ÁNGEL VERDUGO / ¿Listos para olvidar todo?

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El año en curso ha sido pródigo en no pocos aspectos; hemos visto lo impensable y aún más, no sólo en materia de la gobernación sino también, padecido los efectos de un método altamente efectivo para destruir una economía.

Es tan efectivo que hoy, no pocos están convencidos que el año próximo —el 2020— será peor que el que está a punto de terminar. Al margen de si estuvieren o no en lo correcto, una cosa sería irrefutable: las cosas no se prestan —menos lucen—, para estar optimistas respecto a lo que veremos —y padeceremos— durante el año que en unos cuantos días estará entre nosotros.

Sin embargo, antes de meternos en las honduras que significaría tratar de ver el año 2020 a unos días de que comience, ¿por qué no hacemos algo que podría sernos de gran utilidad, no únicamente frente al próximo año sino para entender esa forma —rara por decir lo menos— que tenemos, para ver las cosas relacionadas con la economía y la política?

Sin ánimo entonces de buscar que usted modifique la forma que tiene de ver y juzgar las cosas en aquellas dos materias, le propongo que nos hagamos algunas preguntas que podrían, de responderlas con la debida honradez intelectual, ayudarnos a visualizar —así fuere de manera muy general— lo que enfrentaremos el año próximo.

Lo primero que le preguntaría es, ¿por qué olvidamos tanto, y tan pronto? ¿Qué explica nuestra amnesia en lo económico y lo político? ¿Qué nos genera tanta molestia que a veces, de un día para otro, olvidamos o hacemos como si olvidáramos, aquello que sucedió haría poco menos de 24 horas?

¿Acaso es el temor a tener que definirnos y opinar acerca de las pésimas decisiones de un gobernante y su gobierno las cuales, a todas luces son ocurrencias —por no decir desatinos— que nos dañan de manera inmediata en nuestro ingreso, por ejemplo? ¿Acaso lo que nos lleva a olvidar y/o dejar de lado casi automáticamente las pifias de quienes nos gobiernan, es la imperiosa necesidad de sobrevivir la cual, desde hace no pocos años es la prioridad en México? También, ¿por qué no?, olvidamos casi de inmediato dicen algunos, para no amargarnos la existencia. ¿Es posible, en verdad, lograr esto último olvidando?

¿Alguna vez hemos pensado que esa visión de olvido —rápido y permanente—, nos lleva a una inmediatez dañina para uno como ciudadano pero benéfica para el político? Éste, al nosotros olvidar, siempre será un candidato o gobernante impoluto, honrado a carta cabal y capaz para la gobernación y también, obligado decirlo, inteligente.

¿Quién recordaría sus corruptelas y las de sus colaboradores en puestos anteriores? ¿Quién estaría ahí para señalar su desprecio a toda ley e institución, y su propensión natural a su violación y desprecio? ¿Quién entonces, al ser la nuestra una sociedad de amnésicos, podría desenmascarar al que de nuevo se presenta como el político perfecto en todos aspectos?

Después de la marcha de este 1 de diciembre, ¿quién la recuerda hoy? Es más, ¿quién podría citar lo que el gobernante presumió sin dar elementos probatorios de sus dichos, en el otro acto llevado a cabo ese mismo día? Hoy, a punto de comenzar las festividades de fin de año —actividad sagrada en México—, ¿quién podría hacer un recuento más o menos fiel de lo enfrentado y padecido este 2019?

¿Quién podría señalar los efectos devastadores en la economía, de no pocas decisiones equivocadas del gobernante y su equipo estos últimos doce meses? ¿Pocos, muy pocos? Es más, ¿a cuántos interesaría hacer un recuento fiel de aquéllas y sus consecuencias y los daños generados? ¿Pocos, muy pocos, o prácticamente nadie?

¿Qué significaría que la respuesta fuere un “casi nadie”? ¿Que estaríamos listos para empezar a festejar lo festejable y por lo tanto, ya habríamos olvidado lo visto y padecido este año? La bendita amnesia habría hecho su trabajo y felices diríamos, ¿todos felices, todos contentos?

En la política, casi siempre olvido es equiparable —para todo fin práctico— al perdón; ¿en verdad, ante la tragedia económica que ha significado para los mexicanos este año, estaríamos dispuestos a olvidar todo, y también a los responsables? ¿Sería ésta la decisión correcta, para que en año y medio entregáremos el voto a los destructores de hoy?

¿Para eso trabajamos estos últimos años de construcción democrática? ¿Para olvidar y perdonar a los que hoy la destruyen? ¿No sentimos un poco de vergüenza?

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