Leonardo Kourchenko / Año 1

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A un año de iniciada la presente administración, resaltan características que definen el estilo, la forma, la narrativa y la eficiencia del actual gobierno.

En muchos rubros, es aún temprano para realizar una evaluación a fondo, considerando que el presidente decidió desmontar por completo el aparato de gobierno que heredamos de administraciones anteriores. Incluso, a pesar de que –con base en los hechos– algunas de esas decisiones se hayan realizado sin sustento, análisis objetivo o métrica de resultados. Simplemente, había que quitar lo de antes.

Hasta el momento, la peor decisión de la administración, según expertos de toda índole, fue la cancelación del NAIM (Nuevo Aeropuerto Internacional de México), el que todos conocemos como Texcoco. Provocó, a un año de distancia, el derrumbe de la inicial credibilidad y confianza en el nuevo gobierno; en muy pocos días, dinamitó toda expectativa de inversión y de inicio de nuevos negocios. Fue una señal pésima para los mercados y para todo empresario mexicano y extranjero. Resultado: parálisis absoluta de la economía.

Esto definió durante muchos meses un estilo vertical, caprichoso, ajeno a la praxis gubernamental; rechazo a los números, a los datos, a la estadística.

La narrativa es la “reconstrucción de México”, la “refundación del país” y para ello, con frecuente orgullo y absurdo cinismo, se afirma que hay que destruir lo anterior para edificar los nuevos pilares de la República. En esa destrucción va buena parte de las dependencias gubernamentales, desmanteladas, carentes de presupuesto, sustraídas del talento y los cuadros profesionales que durante décadas fueron formados por el presupuesto nacional. Hoy pululan los “talibanes de la 4T” por múltiples dependencias estatales, sin experiencia, sin conocimiento, ostentosos portadores de una ideología caduca y sin validez presente.

Para reforzar esta narrativa que apenas se construye, son necesarios los múltiples actos públicos al gusto del poderoso. Desfiles, cuadros escénicos, representaciones y carros alegóricos para imponer una visión de la historia inexistente. Junto a las etapas de la Conquista, la Independencia, la Reforma y la Revolución, apareció en una de estas fastuosas producciones, el “cuadro histórico de la Cuarta Transformación”, ya elevada a la altura de etapa histórica en México, cuando muchos se preguntan ¿y los méritos?, ¿y los logros de una transformación prometida, anunciada, para entrar a la historia? Los seguimos buscando.

El Ejército, institución primaria en la confianza y credibilidad de los mexicanos, se encarga ahora de producir espectáculos teatrales, degradado a compañía de comparsas por instrucciones del poderoso. Del combate a la inseguridad, la detención de los criminales, la lucha contra el crimen mejor ni preguntar, porque el mensaje de paz y de humanismo sin sustento estratégico, nos tiene al borde de un conflicto con la seguridad de Estados Unidos.

La lucha contra la corrupción, bandera emblemática del movimiento, se orienta más a casos atractivos y morbosos, que a eficiente trabajo de investigación jurídica y fortalecimiento institucional. Así, el ‘Fiscal Torquemada’, anuncia desde la Unidad de Inteligencia Financiera los siguientes blancos de la persecución, filtrando innecesariamente información confidencial para alimentar al tribunal público. Por ahí figuran varios nombres del otrora poderoso grupo mexiquense.

El objetivo no es desterrar la corrupción, ni aplicar criterios transparentes y de equidad jurídica para el nuevo México anunciado; si fuera así, resultarían inexplicables las asignaciones directas en la Refinería de Dos Bocas o la existencia de personajes intocables de pasado tenebroso y señaladamente corrupto como el director de la CFE, o algunos otros del propio gabinete.

La parálisis económica y el desastre de la inseguridad creciente y en aumento, obligan la realización de más actos y desfiles, informes, discursos, osadías verbales matutinas para capturar la atención y evitar los temas serios. El nuevo gobierno ha sido invadido por la incompetencia, la incapacidad para resolver problemas, reactivar la economía, proteger a la ciudadanía. Muchas horas frente al micrófono, mucho verbo incandescente para una narrativa que se derrumba en los hechos de los índices de delitos, de territorios infranqueables por el narco –pregúntele a la familia LeBarón, abatida por la tragedia.

Los empresarios aplaudidores, esos que se suman a la foto y sacan proyectos con bombo y platillo en los que el gobierno no interviene en absoluto, conceden con sutileza, que el crecimiento no es importante, que la disciplina fiscal es un logro a reconocer.

Méritos irrenunciables del nuevo gobierno: dominio absoluto de la escena política; la oposición no sólo fue barrida en las elecciones del 2018, fue nulificada, eliminada en el ejercicio del poder desde la victoria. Un solo vocero, una sola voz, una sola figura: todo lo define, lo señala, lo decide, lo ordena el presidente, quien reivindica sin pruritos históricos, al caudillismo mexicano. Gasto recortado para la dispersión multimillonaria, bajo la premisa falsa y errónea de que el dinero es del pueblo: el dinero es del Estado mexicano y es para impulsar al país y proveer servicios, no para otorgarse en programas clientelares y becas disfrazadas.

Año 1 del nuevo gobierno que condena como conservador todo lo que rechaza y disgusta, pero rescata del pasado –conservador– viejas formas, estilos y discursos que nos regresan al siglo XX. México renunció a la modernidad y decidió revertir el tiempo, para volver a un partido hegemónico, un presidente topoderoso, un Legislativo sumiso y obediente, una Corte temerosa, un Estado rendido a los pies del que aprieta presupuestos para doblegar independencias y voluntades. Año 1 de regreso al pasado.

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