Pascal Beltrán del Río / ¿En cuánto salió el desfile?

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En el hablar ordinario, vivir en austeridad significa renunciar a los gustos suntuosos o caprichosos y restringir las erogaciones a lo estrictamente necesario.

Sin embargo, en el lenguaje de la Cuarta Transformación implica gastar sólo en aquello que esté en las prioridades fijadas por el gobierno.

Cuando los ingresos de la casa se merman, lo sensato es no organizar fiestas. Lo mismo sucede cuando el hogar está enlutado.

En México ocurren ambas cosas.

Por un lado, la incertidumbre económica mundial ha contraído la inversión y, por tanto, los ingresos fiscales.
Por eso —y sin duda, también por un prurito moral contra los “lujos”—, el gobierno ha recortado el gasto público en diversos rubros, incluida la atención médica, y lo ha reorientado hacia programas sociales, supuestamente con la meta de mejorar el nivel de vida de los más pobres.

Por otro, México vive uno de sus peores momentos en la historia en materia de seguridad pública. De acuerdo con cifras oficiales, hay un promedio diario de 80 homicidios dolosos, además de secuestros, que frecuentemente terminan en la desaparición de los afectados. Los cadáveres rebosan las morgues y por todos lados aparecen bolsas y fosas con restos de personas descuartizadas.

Una familia que se encuentra en la estrechez y la incertidumbre o que llora a un muerto difícilmente tiene el ánimo de celebrar algo. Pero eso no aplica para el gobierno federal, que ayer echó la casa por la ventana para recordar la Revolución Mexicana que, pese a sus conquistas sociales, fue una larga y cruenta guerra civil que arruinó la economía del país y diezmó a su población.

Hace 35 años, luego de la tragedia de San Juanico, el desfile conmemorativo de la Revolución Mexicana se canceló. Entonces se evaluó que ante la muerte de entre 500 y 600 personas, un número aproximado de dos mil heridos, así como la evacuación de 60 mil personas, sería impúdico realizar un festejo. Hasta para un presidente neoliberal como Miguel de la Madrid. Por cierto, que esa cifra mortal equivale a los asesinatos que hoy se dan en México en una semana.

El ejercicio de ayer no puede ser señalado como poco realista. Los trajes típicos lucían como de la época y la destreza de los jinetes parecía aprendida en los campos de batalla. Lo único que faltaba para que uno creyera estar en los llanos de Celaya eran algunos pobres diablos colgados de los postes.

¿Cuánto costó la fiesta? No debe haber sido barata, pues consistió en un desfile de más de dos horas, en el que participaron miles de elementos de las Fuerzas Armadas, el traslado de caballos desde lugares tan lejanos como Chihuahua y la reubicación temporal, mediante pesadas grúas, de un tren de la época porfiriana y aviones militares, además de la instalación de enormes pantallas.

En aras de la transparencia que ha prometido el gobierno, sería bueno dar a conocer la cifra total de lo gastado para saber si valió la pena distraer a los elementos castrenses de las tareas de seguridad y dar rienda suelta a la visión oficialista de la historia o si hubiera sido mejor destinar ese dinero a necesidades tangibles, como las medicinas que los padres de niños con cáncer han tenido que demandar en las calles.

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