar para que los recuerdos no hagan daño. Pero lo más importante es preservar la memoria, alejar los terribles males del olvido total y para eso los científicos aseguran que no hay mejor terapia que la lectura pues a través de ella se ejercita la memoria visual y la verbal: “la lectura es la forma que evoca más tipos de memoria”.

En fin, nunca podremos saber cuántos ni cuáles recuerdos saldrán a flote. Pero ojalá podamos aprender a vivir con ellos y seguir construyendo buenos recuerdos con nuestros más amados. De eso va la vida.

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