A cenar, dijo Arreola

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Quien también fue víctima del “embrujo” de Chucha fue el Cronista de Victoria, Francisco Ramos Aguirre; nos reveló que también le tocaron besos y abrazos de este personaje entrañable de la Capital.
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Francisco Ramos Aguirre.-

En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, el arribo de la navidad era momento especial de cualquier sacrificio para organizar una suculenta cena familiar el 24 de diciembre. Por si fuera poco, durante la entrega de los regalos de Santa Claus, el papá o la mamá recibían un deslumbrante reloj de pulsera que la mañana siguiente presumían a sus amistades, sin importar el plazo de “…18 largos meses de cómodos abonos” que tardarían en liquidar la prenda.

Después de todo para los victorenses de cualquier estrato social, la esperanza de tener a cronos en sus manos y disfrutar los manjares culinarios en la nochebuena, se lograba mediante un sencillo trámite. Únicamente acudir a la sucursal Relojerías Arreola S.A. de la calle Hidalgo 13 y 14 Hidalgo 437, inaugurada el 30 de noviembre de 1954. Esta cadena mercantil operaba en Monterrey, Saltillo y otras ciudades del noreste de México. Era propiedad del regiomontano Roberto Cantú Arreola, un rejoneador y ex luchador rudo con cierta fama en la década de los cuarenta, cuando desenmascaró al Murciélago Velázquez.

La principal y más ruidosa campaña publicitara de la empresa de Arreola, se realizaba desde principios de diciembre en la radiodifusora XEBJ. Para ello, utilizaban de fondo musical un fragmento de la antigua canción vernácula El Coconito de Lorenzo Barcelata, integrante del Cuarteto Los Trovadores Tamaulipecos, aunque la versión más conocida era interpretada por el Trío Garnica-Ascencio.

La letra se refiere al cócono, como también se conocía en aquella época al pavo, totol o guajolote muy solicitado en las cocinas tradicionales mexicanas para la preparación de mole poblano, pero sobre todo durante los tiempos decembrinos:

 

Coni, coni, coconito,

coni, coni, que caray,

yo le daba su maicito,

antes siempre sí,

pero ahora no hay.

 

Vale decir que esta canción popular, incluía un fragmento pícaro y humorístico en contra de la masculinidad, aunque no tanto como el tema: “Tu ya no Soplas” de Flor Silvestre:

 

En medio de la sabana,

gorgorea un conconito,

y todos los días su nana,

le bajaba a ese cerrito,

así le baja a tu hermana.

 

Al pegajoso texto que todo mundo cantaba con entusiasmo, porque en ese momento la radio tenía una enorme presencia, un locutor de buena y potente voz anunciaba con énfasis: “A cenar dijo Arreola” enseguida enumeraba lo atractivo y fácil de adquirir en 18 segundos, -que podían contar- en un fino reloj de las marcas más famosas y cotizadas del momento: Ontario, Steelco, Haste, Elgin, Hamilton, Eternatic y Longines de varias joyas.

Hecho el trato y firma de los respectivos pagarés con el gerente Juan Cantú Arreola, uno de los empleados trasladaba al hogar de los deudores agraciados una serie de artículos para consumir la cena navideña: “Un pavo, Una Caja de Cerveza Carta Blanca, Un paquete de Grasa Vegetal Gladiola, Un Paquete Café Súper, Una Caja de Chocolates (Marqués) de La Nacional, Una Caja de Galletas Exquisitas MARSA, Una Botella de Sidra Champagne El Pomar, Seis Finos Vasos de Cristal y Para sus Cubas Libres una Botella de Richardson.”

En aquel tiempo, el consumo del guajolote era uno de los platillos emblemáticos norteamericanos, sobre todo el Día de Acción de Gracias. Bajo estas circunstancias, algunos mexicanos lo incorporaron a la dieta navideña para lograr cierto estatus social, refinamiento y buen gusto. De cualquier manera, los tamales, buñuelos, romeritos, ponche y champurrado, estaban en la mesa de la mayoría de los hogares, como parte de la cultura culinaria.

 

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